Capítulo 8 #3
Jack dejó escapar un suspiro breve, como si aquello le inspirase.
—La reina —murmuró él—. Siempre lo cambia todo. Es la más poderosa, pero también la más vulnerable... se expone demasiado… confiada en su fuerza… pero al final cuando cae, el rey se queda desnudo.
Levantó la vista hacia Erin y el destello en sus ojos era puro veneno.
—¿No es curioso? —preguntó Jack—. En la vida real, la reina siempre termina pagando por defender a los demás.
Erin apoyó los codos sobre la mesa y le sostuvo la mirada con una calma peligrosa.
—¿Y sabes lo que es más curioso, Jack? Que la reina nunca se esconde.
No se mueve en línea recta por obligación, como el rey.
No se protege, ni se esconde en una esquina.
Ella atraviesa el tablero entero si hace falta.
Y sí… puede caer… pero mientras viva, recuerda a todos que no hay poder más grande que el de quien no teme exponerse.
El Sheriff y Ray se miraron desde detrás del cristal. Ninguno se atrevió a hablar esta vez. Estaban presenciando el interrogatorio más raro del mundo.
Jack avanzó su otro caballo, sacrificándolo para abrir espacio en la defensa. Erin no dudó en capturarlo con la reina. La pieza blanca rodó hasta chocar con el borde de la mesa.
—Ahí está —dijo Erin—. El poder de la reina. El sacrificio de un caballo para proteger al rey. Siempre son los peones y los caballos los que sangran primero. ¿Verdad, Jack? —Hizo un silencio breve—. ¿Quién es el rey? No has podido hacer esto solo.
Él no contestó, respondió con un movimiento sereno. Adelantó un peón como quien clava una estaca, pero sin apartar la vista de los ojos de Erin.
—No lo entiendes, Cross. El rey nunca pelea… él sobrevive. Y en el fondo esa es la única verdad. En este juego nadie gana. Todos caen… uno tras otro.
—Mis piezas no han venido aquí a sobrevivir. Han venido a terminar la partida.
Pero el tablero comenzó a inclinarse a favor de Jack. Con movimientos lentos y calculados, fue devorando las piezas de Erin. Cada vez que retiraba una pieza negra del tablero, lo hacía con la delicadeza de un verdugo que disfrutaba del silencio.
Erin lo sufría sin decir una palabra, aunque sus ojos seguían firmes y sin pestañear. Sabía que perder terreno no significaba perder la guerra.
Jack agarró su torre y derribó otro peón negro. Lo colocó a un lado, alineado con los otros.
—¿Desde cuándo supiste que el caballo estaba detrás de los peones, Cross? —preguntó con una calma venenosa.
—Digamos… que la reina mandó al caballo negro seguir al caballo blanco hace tiempo.
Y descubrió que quien escondía cartas de las escenas del crimen fue el caballo blanco, no el que intentaste sacrificar en tu lugar.
Y si ese caballo no hubiera estado en el cuadrado de al lado aquel día en la casa de Jacob Heller, hoy me faltaría una carta.
Jack no contestó.
—La diferencia entre lo importante y lo urgente —añadió ella—. ¿Recuerdas?
El Sheriff no se estaba enterando de nada detrás del cristal. Ray, por su parte, estaba completamente fascinado, con los ojos tan abiertos que parecía disfrutar de aquel espectáculo.
—Sheriff, es una larga historia —dijo Ray—. Jack le contó a Cross que era yo el que intentó esconder la carta del cazador en la casa de Jacob Heller. Pero en realidad, fue al revés. Le envié un mensaje a ella un rato antes explicándoselo. Ella me mandó vigilarlo desde entonces.
El Sheriff no contestó. Estaba atónito.
Erin dejó que el silencio pesara más sobre los hombros de Jack y entonces lanzó la pregunta con la calma de quien lanza una red al agua.
—Háblame de los símbolos, Jack. Los números, el corazón…
Jack no respondió de inmediato. Cogió su alfil y con un movimiento en diagonal eliminó un peón negro más. Retiró la pieza del tablero y la sostuvo en la mano antes de dejarla caer en seco. Luego rodó por la mesa hasta precipitarse al suelo.
—No es lo que crees —respondió al fin—. Los símbolos nunca fueron una amenaza. Son un lenguaje. Si no fueras tan rígida y tan de caminos rectos… los entenderías enseguida.
Erin movió la torre.
Jack avanzó su reina blanca bruscamente, dejándola en el centro del tablero.
—Pero claro… tú prefieres verlos como marcas de un cazador. ¿Verdad, Cross?
