Skid Row Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—¿Sabes? Hay quienes pagan miles de dólares por una terapia con vistas como esta. Tú tienes la mía gratis —bromeó él.

Erin lo fulminó de reojo y aquella mirada podría haber partido el muelle en dos.

—Habla —dijo Erin sin rodeos—. No tengo tiempo para estupideces.

Kane suspiró dándole un sorbo al café.

—Tu Enterrador de Skid Row… existe. No es una leyenda.

—¿Qué tienes?

El viento marino levantaba espuma en el muelle y las gaviotas chillaban. Erin seguía atenta a lo que tenía que decir Kane, esperando que soltara lo que de verdad había ido a contar.

Él se pasó una mano por el pelo rizado y bajó la voz.

—Cada cierto tiempo —comenzó Kane—. Aparecen camionetas blancas en Skid Row. Sin logotipos, con una matrícula falsa… y se llevan a indigentes como si fueran mercancía. Nadie protesta. Nadie denuncia…

Se quedó en silencio mirando el mar.

—Kane, ahórrate la tensión. Al grano —ordenó Erin.

—Esos mismos indigentes aparecen enterrados en tumbas ya habitadas por otros huéspedes.

Erin frunció el ceño y Kane se encendió un cigarrillo.

—Hace unos meses, en el cementerio de Evergreen, hicieron una exhumación por un asunto familiar.

Y dentro de aquella tumba había dos cadáveres en el mismo ataúd.

El muerto que debía estar ahí y un indigente desconocido.

Estaba encima del cadáver original, metido como si fuera cocaína de contrabando.

Erin apretó la mandíbula.

—Y no fue un caso aislado —continuó Kane—. En el Holy Cross Cemetery de Culver City, pasó lo mismo. Exhumaron la tumba de un productor de cine de los años setenta y encontraron otro cuerpo, un vagabundo, metido ahí como si fuera basura escondida.

El viento se llevaba el humo y consumía su cigarro con prisa. Kane la miró a los ojos, con el rostro serio, sin la ironía habitual.

—Esto no tiene buena pinta, Cross. En esta ciudad están pasando cosas que nadie quiere ver. Y lo peor es que esos indigentes no importan. Nadie los echa de menos. Nadie los reclamará. Nadie investigará.

El mar rugió al fondo, como si confirmara sus palabras.

Erin cerró los puños en los bolsillos de su gabardina, con la sensación de que lo que acababa de escuchar era un eslabón más en una cadena mucho más oscura de lo que imaginaba.

—Te equivocas, Kane… a alguien sí que le importa.

Erin le quitó el cigarrillo de las manos y lo tiró al mar.

—Que sigan cavando —dijo—. Al final la única pala que verá ese enterrador será la mía.

—Me lo temía…

—Si alguien cree que los muertos no hablan, es porque nunca me han visto interrogar a un cadáver.

Erin se marchó con la última palabra, dejando a Kane con su café en la barandilla de aquel muelle.

Set de rodaje de Summer Heights School

29 de octubre de 2025

Las semanas siguientes volvieron a la normalidad, Daniel Moore parecía el mismo Daniel de los primeros días. Lana simplemente volvió a descansar en aquella calma. Quería pensar que había cambiado, quería creer que todo había sido un mal momento, una mezcla de cansancio y un rodaje difícil.

Daniel se mostraba más cariñoso y atento, incluso más dulce que de costumbre.

—Vámonos este fin de semana. Solos tú y yo —le dijo Daniel.

—¿Adónde? —preguntó Lana.

—No sé… fuera de Los Ángeles. Vamos a un lugar tranquilo. Quiero que sea un sitio especial —contestó, cogiéndole de la mano—. He estado muy estresado, Lana —admitió Daniel—. La serie me pone al límite. No he sido justo contigo, la verdad. Y tú te mereces más. Mucho más.

Lana estaba enamorada. Enamorada de verdad. Y eso a lo que llamaba amor, ese estado psicótico que la catapultaba fuera de la realidad, era lo que guiaba todas sus decisiones desde que lo conoció. Nadie como ella conocía cómo funcionaba aquel circuito. Nadie. Lo vivió desde pequeña.

Daniel le daba clases de la industria y de la vida como si ella fuera idiota.

Explicaba, corregía… era muy fácil confundir su protección con el control.

Sin embargo, Lana quería pensar que tenía suerte, que la estaba cuidando.

Pero en el fondo había algo igual de potente que el amor en una relación tormentosa…

la pena. El amor a veces se agota, pero la pena se instala de forma indefinida como un ocupa que se niega a salir.

Lana sentía por él una pena suave, silenciosa, que nacía en lo más hondo de su alma cuando veía cómo él necesitaba explicarlo todo, justificarlo todo y dominarlo todo.

Como si el control fuera lo único que lo mantuviera en pie.

Como si la seguridad que proyectaba siempre fuera un barniz fino y debajo hubiese un hombre lleno de incertidumbres, inseguridades y miedos que él mismo no soportaba mirar.

A veces, cuando él hablaba del rodaje, del estrés de su trabajo, se justificaba de los rumores sobre Emily, hablaba de la presión o de sus fans imaginarios…

siempre había un temblor en su voz, un intento de sonar sólido.

Lana, en el fondo veía a alguien frágil, a alguien que llevaba metido el miedo en los huesos mucho tiempo.

Alguien que necesitaba tanto tener la razón que se quedaba sin espacio para tener dudas.

