Capítulo 9 #2
Por un momento, se detuvo en la acera contemplando la escalinata del Tribunal.
No se atrevía a entrar. No porque temiera lo que pudiera encontrar dentro, sino porque allí convivían demasiados fantasmas juntos.
Pero Erin nunca fue de las que se quedaban quietas.
Respiró hondo y subió los escalones con decisión.
El guardia de seguridad del control de metales apenas se movió. Erin Cross pasaba por allí sin necesidad de esperar a que sus efectos personales pasaran los rayos X. Su rostro era más reconocible por aquellos pasillos que la propia estatua de la dama de la justicia que adornaba el vestíbulo.
—Jueza Cross —saludó el guardia, cuadrándose casi por instinto.
—William —saludó ella, sin detener su paso.
Atravesó los corredores alfombrados de aquella institución, cruzándose con secretarias, funcionarios y abogados jóvenes.
Todos la reconocían, todos la saludaban con un respeto que rozaba la devoción.
Algunos inclinaban la cabeza como si estuvieran frente a la primera dama y otros murmuraban su apellido en voz baja al verla.
Ella no devolvió más que leves asentimientos. Tenía un objetivo y la reverencia de los pasillos no la iba a distraer.
Avanzó hasta el ala donde se encontraban los despachos de los jueces. Se detuvo frente a una puerta alta, de madera oscura, con una placa dorada que rezaba:
Honorable Elliot Pomeroy
Erin llamó a la puerta tres veces, pero antes de que llegara la respuesta, la puerta se abrió. El despacho del juez Elliot Pomeroy seguía igual que siempre. Imponente, con las estanterías repletas de libros de justicia, expedientes encuadernados y reliquias de juicios históricos.
Sobre la pared, al fondo del escritorio, colgaba un cuadro de Edmund Raeburn, el viejo mentor de tantos jueces allí, con una mirada astuta que parecía seguir a los visitantes en aquel lugar.
A su lado, había otro retrato solemne, la jueza Margaret O’Donnell, que había desmantelado la corrupción en el Ayuntamiento de Los Ángeles en los años cincuenta.
Más allá, el rostro sereno del juez Harlan Cortez, pionero en juicios por los derechos civiles.
Era normal que en aquel juzgado cada despacho rindiera tributo a figuras del pasado, a aquellos que habían marcado la ciudad con su trabajo y sus sentencias. Era una especie de Paseo de la Fama judicial, sin estrellas ni alfombras rojas, solo marcos dorados y paredes solemnes.
Ella recordó su antiguo despacho, cuando lo ocupaba como jueza.
Sorprendió a todos colgando el retrato de Thomas Varela.
Venerar a un juez vivo había sido casi un escándalo y un gesto provocador que la definía a la perfección.
Erin siempre iba a contracorriente, siempre encontraba la forma de incomodar la tradición.
Pomeroy se sentó tras su escritorio, con la espalda erguida como una columna.
—Te estaba esperando, Erin —dijo él—. Estaba apostando si aparecerías tras el teléfono, por tierra… o bajarías desde el tejado.
—Sabes que estoy aquí porque esto no ha acabado… —replicó ella—. Lo de Jack Malone ha sido solo la punta del iceberg. Sabes que era un cabeza de turco… hay mucho más detrás de esas cartas… detrás de esas muertes, Elliot.
Los ojos del juez se endurecieron de nuevo. Golpeó suavemente el escritorio con las yemas de los dedos y respiró hondo antes de hablar.
—Desde que eres fiscal haces demasiadas conjeturas, pero no presentas pruebas sólidas. Debería volver al juzgado, jueza Cross —dijo dejando de tutearla.
—Elliot… sé que hay algo detrás y voy a llegar hasta el fondo.
—¿Cómo estás tan segura?
—Porque el verdadero cazador está jugando con nosotros. Un muerto no puede declarar. Y eso… eso… era lo único que le quedaba por hacer al nuestro.
—¿Insinúas que lo han asesinado? —preguntó el juez—. ¿En la comisaría?
—Insinuo que Jack Malone interesa más muerto.
—Malone está muerto y el caso está cerrado, Cross —sentenció él, con un tono duro como el mármol.
—Esto no ha hecho más que empezar, Elliot.
Casa de Erin Cross en Pasadena
20 de octubre de 2025
Las noticias llenaban nuevamente cualquier espacio de la televisión:
—Última hora: el Cazador de Estrellas se quita la vida en su celda en circunstancias extrañas.
La voz de la presentadora resonaba indiferente, como si hablara desde otro planeta, mientras Erin Cross permanecía sentada en la penumbra, con la mirada fija en la pantalla.
Un coche se detuvo frente a la casa y Erin se asomó a la ventana enseguida.
Lana bajaba del coche de Daniel Moore, con el rostro triste y húmedo, parecía haber llorado y más frágil que nunca. Entró sin pronunciar ni una sola palabra, con el gesto de alguien que busca aire… un refugio.
Erin se puso en pie.
—Lana, quiero hablar contigo.
—Ahora no puedo mamá, estoy cansada…
—Lana… por favor, escúchame —le suplicó.
Se acercó a su hija y la cogió de las manos.
Erin abrió la compuerta de su alma que llevaba años resistiendo, dejando escapar todo lo que contenía allí adentro.
