Capítulo 6 #4
—Touché —respondió Mary levantando su copa.
Fiscalía del Distrito de Los Ángeles
3 de octubre de 2025
En el despacho de Erin Cross, Ray desplegaba carpetas sobre la mesa con su entusiasmo habitual, enumerando casos como si recitara un menú del día.
—Mira esto, Cross —dijo él, poniendo sobre la mesa varias carpetas—. Interrogamos a los testigos del doble homicidio en Boyle Heights. Parece un ajuste de cuentas de las Maras Salvatrucha. También te he traído lo de San Pedro. Dos hermanos aparecieron en un contenedor.
Erin no decía nada. Estaba pensando, como si su mente no estuviera allí.
Ray dejó caer un par de fotografías impresas sobre su escritorio. Imágenes nocturnas, luces azules de patrulla, un coche parado bajo un puente.
—Anoche, en la autopista 710, justo antes de llegar a Long Beach, el Ángel de la Autopista volvió a atacar.
Las fotografías mostraban dos cuerpos dispuestos sobre el capó de una camioneta robada. Brazos abiertos y las mismas alas pintadas con spray blanco extendiéndose por las puertas del vehículo.
Ray bajó la voz.
—Las víctimas eran dos fugitivos. Miembros activos de la MS-13. Tenían orden de captura desde hacía meses. Estoy seguro de que ese ángel pertenece a una pandilla, puede que al Barrio 18.
Pasaba hojas y señalaba pruebas con un bolígrafo, pero Erin apenas lo escuchaba, ni siquiera lo miraba. Asentía de vez en cuando fingiendo atención, pero su mirada permanecía fija en la ventana.
Ray carraspeó.
—¿Cross? ¿Me estás escuchando?
Erin sacudió la cabeza y lo miró al fin, pero sus ojos no tenían el brillo de interés que solían mostrar.
—Sí, claro… las Maras Salvatrucha…
—No estás aquí, ¿verdad?
Ella suspiró y apoyó los codos en el escritorio, entrelazando las manos bajo su mentón.
—No puedo dejar de pensar en él, Ray. En el Cazador de Estrellas. Todo lo demás me parece ruido. Se me acumulan los casos.
—¿Ruido? —Ray sonrió con ironía—. Vaya ruido, Cross. Tenemos media ciudad tiroteándose.
—Balas, drogas, territorios… eso lo entiendo. Sé cómo mover esas piezas. Pero este es otro tipo de caso. —Hizo una pausa, con la voz más baja, cargada de gravedad—. Este es otro caso que se mete en la cama conmigo por la noche, como si no fuera yo quien lo persigue, sino él quien me persigue a mí.
Ray la observó un instante, pero no soltó ninguna ocurrencia. Erin estaba demasiado sumergida en su batalla contra el cazador.
—A lo mejor no mata por gusto. Quizá el Cazador de Estrellas no es lo que creemos —murmuró ella—. A lo mejor quiere dar un mensaje…
—Sí, claro —contestó Ray—. Y a lo mejor Hitler solo quería parar un autobús.
Erin lo miró fijamente a los ojos y se levantó de golpe. Ray levantó las manos en un gesto de falsa inocencia.
—Ven conmigo, Ray. Tengo una corazonada. Vamos a llegar hasta el fondo de esto. Sígueme —ordenó Erin.
—¿Adónde, Cross?
Erin se dirigió a la puerta.
—¡Raymond Callahan! —exclamó—. He dicho sígueme, no que hagas preguntas.
Ambos salieron con decisión del despacho y se metieron en el ascensor.
El ascensor subía despacio. El zumbido de las cuerdas estaba amplificado por el silencio tenso entre los dos. Erin había llamado al piso quince.
Ray la miró de reojo.
—¿Archivos clasificados? —preguntó.
Erin no contestó. Su expresión era la de una piedra en medio del caos.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, ambos salieron con tranquilidad. En aquel lugar estaban escondidos gran parte de los casos sin resolver de la ciudad, armas del crimen, testimonios protegidos…
Un hombre de estatura baja y robusta, con un chaleco gris y gafas de cristales gruesos, levantó la vista desde un mostrador lleno de carpetas. El cartel de su mesa lo identificaba como Clerk.
—Fiscal Cross, qué agradable sorpresa —su voz fue cortés y medida, como si no esperara encontrarse allí a la fiscal.
—Necesitamos entrar al archivo, Clerk.
—Yo… no… no puedo… no funciona así, fiscal Cross —titubeó—. Mi trabajo es custodiar esos archivos. Usted me tiene que hacer una petición sobre un registro, me firma la instancia y yo luego le entrego el expediente. Pero entrar a revisar… eso no puede ser. No con estos documentos…
Ray esbozó una sonrisa sarcástica.
—Estamos buscando el guante de O. J. Simpson —bromeó él.
Clerk no sonrió.
Erin lo miraba fijamente a los ojos.
—No me importa el protocolo. Necesito que me dejes revisar unos archivos. Créeme, si supiera lo que busco, te daría el número de expediente. Pero lo que busco va desde 1947 hasta hoy. No removeremos nada. Lo dejaremos todo en su sitio. Tienes mi palabra.
Hubo un silencio pesado entre los tres. A Clerk le empezaron a caer gotas de sudor por la frente.
—Fiscal —dijo con la voz entrecortada—. Aquí dentro hay demasiadas cosas confidenciales. Todo lo que existe está bajo mi custodia. Pero nadie… repito, nadie puede saltarse el protocolo.
