Skid Row Capítulo 6
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Capítulo 6

La Dalia Negra

Casa de los Varela en Venice Beach

La brisa del Pacífico traía el olor a sal y algas del mar cuando Erin Cross llegó a la casa de Thomas Varela en Venice Beach.

La fachada era discreta y de color blanco, con un pequeño jardín delantero perfectamente cuidado. Tocó el timbre y fue su asistenta la que abrió la puerta. Una mujer de mediana edad, que siempre traía consigo una sonrisa amable.

—Buenos días Nancy. ¿Está Thomas en casa? —preguntó Erin.

—Señora Cross —dijo—. El señor Varela estará encantado de saludarle. Pase.

Al entrar, Thomas estaba en el fondo del salón. Llevaba un jersey azul marino sobre una camisa. El rostro se le iluminó al verla.

—¡Erin! —exclamó con una sonrisa— Esto sí que no lo esperaba.

La abrazó brevemente, con una mezcla de afecto y respeto que siempre había marcado su relación.

—Ven, salgamos fuera.

El mar rugía a lo lejos cuando accedieron a la terraza. La asistenta les sirvió dos cafés sobre la mesa de madera, acompañados con unos dulces de almendras.

El sol teñía en oro las olas y el ambiente parecía demasiado pacífico para las palabras que estaban a punto de intercambiar.

—Necesitaba hablar contigo, Thomas —empezó Erin.

—Lo suponía. Esa cara… nunca es de una visita social.

Ella sostuvo la taza en las manos, sin beber.

—Creo que este asesino no es un imitador cualquiera. Creo que desde antes de los sesenta alguien ha estado castigando a celebridades, como si fuera un verdugo eterno de Hollywood, como si alguien llevara más de medio siglo escribiendo una obra sangrienta.

Thomas la miraba en silencio, con esos ojos grises que habían visto demasiados juicios y demasiadas derrotas.

—Nadie es eterno, Erin —dijo ladeando su cabeza hacia el horizonte.

—¿Y si se trata de un legado? De un hijo, un discípulo, alguien que sigue la misma firma…

Thomas apoyó la taza en la mesa y suspiró, inclinándose hacia ella.

—Entonces investiga con la cabeza fría, no con el corazón. Este tipo de casos devoran a los fiscales y déjame decirte… te lo advertí. El Cazador de Estrellas ya tiene lo que quiere. Titulares, miedo, tu tiempo… no le entregues también tu cordura, Erin.

El viento levantó un mechón del cabello de Erin y ella lo apartó con un gesto nervioso.

—Es más grande de lo que pensaba, Thomas —reconoció ella.

—¿Has pensado en lo que te dije sobre tomarte un tiempo?

—Thomas… tú eres el juez más sabio que conozco. Y necesito tu ayuda, no he venido aquí para que me recomiendes unas vacaciones.

—Sabio… eso suena a un libro viejo en una estantería olvidada.

—No —lo interrumpió seria−. Hablo en serio. Quiero preguntarte por el caso de la Dalia Negra —dijo sin tapujos.

El rostro de Thomas cambió. Su mirada se perdió un instante en el mar, como si desenterrara recuerdos demasiado antiguos.

—Elizabeth Short… —murmuró, apoyándose en la mesa—.

Tenía veintidós años cuando apareció su cadáver.

En 1947. —Hizo una pausa—. Yo no era más que un crío, pero con los años conocí a policías, fiscales y hasta forenses que tocaron aquel caso…

un caso maldito sin duda, otro que se atascó en la garganta de esta ciudad.

Se acomodó en la silla.

—¿Qué tiene que ver ese caso aquí, Erin? —preguntó.

—No lo sé. Por eso necesito saber más.

—Encontraron su cuerpo en un solar vacío, en Leimert Park. Un transeúnte pensó que era un maniquí roto. El cuerpo estaba partido en dos, cortado a la altura de la cintura. Vacío de sangre. Limpio. Lo dejaron colocado allí… escondida a plena vista.

Erin escuchaba aterrorizada.

—Le hicieron cortes en la cara, de oreja a oreja, dándole aquella sonrisa del Joker tan macabra que todos hemos visto. Le dejaron marcas en muñecas y en los tobillos, como si hubiera sido colgada y torturada antes de morir. Ni una gota de sangre en la escena, Erin. La drenaron entera.

Thomas bebió un sorbo de café.

—Los periódicos la bautizaron como La Dalia Negra —continuó—.

Se habló de su vida. Una chica pobre, buscando su oportunidad en Hollywood.

La ciudad la había convertido en un mito de la noche a la mañana, igual que a Sophie Duval…

nadie la conocía antes, su mejor escena fue la del crimen.

Y mientras, la policía recibía cientos de confesiones falsas.

Qué digo cientos… miles. El caso se convirtió en un circo mediático.

Igual que lo que está ocurriendo ahora mismo con Sophie Duval y todo lo que rodea a este asesino…

Hizo una pausa y sus ojos parecieron volverse más fríos.

—Te diré algo, Erin. Algo que pocos saben. Ese crimen nunca se resolvió porque no quisieron resolverlo. Había hombres poderosos flotando alrededor.

Erin tragó saliva.

—¿Sabes si Elizabeth Short recibió alguna carta? —preguntó ella.

—Lo único que sé es que el expediente de Elizabeth Short terminó apilado entre los fracasos más grandes del LAPD. Y que cada vez que alguien intentó reabrirlo, la ciudad se encargó de matarla otra vez.

