Capítulo 9
Caso Cerrado
Casa de Erin Cross en Pasadena
Erin Cross amaneció con la calma extraña que precede a los días decisivos.
Al día siguiente se celebraba la vista de Jack Malone en el Tribunal Superior del Condado de Los Ángeles, donde el juez Pomeroy decidiría si daría trámite a su detención.
Sería un juicio rápido, con lectura de cargos y la decisión de si quedaba bajo custodia preventiva o salía en libertad hasta el juicio formal.
Mientras Erin abotonaba su chaqueta, el murmullo de la televisión llenaba el salón de su casa. Todas las cadenas sin excepción estaban retransmitiendo la misma noticia:
“El Cazador de Estrellas, cazado”.
“Fuentes oficiales confirman que un sospechoso ha sido detenido”.
“Se trata de un veterano agente de policía”.
Los programas lo repetían en bucle, con la imagen en directo de la fachada gris de la comisaría, desde donde iba a salir Jack Malone en un furgón.
Había una avalancha de patrullas entrando de madrugada.
Los periodistas agolpados detrás de las vallas con micrófonos en alto y cámaras desde todos los ángulos posibles.
En la pantalla, un presentador enfatizaba:
—Señoras y señores, estamos ante uno de los mayores escándalos de los últimos años. El hombre que debía proteger la ley será hoy acusado de ser el temido asesino en serie, conocido como el Cazador de Estrellas…
Para Erin no era una sorpresa que se hubiera filtrado, pero verlo repetido una y otra vez, amplificado en todas las cadenas, era como sentir que el caso se escapaba de sus manos para convertirse en un espectáculo nacional.
La puerta principal se abrió con el chirrido suave de las bisagras. Lana se ajustaba la mochila al hombro, apurada por no llegar tarde al rodaje.
—Nos vemos luego, mamá —se despidió Lana.
Erin alzó la vista. Fue un instante, un pequeño destello, pero fue suficiente. Vio un moratón en el brazo de su hija, dos círculos violetas, todavía frescos.
Erin se quedó inmóvil, observando ese golpe como si el tiempo se hubiera detenido.
No necesitaba un informe forense. No necesitaba fotografías, ni dictámenes médicos.
Reconocía esa marca mejor que nadie. La había llevado en su propia piel demasiadas veces.
Cada línea amoratada era un recuerdo. Cada sombra azulada la devolvía a aquellas noches en las que el padre de Lana la sujetaba con brutalidad del brazo.
La puerta se cerró tras ella y la casa volvió a quedar en silencio, dejando que los recuerdos regresaran como un puñal para Erin.
No quiso decirle nada a Lana, pero su cabeza siempre pensaba un paso más allá.
Tarde o temprano, estaba convencida de que iba a intervenir, solamente tenía que esperar como una auténtica leona tras los arbustos al momento perfecto para atrapar a su presa, Daniel Moore.
Fiscalía del Distrito de Los Ángeles
20 de octubre de 2025
El bullicio de la fiscalía era mayor de lo habitual. Teléfonos sonando, secretarios corriendo de un lado para el otro con carpetas bajo el brazo y periodistas agolpados en la entrada, intentando arrancar titulares.
Erin Cross atravesó el pasillo decidida, ignorando las miradas y los micrófonos, hasta llegar al mostrador central del piso once donde un grupo de asistentes revisaba expedientes.
—¿Se ha enviado ya el pendrive al Tribunal? —preguntó Erin sin levantar la voz.
Una joven secretaria levantó la vista del ordenador.
—Sí, fiscal Cross. El pendrive con los videos ya se entregó.
—¿A qué sala?
La joven leyó en el ordenador.
—Sala 302. También la relación preliminar de pruebas y el acta de detención.
—Bien. Una cosa más… —se detuvo un segundo—. Quiero que me traigan a Peter Halliday. Lo encontrarán en Skid Row, frente al Cecil.
—De acuerdo, fiscal Cross, enseguida —respondió la secretaria.
Erin empujó la puerta de su despacho con la partida de ajedrez aún fresca en la mente. Al entrar, se encontró con Ray, que estaba de pie junto a un hombre joven.
—Cross —dijo Ray con una sonrisa medida—. Te presento a John Carter, mi nuevo compañero.
Erin se detuvo en seco, clavando la mirada en el recién llegado como un depredador que mide a otro animal que acaba de entrar en su territorio.
John Carter debía rondar los veintiocho años.
Tenía el cabello castaño oscuro, los lados rapados con un degradado moderno y la mandíbula marcada.
Sus ojos azules eran atentos y revelaban una mezcla de respeto y nerviosismo, como si supiera perfectamente quién era Erin Cross y lo que significaba trabajar para ella.
Erin lo rodeó despacio, sin decir una palabra al principio. Carter se enderezó un poco más, intentando parecer más tranquilo de lo que realmente estaba.
—Así que tú eres el novato… —dijo finalmente Erin.
El joven asintió.
—Sí, señora fiscal. Un honor trabajar a su lado.
Erin dio un paso más cerca, lo bastante como para invadir su espacio personal, pero sin llegar a tocarlo.
—Así que marine… ¿eh? —dijo Erin solo con escucharlo hablar—. Aquí no hay honores, Carter. Solo trabajo.
—Estoy acostumbrado a trabajar bajo presión, señora —contestó él.
