Capítulo 6 #2
—No son sobredosis, Kane. Ni ajustes de cuentas.
Me ha llegado un rumor. Alguien los entierra.
—Su voz era grave, sin margen para otra réplica—.
Hay un enterrador en Skid Row y nadie quiere hablar de ello en los medios.
Han encontrado cuerpos, como si alguien hubiese decidido rodar Seven en las alcantarillas de Los Ángeles.
Kane soltó una risa nerviosa.
—Perfecto. Un asesino en serie de estrellas y ahora un enterrador de indigentes… si seguimos así, un día alguien me pedirá que escriba Los Ángeles, guía turística por el apocalipsis.
—No es un chiste, Kane —lo interrumpió con dureza—. Necesito que investigues. Habla con tus contactos, busca en algún callejón o desentierra tumbas con tus propias manos, pero tráeme algo.
Él suspiró al otro lado.
—Siempre tan encantadora.
Se oyó el sonido de un mechero encendiéndose al otro lado del auricular. Kane aspiró el humo de un cigarro y bajó la voz, resignado.
—Está bien, Cross, investigaré. Buscaré a otro de tus fantasmas. Pero algún día vas a tener que decirme cuándo estará saldada mi deuda.
Erin esbozó una pequeña sonrisa que Kane no pudo notar.
—Kane… te libré de una multa millonaria por allanar la casa de las Kardashian. Según mis cálculos aún te quedan como… no sé… ¿quinientos años de trabajo comunitario?
Él soltó un bufido que sonaba a risa y resignación al mismo tiempo.
—Siempre quise ser tu esclavo por medio milenio, Cross.
—No exageres —respondió Erin—. Puede que incluso reduzca tu condena si algún día haces algo útil. Búscame al Enterrador de Skid Row. Y búscalo rápido.
Antes de que pudiera replicar, Erin colgó sin despedirse. Pisó el pedal del coche y se fundió con las luces de la ciudad. Kane se quedó con el auricular en la mano, murmurando para sí mismo con media sonrisa.
—Un día de estos, Cross… me vas a enterrar tú a mí también.
Set de rodaje de Summer Heights School
1 de octubre de 2025
Aquel set parecía una versión hiperrealista de un instituto real, pero todo estaba lleno de cámaras y focos que rompían la ilusión, con cables serpenteando por el suelo como venas de colores.
Era el primer día de rodaje de Lana.
El equipo caminaba de un lado para el otro con prisa, ajustando luces, cargando micrófonos y repasando guiones. Lana sintió que el corazón se le aceleraba al ver su nombre en una de las sillas plegables.
Había pasado las últimas semanas viéndose con Daniel Moore, compartiendo desayunos, cenas y paseos.
Daniel había logrado formar parte de algo muy especial en su vida en muy poco tiempo.
Hasta que un día, bajo la luna de Sunset Boulevard, le pidió que fueran pareja oficial.
Ella aceptó enseguida. Pero Daniel también le pidió que no dijera nada en público.
No quería que nadie supiera en el set que tenían una relación seria.
Le dijo a Lana que era una forma de evitar que pensaran que había conseguido el papel de Samantha gracias a que se acostaba con el actor principal.
Lana estaba caminando por el pasillo de aquel instituto, con el uniforme de colegiala. Tenía una falda azul, camisa blanca y una corbata aflojada, siguiendo estrictamente las instrucciones del vestuario. La ropa le quedaba bien, pero se sentía extraña dentro de ella.
Daniel hablaba con uno de los asistentes de dirección.
Se movía con soltura y saludaba a todo el mundo, tenía una presencia magnética.
Su look era perfecto para el papel de profesor moderno y carismático que iba a interpretar.
Cuando ambos se cruzaron, algo en él se encendió durante un instante.
Daniel se acercó hacia ella caminando despacio, asegurándose de que nadie estuviera prestando demasiada atención.
Al pasar por su lado, sin detenerse, le dijo:
—Tápate un poco, ¿no?
Su tono sonó más a advertencia que a consejo. Lana bajó la mirada hacia su camisa. La corbata estaba floja, sí, pero nada exagerado. Aun así, se subió discretamente el botón, más por reflejo que por convicción.
Daniel siguió caminando como si no hubiera dicho nada, saludando a otro técnico de sonido, revisando su guion, moviéndose con esa seguridad que lo hacía parecer intocable.
Lana se quedó unos segundos quieta, con una mezcla de nerviosismo y una punzada sutil en el estómago.
No sabía si era emoción por empezar el rodaje o por algo en el comentario de Daniel que no terminaba de encajar con la imagen que tenía de él.
Un asistente gritó:
—¡Escena 1, toma 1! ¡A sus posiciones!
Y ella, con el corazón latiendo rápido, se dirigió al aula falsa que ahora sería su nuevo mundo.
Saharan Motor Hotel
1 de octubre de 2025
Erin aparcó su coche bajo el viejo letrero de neón del Saharan Motor Hotel, que por las noches parpadeaba en rosa y azul, como si aún viviera en los años sesenta.
