Skid Row Capítulo 8
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Capítulo 8

Jaque mate

Fiscalía del Distrito de Los Ángeles.

Erin seguía mirando la pantalla, inmóvil, como si el rostro de Jack Malone pudiera borrarse si lo observaba el tiempo suficiente.

Con un gesto brusco, cogió el teléfono del escritorio y presionó el botón directo a la oficina del Sheriff.

—Cross —respondió enseguida el Sheriff.

—Necesito que escuche con atención.

Al otro lado, él se sorprendió y bajó la voz.

—Dime, Cross. ¿Qué necesita?

Erin apretó el auricular contra su oreja, controlando el temblor de su mano, hirviendo por dentro de rabia.

—Tengo pruebas de que Jack Malone es el Cazador de Estrellas. Acabo de verlo con mis propios ojos en un video entrando en casa de Isabella Gómez la noche de su muerte. No es una sospecha, Sheriff. Tampoco es una corazonada…

Un silencio breve de incredulidad atravesó la línea.

—¿Está segura, Cross? Estamos hablando de uno de los nuestros…

—¡Estoy hablando del asesino de Isabella Gómez! —lo cortó con furia—. Y no, Sheriff, no es uno de los míos. Es un depredador.

—Está ahora mismo en la oficina, en su cubículo. Lo estoy viendo desde aquí —dijo el Sheriff.

—Respire, sonría, sírvase un café como si nada. Pero no lo deje escapar, no puede escapar de esa comisaría. Haga lo que quiera, pero deténgalo.

El Sheriff suspiró.

—Está bien. Pero si se equivoca…

—Si sale por esa puerta, habrá más víctimas. Y entonces Sheriff, la responsabilidad ya no será mía.

Erin colgó el teléfono de un golpe sin esperar una respuesta y el ruido sonó como el martillo de un juez.

Se recargó la energía apoyándose contra el respaldo de su silla con la mirada fija a la ventana. Kane y Ray no se atrevieron a pronunciar una sola palabra desde hacía rato. En su interior resonaba un mismo pensamiento, el cazador estaba enjaulado y el tiempo de caza había llegado a su fin.

—Ray… Kane… buen trabajo... —dijo Erin finalmente en un suspiro—.

Luego se dirigió a Ray.

—No sabes cuánto agradezco lo que hiciste, Ray. Tu seguimiento ha sido impecable.

Ray asintió, pero su expresión estaba marcada por algo más que cansancio. Había una seriedad inusual en él, como si aquel día las bromas se hubieran quedado atascadas en su garganta.

—Cross. ¿Cómo lo supiste? Hace meses me dijiste que tenía que vigilarlo de cerca. Me pegué a él como una lapa. Pero… ¿cómo demonios sospechaste de Jack desde el primer día?

Erin lo observó en silencio.

—Cuando has sido jueza, aprendes a escuchar más allá de las palabras. No lo que dicen, eso no importa… sino lo que intentan ocultar. ¿Alguna vez notaste cómo te miraba?

Ray frunció el ceño, esperando algo más.

—Desde el primer día supe que ocultaba algo porque jamás colaboró en solitario, únicamente cuando estabas tú a su lado.

Se dedicaba a meter mierda, se adelantaba demasiado y daba respuestas antes de que yo formulara las preguntas.

Un policía que corre por delante de la justicia es alguien que, en realidad, intenta dejarla atrás.

Ray se quedó inmóvil, procesando todo aquello.

—Podría no haber sido él. Pero la justicia se reconoce en quien la respeta, Ray. Jack Malone nunca la respetó. Solo la utilizaba como coartada.

Ray bajó la cabeza. Por primera vez en mucho tiempo no tuvo nada gracioso que decir. Mientras que Michael Kane estaba allí, sin saber cuál era su papel en aquel thriller policiaco.

Casa de los Pomeroy en Malibú Beach

19 de octubre de 2025

Erin aparcó frente a la moderna casa de cristal y de acero del juez Pomeroy en Malibú Beach. La fachada estaba bañada por la luz cálida del interior, a través de los ventanales se alcanzaban a ver las estanterías repletas de libros jurídicos, todos alineados con un TOC obsesivo.

Erin subió los escalones de madera, golpeó la puerta y esperó. No tardó mucho en abrirse.

Allí estaba el juez Elliot Pomeroy, impecable, con una camisa de punto gris oscuro, con la misma rigidez en la espalda y la misma severidad en la mirada que tenía en el tribunal.

—Hola Cross, menuda sorpresa… —dijo Pomeroy sosteniendo la puerta—. Tienes cara de pedir un favor.

—No vengo a pedirle nada señoría —respondió ella—. Vengo porque necesito hablar contigo.

Pomeroy se apartó para dejarle entrar.

—Claro, pasa.

El interior era elegante. El suelo y los muebles eran también de madera, y al fondo del salón había unos cristales amplios que dejaban ver las olas rompiendo en la playa. Nada en esa vista parecía suavizar la rigidez del anfitrión.

Se sentaron en el sofá del salón, bajo un par de cuadros de la dama de la justicia. Eran cuadros originales hechos por Yinka Shonibare, comprados en alguna subasta.

—¿A qué debo tan grata visita? —preguntó el juez Pomeroy.

Erin se inclinó hacia delante.

—Acabamos de detener al Cazador de Estrellas —soltó ella sin rodeos.

El juez Pomeroy se sorprendió y durante un segundo se quedó congelado.

—No me lo puedo creer… —dijo—. ¿Y se puede saber su identidad?

—Jack Malone —contestó ella.

—¿Jack? ¿Jack Malone? ¿Tu policía? —Pomeroy negaba con la cabeza—. ¿Qué está pasando aquí, Cross?

