Capítulo 7
Jueza Cross
Fiscalía del Distrito de Los Ángeles.
Durante toda la mañana no pararon de sonar los teléfonos.
Jack Malone y Ray le estaban mandando información sobre la escena del crimen.
Todo parecía un suicidio, Isabella Gómez se había ahorcado.
Erin sabía que ahorcarse estadísticamente era un método más común en hombres que en mujeres, una elección letal y fría, casi impersonal.
Las mujeres solían recurrir a formas menos violentas y más silenciosas.
Ese detalle le retumbaba en la mente una y otra vez, como una nota discordante imposible de ignorar.
Los policías habían puesto la casa patas arriba buscando una carta por orden de Erin, alguna explicación escrita, ya no del cazador, sino una despedida mínima de la joven. No había ni carta de suicidio ni carta del Cazador de Estrellas. Nada. Ni una palabra.
Pero en ese silencio, Erin sentía más ruido que en cualquier otra parte. ¿Fue realmente una decisión propia? ¿O el rastro de alguien que supo disfrazar un crimen con la brutal sencillez de una cuerda? ¿Era Isabella Gómez otra víctima más o se trataba de un suicidio real?
Clara Hale irrumpió en el despacho sin ni siquiera llamar a la puerta.
—¡Me he enterado de todo! —exclamó sin tapujos, intentando controlar la voz—. Entraste en el archivo sin autorización.
Erin alzó la vista en silencio desde su silla.
—¿Sabes lo que eso significa? —continuó Clara, cruzando los brazos—. El pobre Clerk… Cross, estoy obligada a informar sobre lo ocurrido.
Erin permaneció quieta, sin contestar. Su expresión era impenetrable.
—Hay normas, Cross —insistió Clara, bajando el tono—. Te admiro, lo sabes… pero ni siquiera tú estás por encima de esas normas.
Erin sonrió y le dijo en un susurro retador:
—Denúnciame.
El aire se espesó en el despacho. El zumbido del teléfono sobre la mesa rompió el silencio.
Era Thomas Varela.
—Ahora lárgate. Estoy ocupada.
Casa de Erin Cross en Pasadena
15 de octubre de 2025
La casa de Erin en Pasadena estaba envuelta en silencio. El jardín olía a jazmín y las luces bajas dibujaban sombras suaves sobre la mesa.
Thomas Varela levantó la copa, observándola a contraluz.
—Cuando me enteré de la noticia no tenía más remedio que venir a verte —dijo el juez con voz grave.
Erin lo miró un instante agradecida, bebió un sorbo y apoyó su copa en la mesa.
—No había carta, Thomas —dijo ella.
Thomas suspiró.
—Quizás ni siquiera hay caso, Erin. Todo apunta a un suicidio.
La noche en Pasadena se estiraba entre copas de vino y pausas prolongadas. Thomas Varela se inclinó un poco más hacia Erin, como si quisiera atravesar la distancia que ella siempre imponía.
—¿Sabes qué me preguntan todos cuando hablo de ti? —preguntó el juez con calma—. ¿Por qué alguien dejaría de ser jueza para convertirse en fiscal? No es lo común, Erin. Muchos lo ven como un descenso, casi una renuncia al pedestal.
—¿Otra vez Thomas? —preguntó ella con frustración—. Me niego a tener otra vez esta conversación.
Intentó sonreír después, dándose cuenta de que se había puesto más borde de la cuenta.
—Lo curioso es que tus colegas de la corte siguen comentándolo. Richard Malden siempre dice que una jueza que baja de la tarima pierde la distancia necesaria para ser justa. Langford lo resume de otra forma, dice que quien renuncia a su toga, renuncia a la eternidad de la justicia…
Erin bajó la mirada a su copa. Luego la levantó y lo miró.
—¿Y tú qué dices, Thomas?
Él le sostuvo la mirada, sabiendo que la pregunta estaba disfrazada.
—Pienso que la justicia es como este vino —dijo levantando la copa—. Puede ser un acto de celebración o de condena, depende de quién lo sirva y en qué momento.
—Siempre con metáforas —suspiró Erin.
—Es que la justicia necesita metáforas. Directa es demasiado cruda, demasiado absurda.
—Por eso dejé la corte. Como jueza, debía fingir que la justicia era absoluta. Como fiscal acepto que es imperfecta. Y en esa imperfección a veces encuentro más verdad.
El silencio que siguió no fue incómodo. Estuvo lleno de ecos de aquellas palabras.
Thomas levantó de nuevo la copa.
—Brindo por eso. Por la justicia imperfecta.
Erin lo acompañó con el gesto.
—Y por las que creemos que todavía vale la pena perseguirla.
—Erin… sé que para ti es un tema que no se puede ni pronunciar, pero reitero mi miedo a que te pase lo mismo que te ocurrió en el juzgado, pero esta vez, con la Fiscalía —dijo con cautela—. Todos sabemos qué fue lo que te hizo dejar el Tribunal.
Ella apartó la vista y la fijó en la penumbra de los arbustos del jardín.
—No quiero hablar de eso, Thomas.
—Lo sé —asintió él, sin apartar los ojos de ella—. Pero tuvo que ser un golpe muy duro. Metiste tu propio hermano entre rejas… no cualquiera lo hubiera hecho.
El aire pareció detenerse. Erin apretó la mandíbula mientras miraba la copa, sin pronunciar una palabra.
Thomas continuó midiendo cada frase, pero con el poco tacto que solo tiene un mentor.
