Capítulo 6 #6
—Mamá, hoy hemos salido tarde del rodaje, ha ido bien —dijo con un brillo triste en los ojos que Erin detectó enseguida—. Voy a ducharme… estoy agotada.
Subió la escalera como un torbellino. Pero Erin esperó a que su hija cerrara la puerta del baño y la casa se quedara en silencio. Luego, caminó despacio hacia el coche de Daniel Moore con los brazos cruzados.
Él bajó del coche enseguida, con una sonrisa espléndida.
—Señora Cross… es un placer conocerla —dijo sonriendo y extendiendo la mano.
Erin se quedó con los brazos cruzados sin responder al saludo. Lo midió de arriba abajo, como una anaconda.
—Así que tú eres Daniel Moore… treinta y seis años. —Hizo un breve silencio—. Con un coche de ciento veinte mil dólares… y el novio de mi hija.
Erin Cross asentía con la cabeza. Daniel le mantuvo la sonrisa, aunque comenzó a ponerse nervioso.
—Sí —dijo—. Lana es extraordinaria, tiene un talento natural. No lo digo porque seamos pareja, se lo digo de verdad.
Erin arqueó una ceja.
—Claro que sí. Talento… es curioso lo mucho que florece el talento cuando alguien con poder lo mira. ¿No es cierto, señor Moore?
El actor carraspeó. La sonrisa se le iba borrando poco a poco.
—Sí, bueno… yo ante todo respeto a su hija…
—Claro, Daniel. ¿Te puedo tutear, verdad? —dijo sin dejarle contestar después—. Eso es lo que dices tú. Pero mientras tanto, ¿qué cuentas a tus amigos del club de golf? ¿Qué estás saliendo con una chica de diecinueve años que todavía cree que el amor es un guion de comedia romántica?
Él parpadeó, cada vez más incómodo.
Erin sonrió y su voz se volvió aún más dulce, fingiendo un tono maternal.
—No te preocupes, querido. Estaba bromeando… el tiempo todo lo dirá… hacéis muy buena pareja.
—Gracias, señora Cross —titubeó nervioso.
—El problema es que cuando el tiempo pase, tú ya serás viejo y seguirás conduciendo un coche demasiado caro para lo pequeño que se te ve dentro.
La sonrisa de Moore murió del todo. Erin le sostuvo la mirada un segundo más y se volvió, dirigiéndose hacia la puerta de su casa.
En el umbral de la puerta, antes de cerrar, se giró hacia él de nuevo lentamente.
—Buenas noches, Daniel. Nos veremos muy pronto —dijo con una ironía amenazante.
Cerró la puerta sin esperar respuesta.
Fuera, Daniel Moore se quedó clavado, tragando el veneno que ella le había inyectado con cada palabra.
Fiscalía del Distrito de Los Ángeles
14 de octubre de 2025
Erin Cross llegó temprano como cada mañana a su despacho. Dejó su bolso sobre la mesa y encendió la lámpara del escritorio.
Todo estaba en silencio y caminó hacia la ventana para levantar la persiana.
Desde aquel piso, la ciudad se desplegaba como un tablero caótico de calles y coches.
Pero no fue el tráfico lo que atrapó su mirada.
En la acera de enfrente, inmóvil como una sombra clavada en el asfalto, estaba el Predicador.
Aquella barba enmarañada, la ropa hecha jirones y las botas rotas eran reconocibles para Erin incluso desde el piso once.
El hombre sostenía con ambos brazos un cartón mugriento:
“Diana ya no caza ciervos”
Erin se quedó con la mirada fija en aquel mensaje mientras el corazón le latía cada vez más rápido. El hombre no gritaba, no pedía nada. Solo sostenía el cartel, mirando al piso once donde estaba Erin.
Una corriente fría recorrió su espalda.
En la calle, un par de peatones se detuvieron a mirarlo y lo rodearon con extrañeza. Luego continuaron su camino como si nada. Para ellos era otro vagabundo con delirios.
Erin despegó los ojos de la ventana, sin saber si estaba leyendo un delirio o una advertencia.
Comenzó a revisar informes con meticulosidad. El sonido de las páginas y el roce de su pluma llenaban el despacho, pero poco a poco un murmullo extraño se fue colando desde el pasillo.
Al principio lo ignoró, pero el murmullo se hizo más insistente, como un enjambre inquieto.
Erin levantó la vista y agudizó el oído. Guardó silencio, centrando el foco en lo que ocurría fuera. Había un tono distinto en esas voces. No era una charla rutinaria entre funcionarios. Parecía una alarma.
Se levantó de su silla y salió al pasillo. Los funcionarios y los asistentes estaban agrupados con la vista fija en sus teléfonos móviles. Algunos se tapaban la boca, otros simplemente miraban en silencio.
—¿Qué está pasando? —preguntó Erin, con la autoridad que le brotaba por cada poro de la piel.
Uno de los jóvenes, Mark Hastings, becario recién llegado, levantó su cabeza con el rostro desencajado.
—Fiscal Cross… debería poner la televisión.
Erin frunció el ceño y enseguida se metió en el despacho con urgencia.
Todos la siguieron.
Encendió el televisor y la imagen ya estaba allí.
Un reportero frente a un cordón policial y luces de ambulancias iluminando la madrugada.
—Nos lo han confirmado hace unos minutos.
Muere la cantante Isabella Gómez a sus veintisiete años, un icono emergente de la música latina en Los Ángeles.
Su cuerpo fue hallado esta madrugada en su apartamento de West Hollywood.
La policía aún no ha ofrecido declaraciones oficiales, pero la escena del crimen presenta características que recuerdan a otros casos recientes que han conmocionado a la ciudad.
Un murmullo de espanto recorrió la sala. Erin se quedó de pie, inmóvil, con la mandíbula apretada y los puños cerrados. Sus ojos estaban fijos en la pantalla, entendiendo en aquel instante lo que significaba. El Cazador de Estrellas había vuelto a cazar.
No tardó en coger su teléfono y marcar el número de Michael Kane.
—Ya sabes lo que tienes que hacer, lo que hablamos… síguelo… quiero saber dónde estuvo ayer —ordenó Erin.
Luego, colgó sin despedirse.