Capítulo 6 #3
—Lo que me da miedo, Erin, no es morir… es lo que hagan conmigo después.
He oído historias sobre la morgue de Los Ángeles, empleados aburridos que hacen fotos indecentes a famosos difuntos y las venden a TMZ para pagar la señal de una casa.
—Se inclinó hacia Erin, como si le confesara un secreto—.
Vi una vez una foto de John Lennon en una camilla, con la cara encharcada de sangre.
Si podían hacerle eso a John Lennon… ¿qué no podrán hacer conmigo?
Erin la escuchaba en silencio, con un nudo en la garganta.
Pero Mary continuó:
—Eso me obsesiona bastante, lo reconozco, no te voy a mentir.
Una noche abrí YouTube y el algoritmo me sugirió el top ten de autopsias de famosos.
Imágenes atroces, Erin. Salía John F. Kennedy con la cara paralizada, su pelo rojizo empapado en sangre y trozos de su propio cráneo.
La mano de Michael, con una etiqueta colgando de ella…
donde antes brillaba un guante de lentejuelas.
Bruce Lee, con la boca cosida como si fuese un balón de rugby…
Somos eso, Erin… conmigo harán lo mismo.
Erin sintió el eco de esas palabras en su cuerpo y entendió su temor.
—Eso es brutal —dijo en un suspiro.
—Pero es la verdad —contestó Mary—. La fama tal y como la conocemos forma parte del capitalismo. No es sostenible. Por eso algunos acabamos comiendo sin control y otros se refugian en las drogas, cada uno intentando llenar un vacío imposible.
—Me encanta escucharte y me duele a la vez. Quedar contigo siempre es un guantazo de realidad.
—Míralos. Elvis, Liz Taylor, Brando… los mejores se atiborraban hacia el final de sus vidas. Como si la grandeza fuese una condena.
Erin la observaba en silencio.
—Michael Jackson… —Mary agitó la cabeza—. Él habría terminado como un muñeco hinchado si no hubiese sido por la medicación que tomaba. Fentanilo para poder bailar, propofol para poder dormir… era la única forma de sobrevivir a ese circo. ¿Qué demuestra eso?
—¿Qué? —preguntó Erin con un hilo de voz.
—Que todos terminamos igual, Erin. Todos en un sarcófago. Y lo más triste es que antes de que llegue nuestra muerte, intentamos salir de él arañando las paredes. Eso es la fama. Un ataúd disfrazado de aplausos.
Mary apoyó la barbilla en su puño y sonrió con esa chispa de alegría que nunca la abandonaba.
—El otro día me invitaron a una cena en Brentwood, en casa de Jim Carrey —dijo como quien suelta un secreto morboso—.
Jim estaba en uno de esos arranques suyos, ya sabes…
mitad genio, mitad huracán. Me contó que estaba detrás de un papel perfecto que fuese su billete hacia el Oscar…
pero no era solo por él. Quería algo que volviera loco de envidia a Tommy Lee Jones.
—Pero si no recuerdo mal, ellos trabajaron juntos en Batman Forever, ¿no? —preguntó Erin confusa.
—Sí, pero Tommy Lee Jones nunca reconoció su trabajo. Lo trató como a un bufón. Y eso te marca en esta profesión, Erin. A veces no son los críticos, ni los periodistas ni el público… son tus propios compañeros los que te dejan cicatrices.
Mary bajó la voz.
—Y ahí es donde entiendes lo que es esta ciudad.
Los Ángeles está construida sobre los cimientos de un sol dorado y millones de premios, pero lo que realmente la mueve es una fe ciega en la magia, la envidia y el ego…
es una locura compartida. Mira a Tarantino, era solo un empleado de un videoclub.
Recomendaba cintas de serie B y ahora es un mito del gore.
Eso también lo hace Hollywood, tiene dos caras, como Tommy Lee Jones en Batman Forever.
Ambas soltaron una carcajada breve.
—Me gustaría acudir a una de tus cenas con la jet set —confesó Erin, sonriendo.
—No sé yo si tendrías estómago. —Mary se puso la mano en la frente, como si aún no pudiera creerlo—.
Estábamos en un jardín, con flores de loto y ciruelos, cincuenta comensales y Anthony Hopkins a mi lado.
Jim estaba en la mesa de honor, devorando un lechón con las manos, sin darse cuenta de que tenía salsa de ciruelas por toda la cara.
Y entonces ocurrió. —Mary hizo una mueca desagradable—.
Un trozo de cartílago salió disparado de la boca de Jim Carrey mientras hablaba y aterrizó en mi vestido blanco.
Erin abrió los ojos de par en par.
—No…
—Sí, querida —Mary rió con fuerza, tapándose la boca—. Me quedé mirándolo y le solté delante de todos: estás adoptando las características del Grinch.
Ambas estallaron en risas. La carcajada resonaba en aquel motel como un alivio necesario entre tanta oscuridad.
—Perdona, Erin… hablo demasiado. Es que la gente normalmente me mira, me saca fotos, pero casi nunca me escucha de verdad. Y cuando estoy con una amiga, aprovecho y me suelto la melena.
—No te disculpes. Me gusta escucharte.
Mary le apretó la mano un instante. Después, como si un hilo invisible la hubiera llevado de nuevo al caso, bajó la voz.
—¿Sabes? Me acaba de venir algo sobre lo de las cartas… Yo soy de Nueva Jersey, muy cerca hubo un caso parecido. ¿Te suena el Asesino de los Corazones Rotos?
