Skid Row Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Perdóname, por favor, perdóname. Te amo, Lana. Eres lo único que me importa.

El abrazo de Daniel la envolvió, cálido y oscuro al mismo tiempo, como si fuera un refugio y una jaula a la vez.

Y mientras él repetía que la amaba, que estaba perdiendo la cabeza por miedo a perderla, ella quería creerle… pero no hay sexto sentido que valga, cuando los otros cinco están enamorados.

Sala de interrogatorios de LAPD

19 de octubre de 2025

Erin Cross observaba desde las sombras de la cámara Gesell. El vidrio unidireccional devolvía la imagen de Jack Malone sentado al otro lado. Estaba serio, quieto, con la espalda recta y los brazos sobre la mesa de metal. Su expresión era arrogante. No movía ni un músculo de más.

Jack sabía perfectamente de qué iba aquello. Había estado en esa sala cientos de veces, delante y detrás de ella, pero siempre con otro rol, como policía.

Conocía los atajos, los interrogatorios tensos, los silencios que pesaban más que las palabras.

Erin lo sabía bien. Por eso, entendía que no había truco posible, ni juego de luces, ni pausas teatrales que sirvieran con alguien de la talla de Jack Malone.

Un hombre que había interrogado a tantos con el mismo rol de poli malo, que había visto lágrimas y confesiones en esa sala sin mostrar ningún atisbo de compasión.

Alguien así no iba a dejarse arrinconar por las tácticas del manual.

Erin se permitió un instante para respirar. Luego, tomó la decisión. Con un gesto frío, abrió la puerta y entró en aquella sala.

El aire cambió al instante. Jack levantó la mirada y sus labios dibujaron un gesto ambiguo, a medio camino entre una sonrisa y un desafío silencioso.

La silla chirrió cuando Erin se sentó frente a él. Sus ojos oscuros lo escrutaban sin pestañear, como si intentara atravesar la coraza de piedra que él había construido durante años.

Al otro lado del vidrio, Ray y el Sheriff permanecían en silencio.

Ray con los brazos cruzados tragaba saliva con dificultad, el Sheriff estaba expectante, pero consciente de lo que había escuchado de otros en el departamento, que un interrogatorio de Erin Cross era algo digno de ver alguna vez en la vida, como las pirámides de Giza o la Gran Muralla China.

—Jack —saludó Erin con una sonrisa retadora.

Malone no respondió, solo participaba en aquel desafío de miradas.

Erin mantuvo la sonrisa. Aquella partida era una de las más difíciles de su vida y no pensaba jugar con cartas marcadas.

El reloj de la sala de interrogatorios avanzaba con un tic tac que parecía amplificado.

Erin Cross no desvió los ojos de Jack Malone ni un solo segundo.

Él permanecía inmóvil, serio y con el rostro de piedra.

Ni un parpadeo, ni un gesto que delatara incomodidad.

Tenía frente a él un vaso de agua que todavía no había tocado.

Estaba de brazos cruzados, con la mirada puesta en quien hasta hace poco era su jefa.

—¿Qué me puedes decir sobre Sophie Duval? —preguntó Erin.

Jack Malone se mantuvo en silencio.

—¿Y de Jacob Heller? —insistió.

Nada. Ni una palabra. Solo la mirada fija.

—¿Isabella Gómez?

El silencio era tan absoluto que el zumbido de las luces fluorescentes parecía retumbar como un trueno en la sala.

Erin apoyó las manos sobre la mesa de metal y se inclinó hacia él, esperando encontrar algo en su mirada.

Detrás del vidrio de la cámara Gesell, Ray masculló entre dientes:

—Ese hijo de puta juega a ser una estatua.

El Sheriff no apartaba la mirada de aquella escena digna de una película western, Cross vs. Malone.

Entonces, Erin se recostó en la silla y sin mirar al cristal, hizo un chasquido de dedos en el aire, manteniendo su mirada fija en Jack Malone.

—¡Ray, apaga el piloto rojo!

Ray presionó un botón y la pequeña luz roja en la cámara de la esquina del techo se apagó, indicando que la grabación había sido suspendida. Jack lo comprobó alzando la mirada. El Sheriff abrió la boca para protestar, pero Ray lo detuvo con un gesto.

—Cross siempre tiene un as bajo la manga, jefe —dijo Ray—. Disfrute del espectáculo.

Ella sacó del bolso un objeto envuelto en una tela negra y lo desplegó con lentitud sobre la mesa metálica. Las piezas de madera fueron apareciendo una tras otra. Torres, caballos, peones… finalmente, el tablero de ajedrez quedó armado entre los dos.

Jack se reincorporó con una sonrisa fría.

Era el primer movimiento que hacía en todo el interrogatorio. Sus ojos se clavaron en las piezas con un brillo difícil de descifrar. Sabía que no estaban grabando la sesión, y nada de lo que ocurría ahí en ese momento podría ser utilizado como prueba en un juicio.

—Esto no es un interrogatorio, Jack —dijo ella con calma—. Es una partida. ¿Quieres un poco de whisky como en los viejos tiempos?

Jack miró el vaso de agua que tenía delante.

—Me conformo con agua, Cross, los leones beben agua —respondió Jack.

—Los asnos también —replicó Erin con una sonrisa fulminante.

Resultaba muy difícil entrar en una guerra de palabras con alguien como Erin Cross.

Tenía la rapidez y la astucia de Churchill.

