Capítulo 7 #3
Cuando el rodaje del día terminó, Emily pasó junto a Daniel y lo tocó ligeramente en el brazo.
Lana lo vio y sintió aquello como un puñal pequeño y frío en su corazón.
Daniel buscó a Emily con la mirada unos segundos después.
Sonrió como si nada. Y por primera vez, no supo si veía a su novio, al actor o a alguien que estaba empezando a alejarse sin decirlo.
En el baño, Lana escuchaba las voces de dos figurantes que se estaban cambiando, riendo entre ellas sin imaginar que alguien más las estaba escuchando.
—Tía, ¿te has enterado? —decía una de ellas mientras se soltaba el moño—. Daniel Moore y Emily Crane están liados.
—¿En serio? —respondió la otra—. La verdad es que después de ese beso… la tensión entre los dos se puede cortar con un cuchillo… yo también quiero que me besen así.
—Emily se ha metido demasiado en el personaje —bromeó una de ellas.
—¿Y tú? ¿Ya le has dicho algo a David? —preguntó la otra.
—No… creo que le gusta esa tal Lina… como se llame.
Lana se dirigió a la salida después de que aquellas dos chicas se marcharan.
No esperó a Daniel. Se marchó a su casa en taxi sin decir nada.
Casa de Erin Cross en Pasadena
18 de octubre de 2025
El vapor de la ducha se escapaba por debajo de la puerta del baño.
Lana se estaba duchando, cansada después del rodaje y con una montaña rusa de emociones.
Erin se descalzó en el pasillo, dejó los tacones en un rincón y se dejó caer en el sofá con un suspiro.
Por un instante, el silencio de la casa la envolvió como un refugio, un bálsamo tras una dura jornada.
Pero la tranquilidad duró poco. Su teléfono vibró sobre la mesita de cristal, iluminando la oscuridad del salón. Erin descolgó sin mirar.
—Cross —dijo una voz.
Al otro lado del teléfono, Michael Kane tenía una voz grave.
—Tengo la información que me pediste —soltó.
Erin se incorporó, el cansancio se disipó en un segundo para volver a ponerse en guardia.
—¿Qué tienes? —preguntó con urgencia.
—De la que no te va a hacer ninguna gracia… tus sospechas eran ciertas. Ese poli está detrás de todo —respondió Kane sin rodeos.
Erin se quedó inmóvil, sosteniendo el teléfono con la misma tensión de quien sostiene un arma. El ruido del agua de la ducha era lo único que se escuchaba de fondo.
—Mañana a las nueve en punto en mi despacho —ordenó Erin.
Y colgó antes de que Michael Kane pudiera replicar.
Se levantó del sofá, aún con la conversación latiéndole en la cabeza. Caminó hacia el baño y golpeó suavemente la puerta.
—¿Quieres que prepare algo para cenar? —preguntó Erin.
—No tengo hambre, mamá —respondió Lana desde la ducha.
Erin se dio media vuelta y al pasar por la habitación de su hija, escuchó el zumbido del teléfono vibrando sobre la mesita de noche. Por un instante dudó. Sabía que no debía. Pero la pantalla iluminada atrajo su mirada como un imán.
Se acercó despacio. Las notificaciones desplegaban fragmentos de mensajes recientes. Todos de un mismo nombre, Daniel.
Erin tragó saliva y, aunque sabía que aquello no era suyo, sus ojos se detuvieron en frases que ya conocía muy bien.
—¿Por qué te has ido?
—¿Estás así por el beso?
—Eres una estúpida, ¿sabes lo que cuesta levantar una serie?
—Te crees especial, pero cualquiera puede reemplazarte
—¿Por qué no contestas? ¿Estás ocupada?
—Te comportas como una niñata.
—Quizás estás con ese fracasado de David.
—Quédate con él.
Cada palabra era una herida que se abría nuevamente en Erin. Volvió a mirar hacia la puerta del baño. El agua todavía corría.
Dejó el móvil sobre la mesita de Lana de nuevo, pero sus manos temblaban. Sabía exactamente lo que estaba viendo. No eran simples mensajes de mal humor. Era violencia. Silenciosa, corrosiva, envuelta en frases que buscaban quebrar poco a poco la confianza de una mujer.
Fiscalía del Distrito de Los Ángeles
19 de octubre de 2025
El reloj de la pared marcaba las ocho y cincuenta de la mañana cuando Erin entró en su despacho y se dirigió a abrir las persianas. Había dormido poco y cada minuto se le había hecho una eternidad.
Algo le llamó la atención mientras manipulaba la última persiana de su despacho. Allí estaba otra vez. El Predicador, en la acera frente a la Fiscalía, inmóvil, con la barba enmarañada y la ropa mugrienta. Sostenía un nuevo cartón que decía:
“Ceres ya no alimenta con trigo”.
