Capítulo 9 #4
—Hasta encerrado sigue encontrando la manera de hacerme sangrar ese maldito infeliz —añadió Erin.
—No ha cambiado nada en estos años. Seguimos viviendo entre la misma violencia.
Mi padre también fue un maltratador, Erin —dijo Novak con la voz entrecortada—.
Un maltratador que se llevó a mi madre a la tumba, que vivió en libertad hasta el final de sus días…
crimen pasional, lo llamaron. —Hizo un silencio—. Por eso me hice jueza.
—A los hombres les encanta disfrazar el odio con pasión —contestó Erin.
Erin miraba a Cecilia, la entendía de tal forma que no hacía falta pronunciar ninguna palabra más cuando se juntaban sus miradas.
—Después de la Segunda Guerra Mundial, mi padre volvió a casa, pero volvió cargado de violencia.
Mi madre no fue la única. Muchos hombres volvieron así en aquella época y se descargaron sobre sus mujeres.
Por entonces, las estadísticas de feminicidios se dispararon, pero nadie habló nunca de ello.
Nadie lo llamó por su nombre, aunque miles de nosotras fuéramos la posguerra de aquellos hombres.
Cecilia bebió otro sorbo de vino.
—Estrés postraumático, dijeron los psicólogos —respondió Erin—. ¡Ja! También los llamaron héroes heridos… pero nadie habló de las esposas apuñaladas en la cocina, de las novias arrojadas por las escaleras y de las mujeres que desaparecieron sin dejar rastro.
—Siempre se hablaba de los soldados, del “veterano” que merece compasión y descuentos en Walmart. ¿Y qué pasa con nosotras? Lo que hicieron antes no fue diferente de lo que vivimos ahora, violencia reciclada que siempre termina en nosotras, Erin.
Erin sintió un escalofrío en su interior. Su mente dio un vuelco repentino.
—Cecilia… sin querer acabas de arrojar un poco de luz en mi mente…
puede que… —Erin cortó en seco la conversación—.
No sé bien cómo definirlo todavía… pero quizá está pasando lo mismo con el cazador.
Antes no se veía el feminicidio, a lo mejor ahora…
estamos mirando para otro sitio sin llamar a las cosas por su nombre, como se hacía entonces.
—¿Otra vez con el cazador? Desconecta, Erin, desconecta un poquito, mujer, que estaba quedando muy bien nuestra pequeña rebelión.
—No. Piénsalo bien, Cecilia. Hollywood siempre se ha utilizado para distraer a las masas. ¿Por qué tiene que ser diferente esta vez? Además, hasta donde sé, este cazador surgió por esas fechas…
Cecilia la miraba confundida.
—Fíjate —continuó Erin—. Después de la Segunda Guerra Mundial, Hollywood empezó a proyectar Gilda con Rita Hayworth, mientras al mismo tiempo Estados Unidos lanzaba la primera bomba atómica en pruebas en el Pacífico.
—¿Y qué tiene que ver Gilda con el Cazador de Estrellas, Erin? Creo que estás delirando, querida.
Erin la miró fijamente.
—Conduces un autobús en el que se montan veinte personas, se bajan tres, pero suben otras cinco. Al llegar a la siguiente estación, se bajan veintiuna y se suben cuatro. ¿De qué color son los ojos del conductor?
—¿Marrones?
—Tus ojos son azules, Cecilia. La conductora eres tú. ¿Te das cuenta? Es muy fácil despistar a las masas. A veces nos quedamos mirando al sitio que llama más la atención, pero en realidad todo debe estar moviéndose en otra parte… de otra forma…
—Vale, se te ha ido la cabeza por completo. ¿Quieres otra copa? Mi sobrino es psiquiatra y…
—No, no puedo beber más, tengo que conducir. Pero te lo digo de verdad, Cecilia… tiene sentido —insistía Erin.
—¿Sabes que después de la guerra, Los Ángeles también batió el récord mundial de divorcios? —dijo Cecilia cambiando de tema.
—Lo sé, demasiadas bodas apresuradas bajo el hechizo romántico de me voy a matar a Hitler, ¿te casas conmigo? ¿Qué esperaban? Pero no me desvíes de lo que te estaba diciendo —contestó Erin.
Erin Cross continuaba pensativa, mirando un punto fijo, ordenando sus ideas, dándoles forma… pero su relación causa y efecto todavía estaba difuminada.
