Skid Row Capítulo 7 #2
51%

Capítulo 7 #2

—A mí me daba seguridad —contestó—. Muchas de las frases que te repetía durante tu instrucción las había aprendido de él.

Raeburn siempre decía que la justicia era como el agua: adopta la forma del recipiente, pero nunca pierde su peso.

También me decía que la justicia a veces no era justa, solamente aceptable.

Que la gente no busca verdad en un tribunal, busca consuelo.

—Suena más a epitafio que a lección —contestó Erin.

—Así hablaba él. Tú repites muchas de sus frases. La justicia, Erin… no siempre busca un equilibrio. A veces busca un orden y a veces lo ordenado es lo más injusto que puede existir. Yo también creí en él. Y por eso sé lo que sientes. Porque la justicia, cuanto más la abrazas, más te hiere.

—Creo que esta lección deberías dársela a Clara. A veces me pregunto si la obligas a dormir con un Código Penal bajo la almohada o si siempre es así de insufrible.

Thomas soltó una carcajada.

—No digas que no es verdad, Thomas —replicó Erin.

Él negó con la cabeza, todavía sonriendo.

—Claro que lo es. Pero lo gracioso es que no te das cuenta… tú y Clara sois iguales. Rígidas, con fuerza, dos caras del mismo ideal, con una justicia sin atajos ni alternativas.

—¿Me estás comparando con ella? —preguntó sorprendida con media sonrisa.

Thomas la miró con picardía.

—Lo digo en serio. Además, tú eres su referente, lo admita o no. Clara es mi nueva joya de la corona, como en su día lo fuiste tú.

Fiscalía del Distrito de Los Ángeles

18 de octubre de 2025

El eco de unos pasos apresurados rompió la calma habitual del pasillo de la fiscalía. Un joven de aspecto desaliñado y con el rostro crispado subía las escaleras a toda prisa hacia el piso once sin credencial alguna, perseguido por dos guardias de seguridad.

—¡Señor! ¡No puede pasar! —gritó uno de los guardias corriendo tras él.

El muchacho ignoró la orden y avanzó a trompicones, chocando con un archivador que casi derriba y después con un cubo de basura.

Su respiración estaba agitada, con una mezcla de miedo y determinación.

—¡Necesito hablar con Erin Cross! —vociferó, girando la cabeza en todas las direcciones, como si buscara la salida de emergencia.

El guardia lo alcanzó y lo agarró del brazo. Otro venía detrás cansado de subir escaleras. Pero el joven se resistió con una fuerza desesperada.

—¡Es sobre Isabella Gómez! ¡Fiscal Cross! ¡Tiene que escucharme! ¡Por favor! —gritaba el muchacho.

El ruido atrajo a varios trabajadores de la fiscalía que se asomaban con sorpresa desde sus cubículos. A una secretaria se le cayó una carpeta del susto y los papeles se esparcieron por el suelo como hojas de otoño.

En ese instante, la puerta del despacho de Erin Cross se abrió.

Su figura apareció en la entrada, serena y con los brazos cruzados, aunque sus ojos reflejaban un fuego que acababa de nacer en su mirada.

—¡Suéltenlo! —ordenó Erin, clavando la mirada en los guardias.

El muchacho respiraba agitadamente, casi al borde del colapso. Se soltó bruscamente de ellos y dio unos pasos hacia Erin.

—Entre y siéntese —le ordenó la fiscal, apartándose y dándole paso desde la puerta.

El muchacho dudó, pero la firmeza de Erin no dejaba lugar a réplica. Avanzó torpemente, sudado y agitado. Ella cerró la puerta tras él de un golpe. El silencio del despacho era tan denso que hasta el zumbido de la ventilación parecía un intruso.

Erin lo rodeó y se sentó en su silla.

—Más le vale que lo que tenga que decirme merezca la pena después de este show —dijo Erin—. Porque si no… le prometo que saldrá de aquí detenido por alteración del orden y lo que se me ocurra.

El joven tragó saliva.

—Me llamo Alejandro Velásquez —dijo con la voz entrecortada, buscando controlar su respiración.

—Muy bien, señor Velásquez —respondió Erin con frialdad—. ¿Qué le trae a irrumpir en una fiscalía como si fuera un mercado?

—Soy… bueno, era… el novio de Isabella Gómez. Estuvimos juntos siete años. La conocía mejor que nadie.

Alejandro respiró hondo. Sus manos temblaban sobre la mesa.

—No fue un suicidio —continuó—. Se lo juro. Fue un asesinato.

La frase cayó como un martillo en aquel despacho, pero Erin no se movió ni un milímetro.

—¿Tiene alguna prueba de lo que acaba de afirmar?

—Días antes de todo esto… Isabella recibió una carta —confesó.

Erin lo miró en silencio, sin pestañear.

—¿Qué tipo de carta? —preguntó mostrando atención.

—Una carta con un número y el símbolo de un corazón mal dibujado. Igual que las que salieron en las noticias con esos otros famosos.

Erin apoyó las manos en el escritorio y lo taladró con la mirada.

—En la escena no se encontró ninguna carta. ¿La tienes tú?

Alejandro cerró los ojos un segundo, intentando escarbar en su memoria.

—Lo sé. Yo no la tengo, pero la vi. Isabella me la enseñó en una videollamada.

—¿Qué ponía en esa carta? —preguntó Erin.