Erin apoyó las manos sobre el mostrador y se inclinó lentamente hacia él. Su voz bajó, pero tenía la fuerza de un martillo.
—Sé que su trabajo es vigilar. Sé que su vida es asegurarse de que la burocracia siga respirando.
Pero también sé que si mañana aparece en los periódicos que un funcionario obstaculizó la investigación del Cazador de Estrellas, será usted quien se convierta en el culpable moral de la próxima víctima.
Y yo me encargaré personalmente de que la prensa sepa su nombre y apellido.
El hombre tragó saliva.
Erin afiló aún más el tono, con esa calma que hacía que cualquiera prefiriera enfrentarse a un criminal antes que a ella.
—Tiene dos opciones —continuó—. O me abre esa puerta ahora mismo o me obliga a escribir un anónimo a un contacto que tengo en Los Angeles Times. Créame, ese párrafo puede ser más letal que cualquier pistola de las que guarda ahí adentro.
El silencio fue absoluto. Ray miró aquella escena como si estuviera viendo a una pantera con la presa entre sus garras.
Finalmente, Clerk soltó un suspiro resignado, buscó entre el manojo de llaves de su cinturón y murmuró:
—Tienen quince minutos.
Erin se enderezó.
—Buen chico —dijo con una sonrisa.
Ray soltó una carcajada mientras caminaban hacia el archivo.
—Tienes un don, Cross. Eres increíble —susurró Ray.
El aire del archivo estaba cargado de polvo y era el lugar más frío de toda la fiscalía. Filas interminables de estanterías se extendían en todas las direcciones, cada caja estaba marcada con números y fechas que parecían perderse en el tiempo.
Ray chasqueó la lengua, tomando una carpeta al azar.
—¿Sabes lo que es esto, Cross? —Agitó la carpeta—. Un maldito cementerio de papel.
Erin ya tenía un expediente abierto sobre la mesa. Fotografías en blanco y negro, autopsias, declaraciones policiales… lo revisó con rapidez. Sus ojos estaban entrenados para cazar cualquier anomalía.
Siguieron con otra carpeta, otra y otra más. Secuestros, homicidios, mafias y escándalos políticos. Todo lo que Los Ángeles había querido olvidar estaba encerrado en aquellas cajas polvorientas.
Ray dejó escapar un silbido desde la otra punta.
—Mira esto, Cross. —Alzó un sobre de plástico transparente sellado con una cinta—. Es el guante de O. J. Simpson… tal cual.
Erin ni siquiera levantó la vista. Ray agarraba el sobre con fascinación.
—En el Museo de la Muerte me darían veinte de los grandes por esta reliquia —murmuró.
—Concéntrate, Ray.
Cada archivo que abrían estaba lleno de detalles morbosos, pero ninguno llevaba la marca que buscaban. Corazones inacabados, números y frases crípticas. Nada que se pareciera a la firma del Cazador de Estrellas.
—Nada de nada —decía Ray de fondo.
Estiró la espalda, dejando caer un expediente grueso con un golpe sordo.
—Ya te lo dije, Cross. Este lugar es un vertedero de burocracia. Pero lo que buscas, quizá nunca estuvo aquí. O alguien se aseguró de que nunca lo encontraras.
Ella lo miró en silencio, con el brillo obstinado que siempre la mantenía en pie.
—Piensa Ray —dijo—. Dime nombres de famosos que hayan muerto en Los Ángeles, los primeros que se te ocurran.
Ray cruzó los brazos y se puso un dedo en la barbilla.
—Natalie Wood, Sharon Tate, River Phoenix, Bruce Lee, Brittany Murphy, Whitney Houston…
−Bien. Hagámoslo así, de la A a la N, yo. De la O a la Z, tú.
Se separaron en direcciones opuestas, cada uno perdiéndose entre las interminables estanterías ordenadas alfabéticamente. El sonido de las cajas y las carpetas abriéndose resonaba como un metrónomo en aquel archivo sepulcral.
Erin revisaba informes de autopsias y pruebas selladas de celebridades de la A a la N. Nada. Ni un corazón, ni un número, ni una frase extraña.
—Phoenix, Murphy, Houston… basura oficial. Sobredosis, causas naturales, todo cerrado burocráticamente. —Ray dejó caer los expedientes con otro golpe en la mesa—. Aquí no hay nada, Cross.
Erin se quedó en silencio. Se detuvo entre las cajas marcadas con la letra L.
Tenía en las manos un expediente con los bordes amarillentos. Era de Brandon Lee, el hijo de Bruce Lee, asesinado en 1993 durante la filmación de la película El Cuervo. Un disparo accidental en una escena fue la versión oficial. Pero entre las páginas, un detalle la dejó clavada.
Nombre de la testigo: María S. John, actriz secundaria.
Declaró que días antes del rodaje Brandon la había llamado.
Estaba inquieto y nervioso. Refiere que el actor le dijo que había recibido una carta extraña en su apartamento de Wilmington.
Que en la carta había un corazón extraño dibujado y una frase incoherente sobre un cuervo.
Brandon no le dio más detalles. Solo comentó que le puso los pelos de punta y cambió de tema.
El expediente lo recogía como un apunte marginal, como un detalle descartado.
La investigación no encontró la carta. Nadie más la mencionó.
Las páginas siguientes volvían al guion conocido, los peritos del set, el proyectil que nunca debió salir de aquel arma, la pistola revisada y la conclusión oficial: ACCIDENTE.
Erin cerró la carpeta de un golpe. Sus ojos estaban fijos en la profundidad de aquel archivo como si viera a un espectro.