Capítulo 5 #4
—No puedo creer que esto termine así —dijo Erin con tristeza—. Todavía te recuerdo lleno de vida, mi madre te adoraba. Me ayudaste a aprobar el examen sobre la imputabilidad en la patología dual, ¿recuerdas?
—Ahora no me hace falta repasarlo. Ahora, ese capítulo soy yo.
Patología dual… así lo llaman los médicos…
locos con adicciones y adictos que se vuelven locos.
¿Qué más da el orden? El sistema de salud solamente funciona para los que pueden permitirse un seguro, y adivina qué…
en Skid Row solamente existe una persona que lo tenga ahora mismo.
—¿Quién?
—Tú, Cross.
Erin suspiró y volvió a coger las riendas de la conversación.
—Peter, necesito tu ayuda. Tú sabes cómo se mueve todo por aquí. ¿Viste algo? ¿Oíste algo sobre la actriz que mataron?
Él sonrió, mostrando nuevamente aquellos dientes mugrientos.
—Ya veo, prefieres que te haga el tour de fantasmas.
—Señaló nuevamente el edificio Stay on Main, el viejo Hotel Cecil, con un gesto teatral—.
Este es el puto hotel del Resplandor en versión californiana, con vagabundos en lugar de fantasmas.
Aquí se hospedó Aileen Wuornos por diez dólares la noche, Charles Manson compuso un par de canciones, Richard Ramírez dormía con su hedor a sangre todavía fresco…
Peter se encogió de hombros, mirando las ventanas oscuras.
—Y claro… la chiquilla oriental de los documentales.
¿La recuerdas? Encontraron su cuerpo porque el agua de la ducha les sabía rara a los huéspedes.
Salía oscura, con un sabor a podrido. Todos se quejaban.
Al final abrieron el tanque de agua de la azotea y ahí estaba su cuerpo, flotando.
—Peter hizo un silencio y dejó de señalar al hotel—. Dime, ¿qué hay más gótico que eso?
—Peter… por favor… —dijo ella resoplando.
—Sí, Erin, claro que he oído hablar de la actriz —respondió al fin—. Aquí no se habla de otra cosa. Todos saben lo de Sophie Duval. Todos saben que el Cazador de Estrellas estuvo aquí.
Hizo una pausa y bajó la voz.
—Mi amigo John el cojo… el otro día estaba sin nada para meterse.
Iba sereno… demasiado sereno para este lugar.
Me dijo que había visto a un tipo con pinta de poli rondando la zona la noche que mataron a la chica.
Pero… —Peter volvió a sonreír, con esa ironía rota de Skid Row— diez minutos después se clavó una dosis y me juraba que el asesino había sido el Pato Donald.
Erin mostró nuevamente una expresión de desesperanza y suspiró.
—Así funcionan las verdades aquí, Cross. Mitad pista, mitad delirio. Tú sabrás con qué parte te quedas.
Lo observó durante unos segundos.
—¿Y las cartas, Peter? Todas tienen un número, un mensaje y un corazón mal dibujado, que no termina de formarse. ¿Te suena algo de eso? Has estado en Hollywood. ¿Alguna vez oíste algo sobre ellas? Un rumor, un comentario…
Él ladeó la cabeza, como si la pregunta removiera viejas sombras.
—Las cartas… —repitió, rascándose su cabello grasiento—.
Sí, eso lo escuché hace tiempo. Fue un tipo, en una fiesta en Westwood…
era un tío muy raro, le encantaban los crímenes y le gustaba comprar cuadros de asesinos mediáticos.
Fuimos a su casa y tenía en el comedor el cuadro original de Pogo dibujado por el mismísimo John Wayne Gacy antes de morir por la inyección letal.
Me dio cincuenta dólares por una noche de sexo, y terminó dándome doscientos porque se pasó la mitad de la noche hablando.
Yo le avisé desde el principio que tenía el taxímetro puesto…
recuerdo que me dijo algo sobre unas cartas y los famosos, que hasta la Dalia Negra recibió una de aquellas cartas.
—¿La Dalia Negra?
—Sí, aquel caso sin resolver. El más famoso de la ciudad de Los Ángeles, Cross, por Dios…
—¿Y tú lo creíste?
—¿Yo? Fue hace más de quince años. Supongo que serán leyendas urbanas…
ya te he dicho que este mundo es así. Ted, el de la 6th Street, dice que Abraham Lincoln le manda postales desde Beverly Hills.
George, el de la 3rd Street, dice que Angelina Jolie está enamorada de él y le envía mensajes por la televisión.
Esto no es el juzgado, Cross. Aquí todos dicen haber visto algo o decir la verdad, pero nadie tiene que demostrarlo después.
En la acera de enfrente, bajo la luz mortecina de una farola parpadeante, un hombre estaba en pie sosteniendo un cartón mugriento. En el cartón se podían ver escritas unas letras, trazadas con rotulador negro, que decían:
Neptuno se cansó del océano.
Su aspecto era devastador. Una barba desbordada le cubría casi todo el rostro, enmarañada y grasienta.
Llevaba un abrigo largo, raído y manchado, con los bolsillos desgarrados.
Los pantalones le colgaban deshilachados hasta los tobillos y sus botas parecían reliquias de otra década, reventadas por las suelas.
Tenía puestos unos guantes con las puntas de los dedos cortadas, mientras sostenía el cartel a la altura de su pecho, miraba a Peter y a Erin fijamente sin pestañear.
Peter notó que la mirada de Erin se dirigía hacia aquel hombre.
—Erin —dijo bajando la voz—. Ese es el Predicador.
—¿El Predicador? —preguntó ella.
—Sí, no te preocupes. Es inofensivo. Se pasa la vida paseándose por Los Ángeles con sus pancartas que no dicen nada. Vive aquí, entre la mugre y las ratas. —Peter sacudió la cabeza—. Nunca ha dicho una palabra. Jamás. Solo escribe.
El hombre no apartaba la mirada de ellos, como si subrayara el mensaje con ese gesto: Neptuno se cansó del océano.
Peter bajó de nuevo la voz.
—Muchos dicen que lo que escribe son profecías… que son visiones. Otros dicen que son susurros callejeros. Tú sabes… la locura también es un espejo de esta ciudad.
Erin no dijo nada, solamente escuchaba a Peter y miraba al Predicador.
—En Nueva York tienen al loco que grita eso de que se acerca el apocalipsis en Times Square, y nosotros tenemos al Predicador.
El Predicador seguía inmóvil bajo la farola, como una estatua rota que anunciaba un destino que nadie sabía leer. Todavía.