Con un gesto firme, Erin avanzó con su otra torre negra por una columna abierta del tablero, amenazando a su reina por diferentes ángulos. El sonido de la pieza contra la madera sonó como un trueno.
Jack se removió en la silla. Era la primera grieta en su compostura. No contempló aquel ataque a su reina. No pudo prevenir ese movimiento.
—Tocado… pero no hundido —dijo Jack con una sonrisa—. Igual que un video inocente que no dice nada. —Hizo un silencio y levantó la mirada—. No tienes nada, Cross.
—Te sorprenderías, Jack… —respondió Erin, sin levantar la voz—. Un viejo amigo me dijo que existe un testigo que vio a un hombre corpulento con pinta de poli en la escena del crimen de Sophie Duval. Dice que lo vio con sus propios ojos. Y que podría identificarlo.
Jack apretó los dientes y comenzó a dudar. Miró el tablero sin saber qué movimiento hacer.
—¿Saco el tragabolas, Jack? —preguntó Erin con burla, disfrutando de sus dudas.
Él la ignoró y avanzó con una torre blanca, como quien lanza un golpe sin medida.
—Esos peones… —escupió él, apretando los dientes—. Esos peones merecían lo que les pasó, Cross. Todos ellos. No eran inocentes. Ninguno lo era.
Erin movió nuevamente a su reina, colocándola frente al rey de Jack, amenazante.
Él se quedó inmóvil, sin saber qué hacer.
—¿Sabes qué es lo peor, Jack? —preguntó ella, con la voz de un verdugo—. Que incluso Fischer, con toda su genialidad en el ajedrez, confundía la brillantez con la destrucción. Tú eres igual. Te crees un visionario, pero lo único que has dejado es un tablero lleno de cadáveres.
Jack gruñó y desplazó su alfil para salvar al rey, pero la defensa se desmoronaba. Erin sonrió y adelantó la otra torre, cortándole la salida.
—Ups —soltó ella—. Creo que estás acorralado. ¿Sabes lo que estás sintiendo ahora? —preguntó con una voz que helaba—. Movimiento tras movimiento, sin poder respirar... no es un golpe, es un abrazo mortal.
Ray, tras el cristal, miró aquel momento maravillado.
—Lo ha hecho… Cross lo ha hecho… —susurró Ray.
Erin se inclinó hacia Jack, mirándolo fijamente con las manos sobre la mesa, como si estuviera en posición de ataque.
—¿Cómo me has llamado antes? —preguntó ella—. Anatoli Kárpov, ¿no es cierto?
Jack no contestó.
—¿Sabes cómo llaman a Anatoli Kárpov en el ajedrez? —insistió ella.
Jack Malone la miraba con furia, sin contestar. Sabía perfectamente la respuesta.
—La Boa Constrictor, Jack —dijo ella, dando un golpe en la mesa que hizo temblar a todas las piezas.
Erin había hecho una jugada maestra acorralando las piezas de Jack en el tablero, ahogándolo poco a poco, sin darle margen para hacer ningún movimiento.
—La boa no ataca con violencia, simplemente aprieta, hasta que ya no queda aire.
Jack empujó un peón con torpeza, como si intentara un último movimiento para darse un respiro. Erin no se detuvo. Avanzó su alfil y lo colocó en una diagonal perfecta. El rey blanco estaba rodeado y sus movimientos reducidos a la nada.
—¿Te das cuenta, Jack? Tú matas para demostrar que puedes. Yo solo juego para demostrarte que nunca tendrás escapatoria.
Ray contuvo la respiración. El Sheriff abría y cerraba los ojos, boquiabierto y sorprendido a la vez, como si estuviera viendo a la mismísima Monja de Expediente Warren delante de sus ojos.
Jack apretó los puños bajo la mesa.
Erin se reincorporó en su silla. Se cruzó de brazos y le lanzó una sonrisa.
—Jaque mate.
Jack Malone bajó la mirada al tablero, rodeado por las piezas negras como si fueran grilletes. Su máscara de hierro se quebró. Tenía un destello de furia, de impotencia… y de derrota.
Erin apagó su sonrisa y se levantó de la silla.
Al otro lado del cristal, Ray murmuró:
—Lo acaba de enterrar vivo.
Y Jack, atrapado frente al tablero, comprendió que Erin Cross no necesitaba armas ni confesiones.
Mientras Erin se marchaba de la sala, Jack le gritó:
—Te equivocas, Cross. Estás cagándola. Esto es algo más grande. En este juego el rey nunca muere.