Capítulo 5 #3
Hollywood, una vez más, lloró lágrimas de cocodrilo y luego continuó rodando.
En los 2000, el camello dejó de atender a los adictos bajo un puente y pasó a llevar una bata blanca, entregando recetas que no eran más que un billete directo al infierno.
OxyContin, Xanax, Vicodin, Ambien… pastillas para dormir, para despertar, para soportar la ansiedad y para fingir que todo está bajo control.
Las píldoras comenzaron a guardarse en botes con los nombres y apellidos del propietario escritos en una etiqueta, haciendo que drogarse fuera más aceptable.
En 2010 dieron un paso más en esta espiral y comenzó la dictadura del fentanilo.
Una sustancia cincuenta veces más potente que la heroína y cien veces más fuerte que la morfina, con solo una cualidad…
matar rápido, barato y en silencio. Comenzó devorando Skid Row y terminó engullendo a todo Estados Unidos.
Lo más perverso es que muchos ni siquiera sabían que lo estaban consumiendo.
Se escondía en pastillas falsas de Xanax, en cocaína adulterada, en cualquier bolsita vendida en un callejón…
nadie pedía fentanilo, pero todos podían encontrarlo en su última raya. Esa es la ruleta rusa del siglo XXI.
En la actualidad, las microdosis de LSD se promocionan como el elixir de la creatividad, la cura de la ansiedad, incluso la llave hacia la iluminación espiritual.
En entrevistas, estrellas como Will Smith o Megan Fox han hablado abiertamente de sus “viajes” como si fueran una dieta más o parte del repertorio de autoayuda que entrega Hollywood.
El contraste es insultante: mientras en Skid Row alguien muere por una raya adulterada, en Beverly Hills se pagan miles de dólares por vomitar en una ceremonia de ayahuasca y llamarlo sanación.
Ambas responden a lo mismo: el deseo de escapar, de romper la prisión de la mente, de llenar un vacío que ni la fama ni el dinero consiguen tapar.
Hoy, las drogas en Hollywood ya no son un escándalo.
Son una industria paralela. Quizá lo que ha cambiado no han sido las sustancias, sino el lenguaje con el que se disfrazan.
Ayer cocaína «elegante», hoy «terapias alternativas».
El veneno sigue siendo veneno, aunque lo sirvan en copas de cristal tallado o en ceremonias con cantos de un chamán.
Erin continuaba caminando apresuradamente. Sentía todas las miradas de aquella gente sin techo en la nuca a cada paso que daba. Cruzó San Pedro St. con East 7th St., atravesando un pasillo de sombras, carpas con lonas verdes, azules y fogatas en cubos oxidados.
Entonces lo vio.
Aquel edificio se alzaba como un fósil maldito.
El antiguo Hotel Cecil, rebautizado con un nombre que pretendía lavar su reputación, Stay on Main.
La fachada iluminada a medias mostraba grietas y ventanas oscuras, como si el pasado se resistiera a ser borrado.
Era ahí donde convergían todas las leyendas de muerte, suicidios y fantasmas de Los Ángeles.
Erin sabía perfectamente dónde iba, si había cloacas en Hollywood, ese hotel era la boca de entrada.
Frente a la entrada, bajo una lona azul con alambres, un hombre encorvado se encendía una pipa de crack. La llama le iluminó el rostro lo suficiente para que Erin lo reconociera.
—¿Peter? ¿Peter Halliday?
El hombre levantó la mirada. Tenía los ojos enrojecidos, la barba desordenada y la piel desgastada. Le costó unos segundos enfocar, pero al final una chispa de memoria apareció entre las sombras de sus pensamientos.
—¿Cross? —sonrió con los labios temblorosos—. ¿Erin Cross? ¡No puede ser! Esta mierda sí que es buena… —dijo, pensando que era producto del crack.
Peter Halliday y ella habían compartido muchos momentos en la Facultad de Derecho.
Él siempre hablaba de representar grandes causas, de defender a los inocentes, pero al tercer año se había largado a probar suerte como actor.
Se conformaba con cualquier papel y, como tantos otros, se lo tragó el monstruo.
—Estás…
Erin buscó la palabra, pero él se adelantó con una carcajada, siendo consciente de que aquello no era una alucinación.
—Estoy vivo —dijo él.
Se levantó tambaleando, señalando con orgullo la lona azul donde dormía, sujeta con ganchos al suelo.
—Mi palacio —dijo—. Empecé entre cartones, ¿sabes? Ahora tengo techo. Hollywood siempre cumple tus sueños… a su manera.
—¿Qué haces aquí, Peter? —preguntó Erin.
—Conoces el chiste ese que dice… ¿Se nota mucho que voy drogado? Y responde: a mí no me mires, yo soy una lavadora —bromeó.
Erin no supo contestar. Lo miraba con tristeza y confusión.
Él escondió la pipa en su espalda, mientras la miraba con la mezcla de ternura y vergüenza de alguien que aún recordaba quién había sido.
—La pregunta es… ¿qué haces tú aquí, Cross? —preguntó aquel hombre intentando mantener el equilibrio—. Sabía que llegarías lejos, jueza. Cross, la implacable. Llevo años viéndote en la tele.
—Bueno… ya no soy jueza. Ahora soy fiscal, Peter —dijo ella.
