Skid Row Capítulo 6 #5
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Capítulo 6 #5

Ray apareció detrás de ella con otra pila inútil en los brazos.

—¿Qué tienes?

Ella levantó la mirada, su voz fue más baja y tensa que nunca.

—Una testigo aseguró que Brandon Lee recibió una carta con un corazón.

—¿Y la carta? —preguntó Ray.

Erin le puso la carpeta contra el pecho.

—Nunca la encontraron.

El silencio envolvió el archivo. Entre las cajas y los estantes infinitos, parecía que los muertos de Hollywood seguían hablando, pero nadie los había escuchado hasta ahora.

Craigs en West Hollywood

4 de octubre de 2025

El restaurante Craigs en West Hollywood era uno de esos lugares donde la fama se cocinaba a fuego lento entre platos de pasta y copas de vino para salir bien en las fotos de Instagram. Un lugar donde normalmente los paparazzi esperaban en la parte delantera y trasera como buitres.

En una mesa discreta del fondo, Erin Cross y Michael Kane compartían un café con dulces. Ella lo observaba con ese gesto impenetrable, él jugueteaba con la cuchara sin mirar demasiado a su alrededor.

—Hemos seguido el rastro hasta 1947 —dijo Erin en voz baja—. La primera que tengo es la Dalia Negra, pero no es seguro que ella fuera la primera. De momento es la más antigua que tengo.

—Esto no puede ser casualidad. Hemos tocado un nervio que nunca sanó. Mira que estoy acostumbrado a sacar cosas en prensa, Cross. Pero esto… esto no puede saberse…

—¿Qué sabes de la muerte de Brandon Lee?

Él la miró con cautela, como si calculara si merecía la pena meterse aún más en ese terreno. Finalmente, suspiró y se inclinó hacia ella.

—Oficialmente fue un accidente en el set de grabación de la película El Cuervo.

Una bala real que nunca debió estar en el arma.

Eran pistolas de fogueo… pero al parecer un arma era verdadera.

Antiguamente, buscaban armas de verdad en el cine para darle realismo a las tomas, no tenían los efectos que tienen hoy...

pero producción juró que eran de fogueo.

Kane bajó más la voz.

—Dijeron que hubo una manipulación. Que alguien cambió la munición a propósito convirtiendo aquel rodaje en un pelotón de fusilamiento.

Kane continuó, mirando a su alrededor antes de abrir la boca.

—Su padre, Bruce Lee, murió también de forma extraña, pero no aquí, sino en Hong Kong. Oficialmente fue un edema cerebral, pero también hubo rumores… veneno, ajustes de cuentas… por no hablar de James Dean… estrellado en un Porsche en el cincuenta y cinco…

Erin lo cortó.

—En Hollywood todas las muertes son extrañas, pero también existen las causas naturales.

El problema está en esas cartas… las cartas aparecen, luego desaparecen, se descartan, se archivan sin un seguimiento.

Como si alguien llevara décadas escribiendo el mismo guion y al mismo tiempo alguien más se encargara de borrar las páginas que no le convienen.

—¿Insinúas que la ciudad está protegiendo a un asesino desde hace casi setenta y cinco años?

—No lo insinúo, Kane. Te digo que cada vez que quiero seguir ese hilo, el hilo se corta. Y ya no sé quién recibió una carta y quién se asfixió de verdad.

Erin lo miró fijamente, con los brazos cruzados sobre la mesa.

—Kane… no conozco gran cosa de Hollywood. Mientras los demás crecían viendo la televisión, yo estudiaba. Siento que estuve enterrada entre el código penal gran parte de mi vida. Tú has respirado este mundo desde dentro. Cuéntame cómo funciona la industria.

Michael dejó la cuchara en el platillo del café y sonrió.

—¿Quieres la versión de los tours en un autocar de Hollywood Boulevard o la real?

—No me vaciles, Kane.

Kane se reclinó en la silla, bajando el tono como si contara un secreto.

—Los años treinta y cuarenta fueron el Hollywood dorado.

Glamour en la gran pantalla y sangre detrás del telón.

Ahí tienes a la Dalia Negra, pero también a toda la era de las party girls…

chicas jóvenes entregadas por los estudios a productores y estrellas que se prostituían por un papel.

Hubo suicidios, violaciones silenciadas, matrimonios arreglados en la prensa…

muchos escándalos siempre se silenciaban con talonarios.

Kane le dio un sorbo al café antes de continuar.

—Los cincuenta fueron más turbios todavía. El negocio se mezcló con la política. Corrupción a todos los niveles, pactos con senadores y contratos a cambio de favores. Supongo que conoces la lista negra, la caza de brujas de McCarthy…

—No tengo la menor idea —dijo Erin.

—Fue una persecución de actores, músicos y directores. Los perseguían por comunistas… —Hizo una pausa—. En los sesenta y setenta, Hollywood se partió en dos. El amor libre, las drogas… ya sabes.

Se pasó una mano por su pelo rizado y siguió, casi de carrerilla.

—La droga era la auténtica moneda aquí. LSD, ácido, marihuana, cocaína… desde entonces, todos buscan la inspiración o la vía de escape en polvo y pastillas. Y claro, detrás siempre estaban las mafias. En aquella época, una jeringa tenía más poder que un contrato de la Metro Goldwyn Mayer.

Erin escuchaba en silencio.