—¿Y si todo empezó en la guerra?
—Tienes razón, Erin. No bebas más.
—¿Puede un asesino profesional volver a ser civilizado? —preguntó en voz alta, mientras pensaba en los hombres de la guerra.
—¿Puede una fiscal celebrar el cumpleaños de su amiga sin delirar?
—Hollywood es el reflejo de esa culpa, Cecilia —continuó Erin—. El cazador tuvo que ser un veterano de esa guerra, ahora con un imitador, no lo sé, pero… la primera idea de lo que está ocurriendo aquí tuvo que nacer ahí… en ese momento.
—Yo hace rato que me he perdido —reconoció Cecilia dando un sorbo al vino.
—¿Qué películas tuvieron mayor éxito en aquella época? Los mejores años de nuestra vida, por ejemplo. Historias de esposas convertidas en ángeles pacientes, cuidando de hombres tullidos… y otras esposas retratadas como harpías, alcohólicas e infieles.
—¿Estás buscando pistas en el cine del 46? —preguntó Cecilia.
—Tú misma lo acabas de decir. No ha cambiado nada desde entonces.
Alguien está replicando a un asesino que volvió tocado de aquella guerra.
Todo encaja. La disciplina, la frialdad…
es la misma violencia de los hombres que volvieron de la guerra y no supieron dónde descargarla.
Lo huelo, Cecilia. Esa violencia no se aprende en una calle oscura.
Se forja en un campo de batalla, con estrategia.
Novak la observó con el ceño fruncido, en silencio, dándole espacio.
—Mira Marilyn Monroe —continuó Erin—. El país entero la idolatraba, América entera se enamoró de aquella sonrisa y de su falda levantada en la Séptima Avenida, como si fuese un símbolo de la libertad femenina.
—Hizo un silencio y la miró—. ¿Sabes qué pasó aquella noche, después del rodaje de esa escena?
Joe DiMaggio la arrastró a casa y la golpeó con tanta rabia que la dejó sangrando en el suelo.
No podía soportar que el mundo entero mirara unas piernas que él creía suyas.
Todos vieron la falda de Marilyn volar, pero todos ignoraron los hematomas del día siguiente.
—Entonces crees que el cazador es hijo de la misma violencia… que actúa por machismo, muy bien, pero… ¿Jacob Heller? —preguntó Cecilia—. Tu hipótesis tiene lagunas, si te escuchara Elliot…
—Machismo… esa palabra parece gastada y sin embargo sigue vigente en cada esquina.
No digo que el cazador mate por machismo.
Pero sé que es un hombre y tiene que ser un veterano, aunque resulte imposible de creer en 2025.
El Cazador de Estrellas nació ahí, de ese molde.
De los veteranos que volvieron condecorados, aplaudidos y que nunca aprendieron a ser hombres sin un fusil.
La violencia de la guerra se quedó pegada a su piel y eligieron proyectarla sobre las mujeres, sobre las estrellas, sobre cualquiera que recordara al mundo que ellos ya no eran héroes, sino sombras.
—Amén —respondió Cecilia con la copa en alto.
La tarde se había escurrido en confidencias y conjeturas. Al despedirse, Cecilia la abrazó con fuerza, como si supiera que su amiga llevaba un peso imposible sobre los hombros.
—Cuídate, Erin —le dijo desde la puerta.
Erin asintió, la besó en la mejilla y caminó hasta su coche. El aire de Bel Air era frío allí. Abrió el bolso para buscar las llaves, pero al acercarse al vehículo algo llamó su atención.
Entre el parabrisas y el cristal de su coche había una hoja doblada en dos. Una nota.
Erin se detuvo. La sangre se le heló un instante. Retiró el papel de allí y lo desplegó. Era el mismo tipo de letra inconfundible que utilizaba el Cazador de Estrellas, pero esta vez no había número ni corazón, solo una advertencia.
PARA O ATENTE A LAS CONSECUENCIAS
El mensaje era claro y brutal. No era un juego. No era un acertijo. Era una orden.
Cerró el puño con fuerza arrugando el papel. Sus ojos miraban alrededor de aquel barrio, pero no había nadie más allí.
Si Jack Malone ya no estaba, los muertos no podían escribir cartas... y acababan de dejarle claro que alguien la estaba observando.