Alejandro Velásquez tragó saliva.

—Ponía… Creíste que los focos serían eternos, pero nadie puede huir de la oscuridad.

Erin se quedó inmóvil procesando cada palabra.

—¿Y el número?

—Eso no lo recuerdo —admitió él llevándose la mano a la cara—. Pero estoy seguro de que es el siguiente al de Jacob Heller.

Erin se acomodó en su silla, sin apartarle la mirada.

—Aterricé anoche —dijo el chico—. He venido desde Madrid. Isabella y yo hablábamos todas las noches… siempre. Cuando me enseñó la carta se reía. Dijo que sería alguna tontería de un fan obsesionado y no le dio importancia. Ella… ella ni siquiera ve las noticias.

Erin lo interrumpió con una voz baja, pero cortante.

—¿Y usted tampoco?

—No, yo sí —replicó Alejandro—. Pero más allá de las redes sociales, en España no llegan tantos detalles. No pensé que tuviera relación. Después de su muerte empecé a investigar. A unir los puntos. Y ahora… estoy seguro de que Isabella no se quitó la vida.

Erin se levantó y se dirigió hacia la ventana con las manos en la espalda.

—Dígame, señor Velásquez… y quiero que lo piense muy bien antes de contestar. ¿Isabella tenía algo que esconder? —preguntó con calma—. Drogas, dinero sucio, algún secreto que pudiera mancharla…

Alejandro se puso rígido.

—¡No! Isabella no era así —exclamó Alejandro.

—Todos tienen un pasado —replicó Erin, volviéndose hacia él—. Ese Cazador de Estrellas del que tanto hablan elige celebridades que tienen cuentas pendientes, alguna mancha en su currículum… personas que no son tan inocentes como parecen.

—¡Le digo que Isabella no! —exclamó ofendido.

Erin no se inmutó, su voz bajó aún más, como una cuchilla que cortaba el aire. Se acercó lentamente hacia él.

—¿Está completamente seguro de eso? —dijo poniendo las manos sobre la mesa—. Porque si no me cuenta la verdad, oficialmente sigue siendo un suicidio y yo no podré hacer nada, ni por usted ni por su novia.

Alejandro se derrumbó contra el respaldo de la silla y suspiró. Se pasó las manos por el cabello, desesperado.

—Puede que… hubo algo… —susurró bajando la mirada—. Algo que me contó hace unos años.

Erin no se movió.

—Una noche… en Beverly Hills… me dijo que había bebido más de la cuenta… me confesó que atropelló a alguien. No sé a quién. No sé cómo. Dijo que se asustó, que no supo qué hacer… y se dio a la fuga.

El despacho se quedó helado.

Erin permanecía inmóvil, pero sus ojos brillaban con una mezcla de cálculo y confirmación oscura.

—Eso —dijo señalándolo con el dedo—. Eso, señor Velásquez, es justo lo que ha convertido a su novia en la presa del cazador.

Set de rodaje de Summer Heights School

18 de octubre de 2025

Los días pasaban como una secuencia de luces y cansancio acumulado en el set de rodaje. Lana empezaba a entender aquella rutina, a veces excitante, pero la mayor parte agotadora.

Nada la preparó para la escena del beso de Daniel Moore con Emily Crane.

Era una de las grandes escenas de la temporada. El profesor interpretado por Daniel cruzaba una línea ética en el guion, besando a la protagonista para mostrar el inicio del escándalo central de la serie.

Lana sabía que ocurriría. Lo había leído. Intentó repetirse a sí misma que era solo un beso profesional, escrito, pactado y dirigido.

Lana se sentó tras el combo de monitores, junto con el equipo técnico. David jugaba con un spinner a su lado. El director hablaba con Emily y Daniel sobre el ángulo y la intención.

—Que sea lento, pero no excesivo —dijo el director—. Un beso que sorprenda, pero que no parezca la escena de un thriller romántico. ¿De acuerdo?

Daniel asintió. Emily también. Lana retorció una botella de agua entre sus manos en silencio.

La claqueta sonó.

—¡Acción!

Emily caminó hacia el escritorio del profesor, temblorosa, frágil, perfecta en ese papel de mosquita muerta.

Daniel levantó la vista, serio, con un matiz de tormenta en los ojos.

La tensión entre ambos parecía casi visible.

Ambos decían sus líneas, todo iba bien… hasta que llegaron a la escena del beso.

Daniel la agarró por la cintura con una delicadeza que parecía demasiado natural. Emily inclinó la cabeza y sus labios se encontraron.

Lana cerró los ojos. Pero aquel beso duró tanto que cuando los volvió a abrir pudo ver la escena frente a ella en directo.

—¡Corten! —dijo el director.

La cámara se apagó, pero Daniel y Emily no se separaron de inmediato. Sus miradas seguían conectadas. Emily sonrió mirándolo a los ojos, con un gesto íntimo, relamiéndose los labios, como si aquel beso no hubiera terminado allí.

Daniel le dijo algo en voz baja al oído. Lana no llegó a escucharlo, pero vio cómo Emily inclinó la cabeza, se acomodó el pelo detrás de la oreja y sonrió mientras se sonrojaba.

Aquel gesto le perforó el estómago. Lana sintió la sangre subirle a la cara.

Era humillante.

Se obligó a mirar al suelo fingiendo revisar su parte del guion y comenzó a leer para no pensar, estaba a punto de llorar.