Erin se quedó quieta sintiendo un nudo en el estómago. El tráfico lo ignoraba y los peatones lo esquivaban con indiferencia.
—Neptuno se cansó del océano. Diana ya no caza ciervos. Y ahora… Ceres ya no alimenta con trigo… —pensó.
Apartó la mirada de la ventana. Tenía mucho trabajo aquel día y no quería ocupar su mente con otra cosa más. Cogió el teléfono interno y marcó una extensión.
—Ray, quiero verte inmediatamente en mi despacho —ordenó.
—¿Ha pasado algo, Cross? —preguntó Ray al otro lado, preocupado.
—Inmediatamente y ni una palabra más —respondió Erin tajante.
Colgó sin dar más explicaciones.
A las nueve en punto la puerta se abrió.
Michael Kane apareció. Sacó un pequeño estuche de plástico de su chaqueta y lo dejó sobre la mesa de Erin.
—Aquí está —dijo en un suspiro.
Erin lo observó unos segundos.
—¿Qué es esto? —preguntó.
Kane abrió el estuche y sacó un pendrive plateado, que brilló bajo la luz del despacho.
—Las pruebas que me pediste… el día que mataron a Isabella Gómez... tu poli…
Ella guardó silencio, evaluando el peso de lo que acababa de escuchar. La palabra mataron retumbaba con fuerza.
Erin agarró el pendrive con cuidado, como si pesara mucho más de lo que aparentaba. Lo encajó en la ranura USB del ordenador y en segundos, la pantalla se iluminó con una carpeta de archivos de video. Michael Kane se inclinó hacia delante, cogió el ratón y abrió el primero.
La imagen estaba granulada. Era de una cámara de seguridad en Glendale, una calle residencial tranquila. Se veía a un hombre salir de su casa y caminar con paso firme hacia un coche oscuro.
Kane abrió el segundo archivo. Ahora la cámara estaba situada en una gasolinera en Eagle Rock Boulevard. El mismo hombre aparecía cargando combustible en su coche.
El tercer video mostraba el coche circulando por la autopista, dirección sur. El reloj digital de la grabación marcaba las 22:47 del 13 de octubre. El hombre al volante apenas era visible tras el cristal.
Erin se inclinó hacia la pantalla. Cada músculo de su cuerpo estaba rígido y tenso.
Kane pasó al siguiente archivo. Una cámara de tráfico en la intersección de Sunset Boulevard con Alvarado Street captó el coche esperando en el semáforo. El zoom automático enfocaba la matrícula, clara y cristalina.
El último archivo comenzó.
Era de una cámara vecinal instalada en el edificio frente al apartamento de Isabella Gómez, en West Hollywood.
Mostraba la calle en penumbra. Eran las 23:07.
El mismo coche dobló lentamente la esquina y aparcó frente a la casa de la cantante sin hacer ruido, con una lentitud terrorífica.
La farola parpadeaba, como si quisiera acentuar la tensión.
—Detenlo ahí —ordenó Erin, con la voz de acero.
Michael Kane le dio al pause.
Pero en ese preciso momento Ray abrió la puerta del despacho.
—Cross, ya estoy aquí. ¿Qué ha pasado? —dijo cerrando la puerta con cuidado.
Erin lo miró desafiante.
—¡Silencio! —exclamó ella.
—¿Qué estáis viendo? —insistió Ray.
—¡Te he dicho que te calles! —sentenció Erin—. Michael, haz zoom ahí.
Kane obedeció.
El zoom de la imagen se acercó, pixel por pixel, hasta revelar el rostro del conductor.
La luz de la farola lo iluminaba lo suficiente.
Ray se puso blanco, como si toda la sangre de su cuerpo hubiera desaparecido.
Erin no parpadeó.
El silencio fue absoluto. El aire en el despacho parecía haberse vuelto irrespirable. Michael Kane no dijo nada, solo dejó que la imagen hablara por sí sola. Ray bajó la mirada, como si el suelo acabara de abrirse bajo sus pies.
Erin, sin embargo, no se movió ni un milímetro. Observaba aquella cara nítida en la pantalla con una mezcla de furia y traición que no necesitaba palabras.
La fiscal miró fijamente a Ray y dijo:
—Cuando el cazador es tu propio perro… te das cuenta de que la presa nunca tuvo oportunidad de escapar.
El zumbido del ordenador llenó el despacho de ruido. Los tres estaban petrificados y nadie se atrevía a respirar. Mientras en la pantalla, saliendo del coche… frente a la casa de Isabella Gómez el día de su muerte… estaba él. Jack Malone.