Thomas guardó silencio unos segundos, mirando el mar como si buscara en el horizonte una respuesta que nunca llegaba. Después volvió a fijar su atención en Erin.

—Erin… hay casos que nunca se resuelven. Asumirlo es de sabios. Y este caso, quizá es uno de ellos —su voz sonó grave—. No quiero que este asunto te destroce como te pasó la última vez. No quiero verte de nuevo hundida por algo que te come por dentro poco a poco.

Erin apretó su taza, pero no dijo nada.

—Tienes que entenderlo —añadió Thomas—, la justicia es necesaria, sí, pero no es invencible.

—La justicia debe ser ciega, la espada representa el castigo y no debe temblar, aunque la mano del que la sostenga deba quedarse sola… —dijo Erin repitiendo aquella frase de memoria.

Thomas hizo una pausa y en sus labios apareció una sonrisa.

—Veo que recuerdas mis frases.

—Tú me enseñaste esa frase y la llevo tatuada en el alma desde el primer día que puse un pie en el juzgado. También recuerdo tus clases morales sobre la justicia.

—¿Pudiste resolver el dilema de Protágoras? —preguntó Thomas Varela.

—Lo recuerdo… pero tengo lagunas…

Thomas se acomodó y se dispuso a darle una clase magistral como en los viejos tiempos.

—Protágoras tomó a Evatlo como alumno con el objetivo de ejercer como jurista.

Evatlo era un estudiante pobre y no podía hacer frente al precio de sus clases.

Protágoras, en su versión más caritativa, tomó a Evatlo bajo su tutela con la condición de que no tendría que pagarle hasta que ganara su primer caso.

Sin embargo, Protágoras observó que tras finalizar su formación, Evatlo hacía de todo menos buscar clientes para ganar su primer caso y de esa forma pagarle la formación recibida.

Se cansó de esperar y demandó a su alumno por la cantidad adeudada.

Ahí comienza el dilema, Erin. Surgió una disputa sobre quién tenía la razón en cuanto a las obligaciones contractuales.

Protágoras argumentaba que, si él ganaba el caso, Evatlo tendría que pagarle el dinero porque habría ganado el primer caso.

Pero si perdía, también tendría que pagarle, porque Protágoras habría ganado el caso.

Evatlo sostenía que si ganaba el caso, no tendría que pagar según la decisión del tribunal, pero si ganaba Protágoras, él no habría ganado aún su primer caso, por lo tanto, tampoco estaría obligado a pagar.

Thomas hizo un breve silencio y se inclinó hacia Erin.

—¿Qué harías tú con Protágoras y Evatlo? Si gana el maestro, el alumno paga, si gana el alumno, también paga. Cuando te lo pregunté hace años fue un callejón sin salida.

Erin se quedó pensando unos segundos.

—Protágoras no quiere justicia, quiere venganza por un contrato mal hecho. Y Evatlo no busca verdad, busca una excusa para no pagar lo que sabe que debe —respondió Erin.

Dio un trago al café, antes de continuar.

—Los dos pierden —respondió—. Uno por confiar en la trampa más lógica y el otro por olvidar que la deuda no se mide solo en cláusulas, sino en ética.

Si Evatlo estudió y aprendió debe pagar, aunque no haya ganado aún un caso.

Y si Protágoras educó para hacer justicia, debería saber que estrangular con tecnicismos no lo convierte en maestro, sino en un inepto.

Thomas Varela aplaudió y soltó una carcajada.

—Aprobada con nota. Eres una auténtica jueza, Erin.

—El dilema es fácil. Ninguno gana porque en la avaricia de uno y en la mezquinidad del otro ya está escrita la derrota.

—Recuerda cuál fue tu respuesta por entonces, hace veinte años. Me dijiste que había que interpretar las cláusulas y también la lógica. Jamás te corregí, aun sabiendo que eso es lo que diría una principiante. Tenías que descubrirlo por ti misma. Y mírate ahora…

Ella agachó la cabeza.

—Erin, puedes haberte quitado la toga para ponerte la chaqueta de fiscal. Pero tú eres jueza y morirás siendo jueza. Siempre lo serás, te guste o no.

Erin levantó la vista, pero no contestó.

—No quiero que esto te afecte y termines dejando nuevamente el puesto de fiscal para abrir uno de tacos en Santa Mónica. Pero tendré que acostumbrarme a que ahora eres la mejor fiscal de Los Ángeles.

Erin levantó una ceja, mostrando incredulidad y una risa reprimida.

—¿Un puesto de tacos?

—Al menos ahí sabrías a quién sirves y todos se marcharían contentos —contestó el juez Varela.

Pasaron unas horas charlando, recordando momentos y compartiendo un tiempo que siempre les había dado paz. Genio y figura, juntos una vez más.

Erin Cross salió tarde de la casa de Thomas Varela con el peso de otra conversación densa en la espalda. Se metió en su coche y cerró la puerta.

Encendió el motor, pero antes de ponerlo en marcha, marcó el número de Michael Kane.

La voz del fotógrafo sonó al tercer tono.

—Cross, supongo que no me llamas para felicitarme por mi cumpleaños —dijo Kane al descolgar.

—Escucha, Kane —le cortó ella—. Alguien está haciendo desaparecer a la gente que vive en Skid Row.

Hubo un silencio breve al otro lado.

—¿Desaparecer? ¿A los yonkis? Creo que el asesino que buscas se llama Fentanilo…