Recordó por un instante el momento en que Winston Churchill, tras escuchar a Lady Nancy Astor decirle: «Señor Ministro, si usted fuera mi marido, pondría veneno en su taza de té por la mañana”, Churchill se quitó las gafas aquel día en el Parlamento y con una calma mortal, respondió: “créame, si usted fuera mi mujer…

me lo bebería con gusto ». Con Erin era igual, no necesitaba levantar la voz ni forzar el gesto, una sola réplica bastaba para clavar la daga.

—Está bien, Cross… juguemos. —Su voz sonó grave, como si llevara horas guardada en un cajón cerrado con llave—. Sabes que no me puedo resistir. Conoces mi estilo, tú misma me llamaste Bobby Fischer… paciencia, defensa, esperar a que el otro se desgaste…

Sus ojos brillaron con un destello desafiante.

—Pero tú, Cross… —continuó— siempre has sido más Anatoli Kárpov. Ataques frontales, arriesgados… sin miedo a incendiar el tablero si con eso consigues tumbar al rey.

Erin no pestañeó.

—Entonces te corresponde a ti iniciarlo —dijo Erin—. Empieza.

Jack cogió un peón blanco y lo movió con suavidad. Erin respondió sin titubear, avanzando con otro peón. Volvió a mover Jack. Erin movió un caballo.

—Directa al combate. Kárpov puro —murmuró Jack, moviendo su alfil en diagonal con una elegancia casi teatral.

El Sheriff, desde detrás del vidrio, apretaba los puños, incrédulo.

—¿Pero qué demonios están haciendo? —preguntó.

—Espere, jefe… Cross es impredecible —decía Ray sin apartar la vista del cristal.

El juego no paraba. Erin desplazó una torre con firmeza. Jack contestó con la calma del que mide cada paso, empujando otro peón hacia delante.

—Sabes… —dijo Jack Malone, mientras deslizaba el caballo blanco hacia el centro—. El ajedrez es como la justicia. Ambos pretenden reglas perfectas, pero todo se reduce a quién eres capaz de sacrificar primero, Cross.

Erin lo fulminó con la mirada de nuevo y sin decir una sola palabra adelantó su dama, agresiva y amenazante.

La sala parecía haberse limitado a ese tablero, a los movimientos y las frases que se lanzaban como cuchillos el uno al otro. El interrogatorio ya no era un interrogatorio. Era una guerra en sesenta y cuatro casillas, donde cada pieza arrastraba un significado más allá de la madera.

Erin avanzó sin piedad, con las manos seguras y cada movimiento calculado. Jack estaba sereno, parecía esperar, como si lo que estaba ocurriendo no fuera una partida, sino algo disfrazado. Erin empujó su alfil y eliminó al primer peón blanco de Jack.

Lo retiró del tablero con calma y lo colocó a un lado, alineado con el borde de la mesa.

—Uno —murmuró ella.

Jack no pestañeó. Movió su reina hacia atrás, reculando.

Erin adelantó su caballo y lo dejó caer sobre un segundo peón. Otro clic seco.

—Dos —dijo Erin.

Jack realizó un enroque con la torre y el rey para protegerse.

Cuando Erin tumbó el tercer peón con un gesto preciso, no pudo contenerlo más. Los alineó en el borde de la mesa ante Jack como si fueran trofeos.

—Qué paradoja… —soltó Erin con una voz helada—. Tres peones muertos. Sophie… Jacob… Isabella…

Alzó la vista, clavando sus ojos oscuros en los de él.

—¿Quién hubiera sido el siguiente? —preguntó Erin.

Jack dejó escapar una risa corta.

—Te equivocas, Cross. Y te equivocas mucho —respondió sonriendo.

Erin apretó la mandíbula. Jack avanzó con decisión y derribó el caballo negro con su torre blanca, dejándolo fuera de juego.

—Mira… —dijo él con tono burlón, retirando la pieza del tablero—. Como yo. Lo moviste varias veces, lo dejaste expuesto… y todavía lo culpas por atacar.

—Lo curioso es que en el ajedrez, los caballos son impredecibles. Saltan donde nadie espera —respondió Erin.

—No soy yo quien se empeña en ver a los peones como víctimas, Cross.

Erin adelantó su alfil, amenazando su defensa.

—Ni yo la que convierte el tablero en un cementerio —replicó ella.

Jack esbozó media sonrisa, avanzando su reina con un gesto agresivo.

—El cementerio no lo crea el jugador, Cross. Lo crean las reglas. Y tú las conoces mejor que nadie.

Las piezas proyectaban sombras alargadas bajo la luz cenital, como si fueran soldados atrapados en un campo de batalla silencioso.

Erin movió su alfil, cortando en diagonal la posibilidad del próximo ataque de la reina de Jack.

Ambos se quedaron en silencio unos segundos. El tablero entre ellos se había convertido en un campo de batalla más real. El Sheriff y Ray tras el cristal apenas respiraban. La tensión en cada casilla era la de un hilo a punto de romperse.

Las piezas se deslizaban sobre el tablero con un ritmo hipnótico. El clic de cada movimiento resonaba como un latido en aquella sala. Erin había perdido algunos peones, un caballo y un alfil, pero su estructura seguía sólida. Jack se sostenía igual, como un castillo que no se derrumbaba.

Erin avanzó su reina al centro del tablero. La pieza negra se erguía imponente, dominante, amenazando varias diagonales a la vez.