Capítulo 10
Incendio
Fiscalía del Distrito de Los Ángeles
La cortina estaba entreabierta. Erin permanecía sentada, con el mentón apoyado en la mano, mirando sin mirar la nota doblada encima de su mesa con aquella amenaza que llevaba días dándole vueltas. Aquella frase seguía clavada en su mente como un clavo oxidado.
Por otro lado, le habían ordenado dar por cerrado el caso tras el suicidio de Jack Malone. El Cazador de Estrellas muerto… y carpetazo. Pero Erin no era una mujer que aceptara los finales impuestos. No tenía ninguna intención de quedarse quieta y mucho menos de cerrar el caso.
El teléfono sonó, vibrando con insistencia.
—Jefa… lo tenemos —dijo Ray al otro lado.
Erin se reincorporó de golpe.
—Tenemos al novio de tu hija. Ahora mismo está saliendo de un motel de mala muerte en Florence Avenue, cerca de Inglewood. Y no está solo…
Erin Cross apretó el teléfono a su oreja.
—¿Con quién está? —preguntó.
—Es una chica rubia… no lo sé… pero no es tu hija —respondió Ray.
—No lo pierdas de vista ni un segundo. Si se mueve, me llamas. Si respira, me llamas. Si lo pierdes, te mato. ¿Queda claro?
—¡Oído cocina! —contestó Ray antes de colgar.
Erin apretó los labios y mientras esperaba el ascensor de la fiscalía, su mente daba miles de vueltas, mientras se decía a sí misma en una reflexión:
Los celos viven convencidos de que el mundo entero gira en su contra.
Vigilan, interrogan, controlan cada movimiento de la persona que dicen amar, pero la verdad es que esos celos no nacen del amor, sino de la culpa.
Sospechan porque saben lo que ellos mismos son capaces de hacer.
El ladrón siempre teme a otros ladrones.
Daniel Moore, devora a mi hija con preguntas y mientras tanto él es el que la traiciona.
El verdugo siempre teme ser víctima de su propio cuchillo y de esa forma, se delata.
Los celos de un maltratador psicológico no son más que la sombra de su propia infidelidad.
Persigue en los demás la traición que él ya cometió.
Esa es la lógica enferma: él engaña y aun así, la culpa siempre es de ella.
El teléfono de Erin volvió a sonar. Un mensaje de Ray:
—Está en un restaurante en Fairfax desayunando con ella. Te mando ubicación.
Por un instante, Erin iba a hacerlo a su manera. Pero marcó el número de su hija en contra de todo pronóstico. Al segundo tono, la voz somnolienta de su hija respondió:
—¿Mamá?
—Lana. Vístete —dijo ella—. Paso enseguida a buscarte.
—¿Qué pasa? —preguntó Lana confundida.
—Hay algo que tienes que ver con tus propios ojos, cariño.
Hubo un silencio incómodo al otro lado de la línea, pero Erin colgó antes de darle espacio a más preguntas, igual que hacía con Michael Kane.
The Griddle Café en Fairfax
7 de noviembre de 2025
Erin condujo en silencio con Lana sentada a su lado. Su hija se pasó todo el camino nerviosa, con los dedos apretados contra su regazo.
Al llegar, Erin vio los dos coches de los agentes estacionados en paralelo en la esquina. Ray y Carter las esperaban discretamente con los ojos puestos en la terraza del restaurante.
Erin detuvo el motor a una distancia prudencial y miró a su hija.
—Ya estamos aquí —dijo—. Mira, Lana.
Erin señaló a Daniel Moore a lo lejos.
Lana tragó saliva. Giró la cabeza lentamente y lo vio.
Allí estaba Daniel Moore, con un traje sin corbata y la camisa abierta por el cuello.
Reía mientras sostenía la mano de una chica rubia sentada frente a él.
Ella inclinaba la cabeza, estaban acaramelados, como si estuvieran solos en el mundo.
Desayunando tortitas y compartiendo un batido gigante con dos pajitas.
Las lágrimas rodaron por el rostro de Lana antes de que pudiera detenerlas. Dentro de su pecho algo se descolgó, algo que se manifestaba con respiraciones rápidas y entrecortadas que salían de sus pulmones.
—Quiero salir… —dijo Lana de golpe, agarrando el tirador de la puerta con rabia.
Erin puso la mano sobre la suya, intentando detenerla.
—¡Espera, Lana! Todavía no. No puede verte así ese desgraciado.
Lana lloraba, incapaz de despegar la mirada de aquella escena.
—Es Emily Crane, la protagonista de la serie… mamá… él me dijo que tenía un casting hoy…
Lana temblaba en el asiento del copiloto.
Sus dedos se clavaban en la tapicería como si quisiera arrancarla.
Erin la miraba, apretando la mandíbula. La mentira se desplegaba frente a ellas con la naturalidad de un desayuno cualquiera.
Y ahí estaba su hija, viendo cómo se rompía el espejo en el que había confiado todos estos meses.
—Escúchame Lana —dijo Erin de golpe—. Podemos hacer esto a mi manera o a la tuya.
Pero esta vez no moveré un dedo si no me lo pides tú.
Puedes salir, montar un escándalo y quedar como una loca…
o puedo ir yo y que se acojone de verdad.
Ese cabrón te ha destrozado… pero hazme caso.
La autoestima empieza a subir cuando empiezas a hacer lo que nunca hubieras esperado de ti. Cuando tomas decisiones nuevas.
Lana giró la cabeza de golpe hacia su madre, con los ojos rojos de furia.