Ray le daba golpes con el pie mientras le susurraba al oído:
—Llámala Cross —le decía en voz baja.
—El último policía que estuvo aquí también estaba acostumbrado a trabajar bajo presión —respondió Erin.
Ray aguantaba la risa. Conocía a Erin. Estaba oliendo a un cachorro nuevo, tanteando sus miedos y Carter acababa de sobrevivir al primer asalto.
—Que nadie se confunda —soltó Erin—. El caso está lejos de cerrarse… aunque intentarán obligarme a hacerlo pronto. Jack Malone está en su celda, sí. Pero esas cartas… Marilyn Monroe, la Dalia Negra, Brandon Lee… Malone no es tan viejo, agentes.
—Aquí hay alguien más —dijo Carter.
Erin no le hizo caso. Miró a Ray de golpe.
—¿Investigaste al padre de Jack? ¿A su familia? —preguntó ella.
—Claro, Cross. El padre tenía un rancho en Corona, cerca de Nuevo México. Una bellísima persona, todos los vecinos lo adoraban y jamás ha pisado California.
—¿Algún antecedente? —preguntó Carter, intentando integrarse.
—Sí, una multa por dejar que las vacas se comieran las flores de la iglesia del pueblo. Nada más —respondió Ray.
Carter intentó no reír, pero se le escapó media sonrisa. Erin no se movió.
—¿Y sus tíos? ¿Hermanos? —preguntó ella.
—Nada. Está limpio. No hay una sola rama podrida que nos dé otra pista —contestó Ray—. Y es extraño, todos tenemos manzanas podridas en la familia. Hasta yo tengo un primo en Brooklyn que está loco.
—Entonces… Jack Malone es el único asesino en serie de su familia… —susurró Erin.
Luego miró a Carter.
—Eso no es suficiente para esta fiscalía.
Se dirigió a la ventana y se quedó de pie, con los brazos cruzados, mirando fijamente el horizonte de Los Ángeles.
—Mañana iremos al juicio. Malone no abrirá el pico.
Pero le tengo una sorpresa preparada… he mandado buscar a un viejo amigo en Skid Row.
Él nos hará dar con el hombre que vio a Malone en la escena de Sophie Duval.
Con eso podemos empezar a cerrar el círculo.
Pero es importante que el testigo esté abstinente. Lo necesito aquí ya —ordenó Erin.
Carter levantó la vista del bloc de notas donde apuntaba con disciplina. El ambiente era intrigante, pero al menos había un plan.
—¿Abstinente? —preguntó Ray—. ¿Y qué podemos hacer nosotros para que el testigo no consuma?
Erin Cross se manoseaba la cara con frustración.
—Yo qué sé, Ray —contestó ella—. Llévatelo a tu casa, haz lo que te dé la gana. Pero tiene que testificar lúcido. Es el único que puede ubicar a Jack en la escena de Sophie Duval.
Entonces sonó el teléfono fijo del despacho. El timbre cortó el aire. Erin contestó tocando un botón y poniendo el altavoz, sin apartar la mirada de la ventana.
—Cross.
Al otro lado la voz del Sheriff era grave, cargada de urgencia.
—Tenemos un problema…
—¿Qué ocurre ahora? —preguntó Erin.
—Jack Malone se ha suicidado.
—¡¿Qué?!
El silencio que siguió fue sepulcral. Ray se incorporó de golpe, con los ojos abiertos como platos. Carter parpadeó, incrédulo, como si hubiera entendido mal.
—Ha sido esta mañana —continuó el Sheriff—. Los guardias lo encontraron colgado con una sábana atada a los barrotes.
Erin cerró los ojos un instante y se apretó la frente con la mano.
En su mente apareció la imagen del tablero de ajedrez, la reina acorralando al rey, el jaque mate… pero este final no era suyo. Se lo habían robado.
Ray golpeó la mesa con el puño y Erin colgó el teléfono sin despedirse.
—¡Ese cabrón nos ha dejado con las manos vacías! —exclamó Ray.
—No, Ray… nos ha dejado con algo peor —dijo ella—. Nos ha dejado con una verdad amputada.
Erin cogió el bolso y se dirigió hacia la puerta, dejando a los policías en el interior.
Antes de marcharse se giró. Ray y Carter se miraron de golpe.
—¿Sabéis lo que eso significa, verdad? El cazador sigue suelto… pero todo el mundo pensará que ha muerto.
Antes de marcharse, le dedicó una última mirada al nuevo agente.
—Bienvenido a Hollywood, agente Carter.
Y se marchó dando un portazo.
Tribunal Superior de Los Ángeles
20 de octubre de 2025
Erin Cross estacionó frente a la entrada principal del Tribunal Superior de Justicia.
Al bajar del coche sintió un nudo en el estómago parecido al que sienten los niños el primer día de clase.
Aquel tribunal era su viejo lugar de trabajo, su antiguo templo.
Contemplarlo le traía un eco del pasado que se escondía entre los muros de piedra de aquel edificio.
A unos metros de la puerta, como una figura arrancada de un mal sueño, estaba otra vez el Predicador. Sostenía un cartón con las manos:
“Vulcano ya no forja espadas”
Erin se detuvo para mirarlo detenidamente. Aquello le pareció una escena de El Show de Truman.
El ruido de la calle desapareció en ese momento. Entonces, un viejo conocido del tribunal la saludó y ella desvió su mirada al instante.