—¿Has venido a suicidarte al Cecil? —Señaló la entrada del edificio con su dedo huesudo—. Aquí entra gente y no la ves salir al día siguiente. Solo salen con un plástico brillante días después.
—No, Peter… te estaba buscando a ti. Nathaniel Crowe me dijo que te encontraría aquí.
—Este edificio… —continuó él sin escucharla— ha visto más suicidios que Groenlandia, ese lugar donde es de noche seis meses y seis meses de día. ¿Sabías eso? Aquí las noches también son eternas, aunque salga el sol.
—No he venido a eso, Peter —interrumpió.
Él ladeó la cabeza incrédulo y sonrió, tenía los dientes negros y amarillentos, carcomidos por las drogas.
—Entonces es raro. En Skid Row no vendrá a recogerte ningún taxi, por aquí solamente pasan ambulancias.
Erin dio un paso y se acercó más a él.
—He venido buscándote a ti, Peter —dijo con firmeza—. Hace tiempo Nathaniel Crowe me dijo que te había visto y que vivías en Skid Row. Pero dime, Peter… ¿cómo has acabado así?
Peter suspiró, dejó la pipa sobre unos cartones y se tambaleó en el intento, como si la pregunta fuera demasiado pesada.
—Lo intenté, ¿sabes? —respondió mirando al suelo—. Hice castings, audiciones, papeles de mierda… siempre era el extra número tres, el que pasa detrás en la cafetería, el cadáver del capítulo siete de CSI Las Vegas. Nunca conseguí nada en Hollywood, Cross.
Tragó saliva y bajó la voz.
—Y entonces vinieron las drogas. Al principio era para aguantar, para no dormir, para no sentir.
Pero después… después era para sobrevivir.
Cuando el cuerpo te pide y no tienes un dólar, haces lo que sea.
Y yo lo hice. Comí más pollas de las que quiero recordar solo para conseguir otra dosis.
Y aquí estoy, con un diagnóstico de esquizofrenia por consumo y sin dinero para medicación, pero para crack… siempre queda algo —dijo sonriendo.
Alzó la mirada, con una mueca que era mitad sonrisa y mitad vergüenza.
—Lo perdí todo, Cross —añadió—. Y mi legado en el cine fue el de figurante en la sala de espera de un capítulo en Anatomía de Grey.
Erin lo escuchó con pena y tensión. Frente a ella no estaba aquel estudiante activista y brillante que una vez soñó con cambiar el mundo. Había un hombre roto, triturado por las adicciones.
—Dime, Cross. ¿Has venido a investigar lo del enterrador?
Ella se detuvo en seco.
—¿Qué enterrador? —preguntó.
Peter esbozó una mueca de indignación.
—El Enterrador de Skid Row. Supongo que no lo habrás visto en la prensa… ya veo que lo que pasa aquí, nunca le importa a nadie.
—Explícame, Peter. ¿Quién es el Enterrador de Skid Row?
—Nos están robando a los nuestros. Aquí la gente está desapareciendo, Cross.
Adictos, putas, viejos locos… nadie pregunta por ellos.
Un día están pidiendo monedas en la esquina y al día siguiente nada, no vuelven más.
Cuando aparecen, si es que aparecen… están bajo tierra.
Bien colocados. Enterrados en tumbas que ya tienen dueño.
Se rascó el cuello con los dedos mugrientos.
—Aquí lo llaman el Enterrador de Skid Row. Pero a nadie le importa, Cross. Para la ciudad, nosotros ya estamos muertos.
—Investigaré, Peter. Tienes mi palabra —prometió.
Hubo un silencio entre ambos. Peter Halliday la miraba y ella no sabía leer con precisión lo que estaba pensando.
—¿Quieres saber cómo funciona Skid Row, Cross? ¿Te hago un tour?
Erin no sabía qué contestar.
—Aquí la policía nos tira a la basura. Si nos ven en otro barrio, nos detienen.
Si consumimos en Hollywood o en Santa Mónica, nos arrestan y nos dejan días sin consumir en el calabozo.
Saben tenernos quietecitos en este barrio, es una cárcel al aire libre.
Aquí… —señaló con un gesto amplio las calles llenas de lonas y fogatas—, aquí nos dejan hacer lo que queramos.
Se inclinó hacia ella con los ojos vidriosos de furia contenida.
—¿Sabes por qué? Porque Skid Row es una jaula. Treinta o cuarenta manzanas de mierda pura. Un zoológico humano. Mientras no salgamos de estas calles, somos invisibles. Podemos drogarnos, morirnos, matarnos… nadie mira. Nadie importa. El establishment, Cross, el establishment…
Erin lo observó en silencio, dejando que las palabras cayeran como alfileres.
Peter sonrió con amargura.
—Esto también es un teatro —continuó él—.
Aquí todos jugamos un papel, con un guion que nos entrega el sistema que vosotros defendéis, Cross.
El loco que grita a las farolas, la puta que te ofrece veinte minutos si la invitas a lo que sea y el vagabundo que dice que Jesucristo va a volver.
Somos vuestros extras, en una película que nadie quiere filmar.
—Peter, ¿nadie te ha ofrecido ayuda para salir de aquí?
Peter soltó una carcajada.
—¿Salir de aquí? Estamos en Los Ángeles. Hace años que esta ciudad es un psiquiátrico al aire libre. Todo Estados Unidos lo es, pero Los Ángeles… es la sede central.