—No quiero que salgas tú, mamá. —Su voz se quebró un instante, pero se mantuvo firme mirándola a los ojos—. Quiero que salga la jueza Cross.
Erin asintió despacio con una sonrisa, saboreando el placer de aquella luz verde.
Salió del coche poco a poco y se reunió con Ray y Carter en la esquina. Ambos lo entendieron al instante, no había marcha atrás.
Los tres caminaron hacia la terraza con Erin a la cabeza, Lana se quedó en el coche, viéndolo todo desde el cristal del copiloto.
La rubia fue la primera en notarlo. Levantó la mirada del plato de tortitas y vio como tres figuras se acercaban despacio hacia ellos, como sombras que avanzaban sobre un escenario iluminado. La sonrisa de Emily Crane comenzó a congelarse.
Daniel Moore, que estaba de espaldas, apenas tuvo tiempo de girar la cabeza.
—Daniel Moore. —La voz de Erin tronó a su espalda—. Está usted detenido por tráfico de drogas.
La terraza se quedó en silencio. Algunos clientes levantaron la vista sorprendidos, mientras Ray y Carter se abalanzaban sobre él, levantándolo de la silla con movimientos entrenados.
—¡¿Qué?! No… esto debe ser un error… yo no… —decía Daniel intentando zafarse, confundido y mirando a Emily.
Carter lo inmovilizó, estampando su cabeza contra la mesa. Ray, con un truco rápido de manos, deslizó una pequeña bolsa de plástico en el bolsillo interior de su chaqueta. Contenía unos gramos de cocaína, lo suficiente para hundirlo en la miseria.
—Mira lo que tenemos aquí… —dijo Ray, sacando la bolsa con un gesto teatral—. Azúcar glas… ¿es para las tortitas?
La rubia se levantó de golpe, pálida, incapaz de entender lo que pasaba.
Daniel forcejeó furioso, pero sus ojos se clavaron en Erin. Para cuando quiso darse cuenta, ya estaba esposado.
—¡Esto es una trampa! ¡Es todo mentira! Te juro que eso no es mío, Emily —gritaba Daniel Moore dirigiéndose a la chica.
—No se preocupe, señor Moore, que ahora tendremos una charla sobre las mentiras en la comisaría —respondió Erin.
Sala de interrogatorios de LAPD
7 de noviembre de 2025
La sala de interrogatorios estaba iluminada con el mismo blanco cruel que borraba toda sombra.
Daniel Moore, despeinado y con la camisa arrugada por el forcejeo, permanecía en la silla de metal.
El rostro le ardía de rabia contenida, pero sus ojos azules aún conservaban ese brillo arrogante, como si creyera que todo era un montaje pasajero.
Al otro lado del cristal de la cámara Gesell, Ray y Carter observaban en silencio. A un lado, Lana abrazaba sus propios brazos en la silla, con los ojos fijos en aquel hombre que había jurado amarla y que ahora estaba ahí sentado como un animal acorralado.
La puerta de la sala se abrió con un chirrido lento y Erin Cross entró. Cerró la puerta con calma, se acercó a la mesa y se sentó frente a él.
—Daniel Moore. Treinta y seis años… pensé que tendrías un expediente limpio como una sábana recién planchada… pero por lo que he visto has tenido tres denuncias por golpear a otras mujeres. La última en Virginia —dijo Erin—. Y hoy en tu bolsillo… cocaína.
Daniel la miró con desdén.
—Esos casos están cerrados, sobreseídos. Se lo inventaron, no hay pruebas. Y lo de hoy… sabes mejor que yo que me lo habéis plantado por la cara —replicó él.
—¿Eso crees? ¿Piensas que esto es un teatro y tú una víctima inocente?
—No era mi cocaína. Me la metió ese policía —repetía Daniel.
—¿Sabes cuál es el problema, Daniel Moore? Que te leí de principio a fin desde que aparcaste el coche frente a mi casa. El hombre celoso y controlador que persigue a una mujer por cada respiración que da…
—No tienes nada contra mí —interrumpió Daniel.
—Eres un manual abierto para cualquier maltratador, Daniel. Y créeme, le voy a leer línea por línea a un juez todo lo que tengo contra ti —amenazó Erin con una sonrisa.
—Debí suponer que eras tú la que me amenazaba —soltó él.
Erin por un momento se quedó confundida. Pero Daniel continuó.
—Querías asustarme con tu carta, ¿verdad?
—¿De qué carta me estás hablando? —preguntó Erin intrigada, dejando de controlar aquella situación de golpe.
Daniel se inclinó hacia atrás, metió la mano en su pantalón y sacó una billetera desgastada. Con un gesto lento, extrajo un sobre doblado. Lo dejó caer sobre la mesa metálica y lo empujó hacia Erin.
Ella lo abrió con cuidado. Reconoció la caligrafía al instante.
Erin contuvo el aliento. Aquella cifra resonaba en su cabeza, como un código maldito.
Daniel Moore era el siguiente.
Cerró los ojos un segundo, intentando ordenar aquella avalancha de pensamientos.
—¿Por qué te sigue a ti? —preguntó Erin con la cara desencajada.
Ahora Daniel era el que estaba confundido también.
—¿No has sido tú? —murmuró—. Yo solo soy un actor de poca monta, me busco la vida, sobrevivo en un Hollywood que escupe a los que no sirven. No he hecho nada malo.
—Claro… —murmuró Erin en voz alta para sí misma—. Eres un maltratador… por eso va a por ti…