—No me suena —contestó Erin frunciendo el ceño.
Mary asintió despacio.
—El asesino nació en el Bronx, pero empezó a matar en California. Contactaba con chicas ofreciéndoles sesiones de fotos para revistas. Las ataba, abusaba de ellas y luego las estrangulaba. A veces las cazaba a través de anuncios de búsqueda de pareja.
—No creo que tenga conexión con lo que estoy investigando. Las víctimas no eran celebridades.
Mary se encogió de hombros.
—Erin, de verdad… tu trabajo me parece fascinante. A veces pienso que si pudiera elegir otra vida, me encantaría investigar crímenes como tú. Hurgar entre las pistas, atar cabos… suena… no sé… como la película más real que alguien podría protagonizar.
—Pues si quieres nos cambiamos. Tú te quedas con mis noches sin dormir, con las fotos de cadáveres y las cartas llenas de símbolos… y yo con tus tres Oscars.
Ambas rieron al unísono. El neón del motel seguía parpadeando, como si se uniera a la broma.
—Mary, una cosa más —dijo Erin bajando nuevamente la voz—. ¿Conoces el caso de la Dalia Negra?
Mary levantó la cabeza, sorprendida, y sus labios se curvaron en un gesto grave.
—Elizabeth Short… —murmuró, casi como si pronunciara una oración—.
Todas conocemos ese caso. Elizabeth fue un muñeco roto en esta industria.
Era una joven aspirante a actriz, pero su nombre no se hizo famoso por ningún premio, sino por la forma que tuvieron de matarla.
Su cuerpo fue exhibido como una grotesca obra de arte, partido en dos.
—Me recuerda a Sophie Duval. Una de las chicas que asesinó el cazador. No la conocía nadie… hasta que la mataron —dijo Erin.
—Eso es lo que más duele. Esta ciudad a veces te convierte en leyenda, pero no como actriz, sino como cadáver. El crimen de la Dalia Negra también eclipsó cualquier posibilidad de carrera, cualquier huella de talento.
—Jamás se hizo justicia con la Dalia, Mary.
—No. Nunca encontraron al asesino, pero la prensa la vuelve a asesinar cada vez que habla de ella de nuevo —respondió.
Mary se sirvió otro whisky.
—La prensa la vendió como una vagabunda… como una buscona, una casquivana que salía con demasiados hombres, que usaba mucho perfume, que frecuentaba clubs nocturnos… si Marilyn fue la novia de América, Elizabeth Short fue su desahogo —dijo Mary con dureza.
—Me espanta saber que la prensa la cosificara de forma tan extrema.
—¡Ja! Si hubiera sido solo la prensa… somos productos, Erin.
Su muerte fue más rentable que su vida. El caso de la Dalia Negra es uno de esos que a las mujeres nos revuelve el estómago.
Se trata de otra mujer que encontraron desnuda, cortada por la mitad en un descampado y que no tuvo consecuencias para nadie.
¿Sabes qué dijo el médico en el informe de la autopsia?
—¿Qué? —preguntó Erin con intriga.
—Que no había indicios de agresión sexual. Sin embargo, no paró de hablar de su vagina, diciendo que era deforme. Que tenía una entrada infantil y que era imposible que diera placer a un hombre. Lo dijo un médico. Nunca valoraron el cadáver de Elizabeth Short como una víctima, la pusieron verde.
Erin se quedó en silencio, horrorizada. Mary continuó:
—La redujeron a un orificio, como si su brutal asesinato no importara. La llamaron frígida, diciendo que habían descubierto que no se podía mantener relaciones sexuales completas con ella, que por eso estaba soltera.
Erin golpeó la mesa con el vaso, conteniendo la rabia.
—Tienes razón, Mary, la mataron más de una vez.
Mary respiró hondo, tratando de contener la indignación.
—Hablaron de ella como una mujer fácil. Una manipuladora de hombres. Cuando en realidad era una mujer tratando de sobrevivir en un mundo que la terminó cortando en dos.
—Por eso voy a dar caza a ese asesino. Si el Cazador de Estrellas está detrás de esto, si lleva matando actrices desde antes de que nosotras naciéramos…
tengo que capturarlo. —Erin hizo un silencio y volvió a coger el vaso—.
La Dalia Negra no fue solo un crimen. Fue un retrato de cómo este mundo trata a las mujeres.
Las silencia, las destruye y después hace negocio con sus restos. Por eso la justicia debe responder.
Mary la miraba confundida.
—Pero Erin… eso es imposible. Ningún asesino puede matar durante tantos años. Han pasado décadas —respondió Mary.
—Te sorprendería lo que tengo sobre mi mesa —confesó Erin—. No sé si se trata de un imitador, un familiar, una secta que heredó sus métodos… pero todas las víctimas recibieron una carta exactamente igual que Sophie Duval antes de morir. Todas. Incluso la Dalia Negra.
Mary entrecerró los ojos. Estaba inquieta, con un escalofrío recorriéndole la espalda y la piel de gallina.
—Si de verdad te estás enfrentando a algo tan viejo, Erin… entonces no es un hombre. Solo puede ser el diablo.
Erin sonrió alzando la barbilla. Levantó su copa y dijo:
—Sí, Mary. Quizá sea el diablo. Pero esta vez, la que viste de Prada soy yo.