—¿Recuerdas el miedo tras los asesinatos en Cielo Drive de Sharon Tate?

Aquello fue un golpe de realidad. La ciudad entera se dio cuenta de que el sueño hippie también olía a sangre.

Polansky no puede pisar este país, tiene una sombra de agresiones sexuales encima hoy en día.

Si algún día vuelve, me apuesto cien mil dólares a que recibirá una de esas cartas.

—Hollywood no crea estrellas desde nunca por lo que veo…

—Y cada día llegan a Los Ángeles miles de personas de todas las partes del mundo creyendo que van a brillar.

Chicas de Iowa, chicos de México, europeos con el acento roto…

todos convencidos de que esta ciudad los hará eternos…

y terminan en Skid Row, Cross. Drogados, perdidos, sin dinero y sin familia.

Ese es el verdadero guion de Hollywood, el que nunca se estrena, pero se repite cada maldita noche.

Set de rodaje de Summer Heights School

7 de octubre de 2025

Llevaban una semana de rodaje. Lana pensaba que actuar sería repetir frases sin mirar a cámara, pero nunca imaginó que fueran horas y horas de espera, repeticiones interminables, ajustes de luces, sonido, vestuario y maquillaje.

Cada pequeño error obligaba a repetirlo todo desde cero.

Ella nunca había estado tanto tiempo sin sentarse, estaba agotada.

Su papel de Samantha tenía una subtrama con el personaje de Kevin, que lo interpretaba un chico de su edad llamado David en la vida real. En la serie, Kevin estaba enamorado de Samantha, pero no se atrevía a declararle su amor.

Mientras la actriz protagonista, Emily Crane, grababa sus escenas en el aula principal, Lana y David se sentaban en una esquina del set, sobre un banco de utilería, ensayando una y otra vez su próxima escena.

La zona donde ensayaban estaba fuera del bullicio, para que no se filtrase su voz en ninguno de los micrófonos.

—Vale, vamos desde donde Samantha le dice a Kevin que este fin de semana se marcha a los Hamptons —decía David, acomodándose el flequillo para parecer Kevin.

Lana sonrió, preguntándose cómo aquel chico tenía más control emocional que ella solamente arreglándose el pelo.

Lana abrió el guion de nuevo.

—Kevin, me marcho este fin de semana a los Hamptons, ya te he dicho que no quiero… —A Lana se le escapó la risa.

—Bien. Cada vez te sale mejor el acento de niña pija —dijo David sonriendo.

Las horas se hicieron interminables y terminaron de grabar al caer la noche. Lana rodó varias escenas con David y se sintió satisfecha con el trabajo.

Al salir del set con el cansancio metido en los huesos, el aire nocturno de Hollywood le pareció un regalo.

Daniel la esperaba apoyado en su coche negro, con las manos en los bolsillos de la chaqueta. No sonreía. Su postura era tensa, como si hubiera estado demasiado tiempo pensando.

Lana entró en el coche y él subió después sin decir una palabra.

Encendió el motor sin hablar.

—¿Qué te pasa, Daniel? —preguntó, mientras se abrochaba el cinturón—. No me has dado ni un beso.

Daniel continuó mirando al frente, con la mandíbula apretada y una mano en el volante.

—¿Daniel? ¿Estás bien? —insistió Lana, preocupada.

—¿De verdad quieres que te lo diga? —respondió al fin.

—Pues claro.

—¿Te piensas que soy idiota, Lana? ¿Qué no te he visto?

—¿Visto el qué? ¿De qué hablas? —preguntó ella confundida.

Daniel giró la cabeza hacia ella y la miró por primera vez. Sus ojos azules se veían más fríos bajo la luz de aquel parking.

—A ti… con ese… David —soltó con desprecio—. Tus risitas, las bromitas… esa confianza repentina. ¿Te lo estabas pasando bien?

Lana parpadeó sin entender.

—Daniel… estaba trabajando. Nada más.

—Claro, ahora eres una actriz de método, se me olvidaba. Pues parecía más bien que estabais en un bar, él mirándote como si te conociera de toda la vida y tú… ahí coqueteando como si fueras una cualquiera.

Lana lo miró indignada.

—No es así —respondió ella, sintiendo cómo la incomodidad le subía por el pecho—. Estábamos ensayando. Me estaba ayudando. Estás siendo un borde.

Daniel apoyó la cabeza en el respaldo y apretó el volante con una mano.

—No me gusta —dijo bajando la voz—. No me gusta cómo te mira ese tipo.

—Te quiero a ti, Daniel. No tienes motivos para pensar nada raro.

—Más te vale que no… porque yo lo veo todo, Lana.

Se quedó en silencio unos segundos.

—Todo —recalcó.

Daniel suspiró y agachó la cabeza.

—Perdóname, Lana… te quiero tanto que me pongo celoso hasta del viento que te sopla. Debo ser un idiota...

Casa de Erin Cross en Pasadena

7 de octubre de 2025

Era de noche. El motor de un coche sonó frente a la casa de Pasadena. Erin Cross, al escucharlo, se dirigió a la puerta principal a toda prisa y salió al exterior con la intención de conocer al nuevo novio de Lana, de treinta y seis años.

Al volante, encantador y con sus ojos azules, estaba Daniel Moore, un actor de sonrisa estudiada.

Lana salió del coche y pasó veloz junto a su madre. Antes de entrar, besó a Erin en la mejilla.