—El juez Pomeroy llevó aquel caso. Muchos dicen que pudo haber mostrado más indulgencia… más humanidad… si tú se lo hubieras pedido, claro... pero no quisiste, Erin. Te sentaste a declarar en su contra.
—¿Por qué quieres hablar de esto ahora, Thomas?
—Porque eso es llevar la justicia a otro nivel, Erin. Más allá de la sangre, más allá de la compasión, más allá de lo que cualquiera habría considerado “razonable”.
Ella alzó la mirada. Sus ojos eran brillantes como un cuchillo al que le estaba dando la luz.
—La justicia no entiende de hermanos, Thomas. Tampoco de lazos de sangre —respondió—. Y si alguna vez empezara a hacerlo, dejaría de ser justa.
La voz le salió más baja cuando comenzó a recordar.
—De niña… mi hermano era mi refugio. Me protegía de todo, incluso de las sombras que yo inventaba en la noche. Me ayudaba con los deberes, me enseñó a montar en bicicleta y me cuidaba con una devoción que aún me duele recordar.
Thomas escuchaba en silencio, sabiendo que ella rara vez se permitía abrir esa caja fuerte.
—Pero no todo puede permanecer en un recuerdo —continuó Erin con la voz quebrada—.
Fueron las compañías, sus elecciones, las tentaciones, las drogas…
fue la sensación de sentirse por encima del bien y del mal.
—Hizo una breve pausa—. Soy consciente de que mis padres siempre lo compararon conmigo, pero yo siempre quise ser como él… hasta ese día.
Erin respiró hondo intentando sacar aire de los pulmones, que de pronto se habían vuelto más pequeños dentro de ella. Thomas deslizó su mano sobre la de ella en un gesto suave y sincero, intentando sostener no solo a Erin, sino el peso invisible que cargaba.
—El día que el juez Pomeroy me enseñó los cargos que le habían presentado a mi hermano por agresión sexual, no me lo pude creer.
Quise morirme. Escaparme con él. Bajar al Downtown y comprarle un pasaporte falso en la furgoneta de cualquier delincuente que quedó en libertad con atenuantes.
—Erin tragó saliva—. Pensé que tenía que ser un error…
que era imposible... pero había demasiadas pruebas…
lo grabó todo en video, Thomas. —Apretó la copa con fuerza—.
Las pruebas eran un muro imposible de atravesar.
Él bajó la mirada, como si también se sintiera juzgado por escuchar.
—Aquel día murió mi hermano —dijo Erin con una frialdad amarga—.
No el que se pudre ahora en San Quentin…
ese no es mi hermano. Una decepción de ese tamaño no es distinta a una muerte, ¿sabes?
Antes de subir a declarar, me acordé de ti, Thomas.
La justicia es ciega, me solías decir… pero yo ese día veía perfectamente a quién estaban juzgando.
Y lo peor… lo peor es que la justicia puede absolver a un culpable, pero jamás resucita a un inocente.
Thomas sintió un nudo en la garganta. No se atrevió a responder. La figura de Erin estaba rígida, parecía más una estatua que una mujer.
—Te entiendo, Erin. Más de lo que crees —reconoció él.
—Thomas… —Erin bajó la mirada, como si por fin se permitiera abrir una grieta—.
Esto no es solo por mi hermano. Desde que mi marido acabó en la cárcel por malos tratos, yo tenía que haber dejado el puesto de jueza.
¿Cómo es posible que la justicia me siguiera exponiendo a juzgar casos de violencia a otras mujeres?
¿Cómo podían creer que una toga me blindaba de mis propios fantasmas?
Thomas se quedó en silencio.
—Nunca lo había visto así, Erin… pero tienes toda la razón… yo… no sé qué decir —reconoció Thomas agachando la cabeza.
—Y lo de mi hermano… —su voz volvió a bajar— fue la gota que colmó el vaso. Estaba rota por dentro, pero nadie quería verlo. Todos fingían que estaba entera porque era más cómodo pensar que alguien como yo no sangra.
Thomas la escuchaba con una atención absoluta, sin interrumpirla.
—Así que cuando se hagan esas reuniones de ego y clasismo, cuando Malden o Langford vuelvan a preguntarse por qué dejé la toga haciendo alusión a la pérdida de caché...
diles de mi parte que ser jueces los pone en un pedestal, sí, es cierto.
Pero un pedestal no los hace más altos… solo los aleja lo suficiente del suelo para que olviden a quién están pisando.
Thomas apretó su mano sin decir nada, una respuesta más sincera que cualquier palabra.
—Ahora tengo otros ojos —concluyó Erin—. Y lo aprendí de ti. De cómo miras a la gente desde su misma altura, no desde tu pedestal. Por eso ahora mi altura es la fiscalía. Desde aquí soy más justa que desde donde me hacen daño.
Él la miró y sonrió orgulloso. Bebió un sorbo de vino, respiró hondo y su mente viajó al pasado.
—Yo también tuve un mentor, ¿sabes? Y me acuerdo cada día de él. Edmund Raeburn, un juez de la vieja escuela… que en paz descanse. Cuando trabajabas conmigo, ¿recuerdas aquel cuadro que colgaba en mi despacho? —preguntó Thomas Varela.
—¿El del anciano con la mirada de pocos amigos? Claro que me acuerdo. Un día te dije que ese hombre me daba miedo.
Thomas esbozó una sonrisa con nostalgia.