Pero para entonces, Lana ya había escuchado una historia traumática con sus padres como excusa del origen de su rabia, había vivido algún que otro gatillazo y estaba descubriendo que el amor se parecía demasiado a la pena.

Por eso la conmovía incluso cuando debería haberse alarmado, porque cada vez que Daniel le hablaba mal, cada vez que dudaba de ella, la corregía como si fuera una niña perdida o justificaba sus explosiones de ira…

ella siempre encontraba una excusa para perdonarlo.

La pena es capaz de perdonarlo todo, no solo el amor. Lana recordó una frase que le dijo su madre cuando su padre entró en prisión: no hay nadie que te enseñe mejor a conocer a las personas que aquellas que preferirías no haber conocido nunca.

Ella neutralizó aquella voz de su madre en su interior, avisándola, antes de contestar la petición de Daniel.

—Está bien, vámonos el fin de semana —respondió ella.

Casa de Cecilia Novak en Bel Air

29 de octubre de 2025

La tarde caía sobre Los Ángeles, con un sol que teñía de oro las fachadas.

Erin Cross condujo hasta Bel Air, donde vivía su vieja amiga, la jueza Cecilia Novak.

Quería visitarla por su cumpleaños y aunque el caso Malone la consumía por dentro, había algo en su interior que la empujaba a hacerle una visita.

Novak la recibió en la puerta con la misma calidez de siempre. Llevaba un vestido azul sencillo de andar por casa, el cabello recogido con cuidado y esa sonrisa que no había cambiado desde los años en la Facultad de Derecho.

—¡Erin! —exclamó emocionada al verla.

—Feliz cumpleaños, jueza —contestó Erin desde la entrada con una sonrisa de oreja a oreja y los brazos abiertos.

Entraron en la casa. Estaba llena de libros, plantas y cuadros de familiares. Una mesa estaba dispuesta con fruta, dulces, vino y copas.

—Una ya no está para celebrar muchas cosas… pero, ¿un poco de vino? He abierto un Rothschild de 2017.

—Por favor —respondió Erin.

Se sentaron en el sofá y brindaron. Durante unos minutos no hablaron de casos, ni de juicios, ni de cadáveres. Pero la cabra tira al monte. Era imposible juntar a dos damas de la justicia y que no se reanudaran temas relacionados con el bucle laboral.

—¿Sabes qué me sorprende? —dijo Cecilia, mirándola con compasión—. Que todavía estés en pie, Erin. Con todo lo que llevas vivido, cualquiera habría dejado de creer en el sistema hace tiempo.

Erin sostuvo la copa entre las manos, pensativa.

—¿Has seguido las noticias? —preguntó Erin.

—Sí, Erin. Me enteré de lo de Jack. Como para no enterarme… está por todas partes —respondió.

—Y aun así… no encaja —añadió Erin.

—¿Cómo que no encaja?

—No todo. Hay piezas que no cuadran, Cecilia.

La jueza Novak la observó con una mezcla de ternura y preocupación.

—Erin… deberías dejarlo estar —dijo suavemente—. La gente ya tiene a su cazador.

—¿Y si no era más que el peón del verdadero cazador? —replicó Erin.

Cecilia negó con la cabeza, despacio.

—¿Ya estás con tus frases de ajedrez? A veces, hasta la justicia debe saber cuándo debe detenerse. Si empujas demasiado, corres el riesgo de romper lo que queda en pie.

Hubo un silencio breve entre ambas.

—Somos mujeres antes que juezas, Erin. Y aunque los tribunales quieran tragarnos, siempre habrá un cumpleaños que nos recuerde que seguimos vivas.

Erin se quedó mirando al jardín de Novak, donde se levantaba una estatua de Afrodita gigante alrededor de una fuente artificial, con carpas nadando y reflejando los rayos del sol sobre una mesa llena de flores de todos los colores posibles.

—He hablado con Nathaniel Crowe esta mañana —dijo Novak, sentándose frente a ella—. Y no vas a creer lo que me contó…

Erin arqueó una ceja y puso atención.

—Otro asesinato en la autopista. —Novak dejó su vaso sobre la mesa con un leve temblor en la mano—. Lo encontraron en la autopista 105, a la altura de Inglewood. Mismo patrón, el cuerpo sobre el coche y las alas pintadas en blanco…

—¿Quién era la víctima? —preguntó Erin.

—Un fugitivo. Tenía orden de captura federal. Robos, homicidios… Todo apunta a que ese ángel está capturando hombres en busca y captura. ¿Increíble, no?

Erin sostuvo la copa con firmeza, con la mirada clavada en un punto invisible.

—Entonces no solo mata… —susurró Erin.

—Si esta información sale en los medios… ahí fuera lo convertirán en un héroe, Erin.

—Los héroes no pintan unas alas con spray, Cecilia.

Siempre terminaban hablando de trabajo. Intentaban reconducir la conversación una y otra vez, pero les resultó imposible a las dos.

Cecilia suspiró y la miró a los ojos, con un tono más íntimo.

—Dime una cosa, ¿tu exmarido ha vuelto a escribirle a Lana desde la cárcel?

Erin apretó la copa con los dedos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Bajó la mirada antes de responder.

—Sí, Cecilia… lo ha vuelto a hacer. No va a parar nunca. Esa es su guerra ahora, perseguirme a través de mi hija.

Cecilia negó despacio con la cabeza.