Bajó del coche y se ajustó la chaqueta. El ambiente olía a gasolina y tierra húmeda. Ese motel era un refugio secreto, el único lugar en el que todavía podía respirar como hacía veinte años.
Sacó el móvil y la llamó.
—¿Mary? Ya estoy aquí.
La voz que contestó era inconfundible, grave y cálida, con esa cadencia que había hecho llorar al mundo entero en los cines.
—Llegas tarde, Erin. Me estaba acabando yo sola el whisky —dijo Mary al otro lado del teléfono.
Erin sonrió.
La vio aparecer en la puerta del lobby, cubierta con un abrigo negro y unas gafas oscuras que, a esas horas, solo servían para mantener la magia.
Su rostro tenía arrugas nobles, líneas que contaban historias en lugar de esconderlas y caminaba con la serenidad de quien ya no tiene que demostrar nada.
Mary. Así la llamaba Erin desde la primera vez que la conoció. Porque, antes que una estrella de Hollywood, era una gran amiga suya.
Al encontrarse se abrazaron con la fuerza de dos mujeres que habían sobrevivido a demasiado.
—Cada vez que vengo aquí… —dijo Mary, mirando las luces del motel— recuerdo cómo empezó todo.
Erin asintió. Había pasado media vida desde que se conocieron.
El país entero miraba a la gran dama del cine como a un mito intocable, pero una noche, Erin la encontró llorando en silencio en un baño.
Su productora estaba a punto de hundirse por un litigio absurdo y un abogado quería hacer de ello un espectáculo mediático.
Erin se sentó a su lado y la escuchó. Semanas después la ayudó a desmontar aquella demanda por difamación que amenazaba con arrastrar su nombre al abismo.
Erin estudiaba Derecho por entonces y todavía no era la persona que era hoy en día.
Pero desde ese momento, no se separaron aunque estuvieran mucho tiempo sin verse.
Solían quedar en el Saharan cuando tenían que hablar de cosas importantes.
Mary solía hospedarse allí de joven cuando tenía que rodar alguna película en Los Ángeles.
Ella era una de esas celebridades que gozaba de una estrella en un lugar privilegiado del Paseo de la Fama, no podía andar a plena luz del día ni quedar en un bar para hablar de temas serios… era el precio de la fama.
Se sentaron en el bar del motel y mientras Mary servía dos copas de whisky, Erin suspiró y dijo:
—Estoy en un punto ciego. Ni la ley ni yo podemos con esto, por eso te he llamado, Mary, necesitaba a una amiga.
—¿Qué ocurre? ¿Estás bien? ¿Está bien Lana? —preguntó Mary preocupada.
—Sí, estamos bien. Es por un caso que tengo entre manos.
—Cuando dudamos es porque estamos en la puerta correcta. Tú me salvaste una vez cuando todos querían convertirme en un titular. No sé cómo te podré ayudar yo… pero dispara.
Erin apretó el vaso de whisky entre sus dedos.
—¿Tú has… has escuchado algo sobre cartas con símbolos de corazón y actores que mueren después de recibirlas? —preguntó en voz baja, casi susurrando, como si el aire del motel pudiera delatarla.
Mary arqueó una ceja, con esa expresión suya de actriz que podía mezclar sorpresa y elegancia en un solo gesto.
—¿Cartas? Sí… claro que he oído hablar de esas cartas.
El famoso Cazador de Estrellas, ¿no? —preguntó sin sorprenderse—.
Nadie en este negocio vive aislado de estas historias.
Pero pensé que era solo eso, otra historia más de Hollywood deformada.
Como cuando decían que un productor de Paramount organizaba sesiones de espiritismo en su sótano, o que Avril Lavigne tenía una doble porque a la verdadera la asesinó la CIA.
Esto es Hollywood, Erin… y en Movieland siempre existen historias extrañas…
algunas ciertas, otras diseñadas para vender titulares.
—Yo llevo el caso, Mary —reconoció Erin.
Por un instante, el tiempo se detuvo. Mary dejó el vaso en la mesa. Su rostro, tan acostumbrado a las luces y al disimulo, se tensó.
—Vaya… no sabía que tú... —murmuró—. Siempre estás metida en cosas grandes, pero no imaginé que eras la fiscal que estaba detrás de esa investigación.
Erin clavó sus ojos en ella y en ese instante Mary parecía más que una actriz. Parecía una madre preocupada.
—Ten cuidado, Erin. Aquí en Los Ángeles todo se magnifica.
Es el Disneyland del crimen. Tienes atracciones para todos los gustos.
Sectas que florecen en las colinas, actores que desaparecen por arte de magia…
—Hizo un silencio—. Te conozco bien… puede que tú seas la única dispuesta a mirar a los ojos a ese asesino.
Y eso, querida, te convierte en la protagonista más peligrosa de Hollywood.
El Saharan estaba casi vacío. Solo se oía el zumbido del neón y el ruido lejano de un coche en la autopista. Las dos estaban en una mesa junto a la ventana, con un vaso de whisky en las manos.
—¿No te da miedo este mundo, Mary? —preguntó Erin—. La fama, Hollywood…
Mary soltó un suspiro profundo.