—Escúchame. Sé de buena mano que serás el juez que llevará este caso, Pomeroy.

Los ojos de Pomeroy brillaron con un destello inquisitivo.

—¿Dónde está Malone ahora? —continuó preguntando el juez Pomeroy.

—En comisaría, detenido.

Elliot Pomeroy cogió aire y suspiró lentamente.

—Y supongo que has venido hasta aquí porque sabes lo que ocurrirá... en cuarenta y ocho horas tendrá que salir en libertad, salvo que yo vea pruebas suficientes para sostener una acusación formal.

Erin se acercó más al juez.

—Las tengo. Tengo los videos, las imágenes de Malone entrando en la casa de Isabella Gómez la noche que murió… la noche de su asesinato.

Un silencio helado se interpuso entre ambos. Pomeroy la observó con la misma expresión severa que empleaba en la sala cuando un abogado se atrevía a mantener demasiado un argumento.

—Cross, ¿estás intentando influir en mi veredicto?

—Estoy intentando que un asesino no camine libre por las calles… por Dios, Elliot —resopló Erin con frustración.

Enseguida la conversación pasó de ser un juego elegante entre jueces a convertirse en una discusión.

—Una foto, un video… sabes que no es suficiente —le recordó él—. ¿De dónde han salido esos videos? La justicia necesita más que una silueta entrando en una casa. Un arma, un motivo… sin eso lo único que tengo es la sospecha de una fiscal. Y las sospechas no encierran a nadie en la cárcel.

—¿Cuántos culpables han caminado libres porque las pruebas no alcanzaron los estándares de la ley?

—¿Y cuántos inocentes se habrían hundido si no los hubiésemos mantenido? La justicia no es instinto, Erin. Es procedimiento. Sin cabos atados, lo que llamas justicia es una venganza disfrazada.

—Y lo que tú llamas procedimiento, juez… es una coartada elegante para que los depredadores sigan cazando —respondió.

—Tráigame pruebas, fiscal Cross —dijo serio, dejando de tutearla—. Entonces hablaremos de justicia. Es mi última palabra —sentenció Pomeroy.

Erin se levantó con un gesto brusco.

—No se preocupe… señoría. Sé perfectamente dónde está la puerta.

Giró sobre sus talones y caminó hacia la salida, con la furia contenida que le brotaba a cada paso. No era la primera conversación tensa que tenían, aquello era la rutina en el juzgado. Nadie diría que ambos eran colegas de profesión, pero tenían algo en común, una rigidez del acero.

Pomeroy se levantó de golpe y la siguió.

—¡Erin! Espera.

Ella se detuvo en seco frente a la puerta, sin darse la vuelta.

—Perdóname… he tenido un mal día. No te vayas así.

Erin se giró, lo suficiente para mostrarle su perfil más duro.

—Todos tenemos un mal día, Pomeroy… si no, que se lo digan a Isabella Gómez.

—Ya sabes lo que quema la justicia, Cross.

—Créame, lo sé mejor que nadie.

—Sabes que haría cualquier cosa que estuviera en mi mano. Incluso intenté ser benevolente con tu hermano… pero tienes que entender…

El silencio volvió a colarse, roto por el rugido del Pacífico contra la arena de fondo. Erin se acercó a él y lo miró de frente, sin dejarle terminar la frase.

—La justicia no te pide que elijas a quién amas —respondió con una calma letal—. Te obliga a demostrar a quién eres capaz de traicionar para seguir llamándote justo.

La frase se quedó suspendida en el aire, como una sentencia que ni Pomeroy con toda su rigidez pudo rebatir. Erin se dio media vuelta y salió de la casa sin dejarle oportunidad de réplica.

Set de rodaje de Summer Heights School

19 de octubre de 2025

El set estaba lleno de ruido, pero Lana solo escuchaba los latidos acelerados de su pecho. Intentó evitar a Daniel durante toda la jornada. Intentó mantenerse ocupada con el guion. Intentó fingir que no había pasado nada el día anterior.

No funcionó.

Daniel la encontró en un pasillo lateral, entre dos columnas de escenografía.

—Así que ahora me ignoras —le dijo él con frialdad.

Ella respiró hondo sin mirarle, pasando las páginas del guion.

—Necesitaba pensar —respondió seca.

—¿Pensar en qué? ¿En las tonterías que te han metido en la cabeza?

—No son tonterías, Daniel. Todo el mundo habla del rollo que tienes con ella…

—¡Por Dios, Lana! ¿Eres consciente de lo ridícula que suenas?

Ella retrocedió un paso.

La voz de Daniel había subido un tono que no había escuchado antes.

—Ya hablaremos, Daniel… ahora solo quiero trabajar.

Daniel apretó la mandíbula.

—No, tú lo que quieres es un drama —dijo él—. Eres una paranoica.

Ella negó con la cabeza y se dispuso a marcharse de allí, pero él la agarró fuerte del brazo. Demasiado fuerte.

—No me ignores cuando te hablo —dijo él apretando los dientes.

—Daniel… me haces daño…

Él no la soltó de inmediato. Sus ojos ardían, como si algo en su interior hubiese perdido el control durante un segundo.

Daniel la soltó al fin. Y en cuanto lo hizo, su rostro cambió.

Fue casi instantáneo. Su expresión se ablandó. El rostro se le llenó de culpa. Se llevó una mano al pelo.

—Mira lo que me haces hacer… por Dios, Lana… yo no soy así. Tú me conoces.

Ella no respondió. Se frotó el brazo con la mano, le había hecho daño.

Daniel dio un paso hacia ella y la abrazó sin esperar permiso.