—¿Sabes lo que es estar cansada de verdad, Lana?
Yo lo supe cuando vivía aquí tu padre. —Hizo una pausa mirándola a los ojos—.
Cada noche rezaba para que no volviera borracho y cada noche me equivocaba.
Entraba dando portazos, con ese aliento a whisky…
en ese momento sabía que la tormenta empezaba.
Palizas, patadas, insultos… y al amanecer tenía que maquillarme los moratones, ponerme la chaqueta y caminar recta hacia el juzgado…
pero… —Tragó saliva—. ¿Sabes qué era lo peor?
Que a veces me tocaba dejar en la calle a hombres como él por falta de partes médicos.
Y la fría ley me exigía, como si fuera una dictadura, que aplicara atenuantes, argumentando que no eran tan peligrosos, que el alcohol los confundía, mientras a mí aún me dolían las costillas de la noche anterior.
Erin soltó a Lana de las manos y apretó los puños. Las uñas se clavaron en su piel. Se inclinó nuevamente hacia su hija, sin dejar espacio para que pasara el aire.
—Ese miedo nunca se va, Lana. El miedo a que la cerradura gire y todo se repita.
El miedo a que tu hija se despierte y vea a su madre tirada en el suelo.
Durante mucho tiempo aprendí a vivir en silencio, a tragarme la rabia y también a disimular en los pasillos del tribunal.
Y ahora todos me ven fría, distante… y quizá eso es porque a la única persona con la que me mostré vulnerable… casi me mata.
Su voz se quebró. Lana la miraba con lágrimas cayendo de sus ojos, goteando como un grifo mal cerrado, pero sin hacer ningún sonido.
—Pero aquí estoy, Lana —continuó—. Porque tú existes. Porque alguien tenía que demostrarte que se puede seguir aunque la vida te pise el cuello. Sé que a veces soy dura, cariño. Siempre lo soy, hasta conmigo. Pero quiero ayudarte. Aunque no sepa hacerlo bien.
Lana bajó la mirada y habló por primera vez.
—Yo le quiero, mamá… pero Daniel… es muy celoso, cuando se pone así… —Se secó las lágrimas con la manga—. Me mira mal cuando hablo con alguien… hasta cuando grabo alguna escena con un chico. Me pregunta si me ha gustado… se enfada conmigo… luego se le pasa… pero no me ha pegado, te lo juro.
—¿Y esa marca? —preguntó Erin sosteniendo su brazo.
—Me agarró fuerte porque no quise que me siguiera hablando.
—Escúchame bien, Lana. Una sola vez basta, ¿entiendes?
—Erin la miraba fijamente a los ojos—. Una sola vez es suficiente para saber hacia dónde va ese camino.
No existe un quizá ni un fue un mal día.
Yo me lo repetí mil veces y cada vez me convencía de aguantar un poco más.
El principio siempre es bonito, pero un día te das cuenta de que el noventa y nueve por ciento de las veces ha sido un monstruo…
y que tú sigues enamorada de un recuerdo…
de ese uno por ciento del principio que crees que volverá algún día.
Pero no es el tipo encantador del primer día, Lana…
ese no es… su verdadera personalidad es la que más muestra.
Las lágrimas corrían sin freno por las mejillas de Erin, su voz era una fuente de tristeza que vibraba con cada palabra que pronunciaba.
—Tú mereces un amor que no duela —continuó—.
No quiero que heredes mis cicatrices. Si alguna vez sientes esa sombra crecer, si alguna vez él te hace temblar en lugar de hacerte sonreír…
te prometo que estaré aquí. No como la jueza que crees que soy, no como la madre dura y controladora que muchas veces ves.
Estaré como tu refugio, como la mujer que sobrevivió para que tú no tengas que vivir de la misma forma.
Lana rompió a llorar en sus brazos y Erin la abrazó con fuerza.
Por primera vez en años, se sintió más madre que jueza y más carne que piedra.
Muelle de Santa Mónica Beach
25 de octubre de 2025
El muelle de Santa Mónica crujía bajo el peso de los turistas.
La noria giraba iluminando la tarde, el aire olía a algodón de azúcar y también a fritanga barata.
Los niños corrían detrás de globos de helio, las parejas se besaban frente al océano y los músicos callejeros intentaban tapar con guitarras oxidadas el rugido de las olas.
Aquel lugar era el destino final de la ruta 66 y se concentraban viajeros de todas partes del mundo haciéndose selfies junto al letrero.
En medio de aquel escenario pintoresco, Erin Cross esperaba a Michael Kane, apoyada en la barandilla de madera del muelle, con el viento marino despeinándole el cabello. Su mirada estaba fija en el horizonte, fría, como si el Pacífico fuera otro expediente interminable.
—Fiscal Cross —dijo la voz de Kane detrás de ella—. En este entorno hasta tú pareces humana.
Michael Kane apareció con su chaqueta de cuero y el pelo rizado revuelto por el viento. Traía una sonrisa torcida y un vaso de café en la mano.
—Kane… Kane… —respondió Erin sin girarse—. Espero que no me hayas hecho venir hasta aquí para escuchar tus chistes.
Él se apoyó junto a ella en la barandilla, mirando hacia el mar.