Capítulo 4 #3
Lana intentó decir algo, pero su voz se perdió en su respiración agitada. Él se acercó despacio. Ella apenas pudo pensar antes de que él rozara su mejilla con los dedos.
Daniel la besó. Un beso que ambos reclamaban en ese instante, que olvidaba las cámaras, los castings y los mundos que devoran. Un beso que no pedía permiso… pero sí prometía quedarse.
—¿Acabas de besarme? —preguntó Lana sonrojada.
—No, todavía no he acabado —respondió él sonriendo.
Y volvió a besarla.
Fiscalía del Distrito de Los Ángeles
24 de septiembre de 2025
En la televisión, los noticieros parecían competir por ver quién escupía la barbaridad más ruidosa sobre el Cazador de Estrellas.
—Los Ángeles se ha convertido en un nuevo plató del terror —decía un presentador con su mejor sonrisa—.
Los asesinatos de Sophie Duval y Jacob Heller ya forman parte de los míticos autobuses turísticos del crimen en Hollywood.
Desde Skid Row hasta Hollywood Hills, los turistas pueden recorrer en un tour las escenas donde la ciudad perdió a sus dos estrellas…
El reportero mostraba imágenes de turistas con gorras horteras y cámaras colgadas del cuello, sacando fotos del callejón mugriento donde Sophie Duval había sido degollada, mientras un guía con un micrófono instalado en los cascos señalaba alegremente:
—Aquí fue hallada la joven revelación del cine, Sophie Duval, una promesa que cayó muy pronto. ¡No olviden mirar a su izquierda para ver la fachada donde los detectives encontraron el arma del crimen! ¡El cuchillo del Cazador de Estrellas!
Otro canal mostraba algo aún más grotesco. El Museo de la Muerte en Hollywood Boulevard, que había conseguido una imitación exacta de la carta que recibió Sophie Duval, expuesta bajo una vitrina entre fotografías de Charles Manson y las bambas Nike de la secta de Heaven’s Gate.
Erin Cross apagó el televisor de un manotazo en su despacho.
No podía creerlo. Los crímenes que desangraban la ciudad se habían convertido en mercancía turística, en un souvenir grotesco. El asesino había conseguido lo que quería. Un escenario, un público, titulares y hasta merchandising.
El teléfono sonó con un timbre agudo.
—¡Cross! —exclamó Michael Kane al otro lado con urgencia.
Su voz no era la voz tranquila y socarrona de siempre. Michael Kane sonaba diferente. Más emocional, más rápido, como si hablara desde un escondite.
Erin frunció el ceño.
—¿Qué has encontrado? —preguntó ella.
—Algo muy gordo, demasiado gordo… hasta para ti, Cross. —Kane tragó saliva y se escuchó un ruido leve de fondo, parecía asustado, como si alguien le siguiera—. Te juro que esto lo cambia todo. El rumbo del caso da un giro de ciento ochenta grados, fiscal.
—Habla claro, Kane. No juegues conmigo. ¿Qué tienes?
—No puedo —dijo tajante—. No por aquí…
—Dime dónde estás. Voy para allí.
Griffith Observatory
24 de septiembre de 2025
La noche caía sobre Los Ángeles y las luces de la ciudad se desplegaban como un océano brillante a los pies del Observatorio Griffith.
En los alrededores de aquel lugar olía a eucalipto y soplaba un aire fresco que la despeinaba desde las laderas del Griffith Park.
La silueta blanca del observatorio junto con el skyline de Los Ángeles parecía un templo vigilando la ciudad.
Había quedado allí con Michael Kane, era un lugar lo bastante abierto para hablar sin miedo y lo bastante alejado para que nadie los encontrara. La ciudad brillaba debajo como un tablero eléctrico, indiferente al peso de lo que estaba a punto de revelarse.
Kane la esperaba apoyado en la barandilla, su pelo rizado estaba despeinado por el viento y tenía las manos temblorosas alrededor de un sobre amarillo.
Cuando Erin llegó, él se lo entregó sin decir una sola palabra.
Ella lo abrió despacio.
Dentro había una fotografía. Una fotografía de una carta del Cazador de Estrellas.
Tenía el número 726, el mismo corazón mal dibujado y una frase breve escrita en tinta negra. Erin sintió un escalofrío. El estilo era idéntico al de las otras.
Kane respiró hondo.
—Hice esta fotografía hace unas horas, del archivo reservado del Departamento de Homicidios del LAPD. Un caso que nunca ha sido revelado al público. —Hizo una pausa y la miró a los ojos—. Te juro que era el expediente con más folios que he visto en mi vida, Cross.
Se pasó una mano por el pelo rizado, estaba nervioso.
—Mi exmujer trabaja allí. Me dejó acceder a ese sitio. Yo… se lo contaba todo… y sí, le hablé del caso, Cross… pero es de fiar. Me dijo que le sonaba haber visto una carta igual. No la he podido sacar de allí, por eso solo te traigo esta fotografía.
Erin lo miró con frialdad, respirando aquella pequeña traición al reconocer que habló del caso con su exmujer.
—¿De qué caso se trata? —preguntó Erin.
Kane la miró con los ojos encendidos, como si aún no creyera lo que estaba a punto de decirle.
—Esta carta fue encontrada en una casa de Brentwood, el 5 de agosto de 1962.
—¿Quién fue la víctima?
Kane bajó la voz y dijo casi con un susurro que se perdió en el viento:
—Marilyn Monroe.