Capítulo 5
La novia de América
Hollywood Boulevard
La calle estaba atestada de voces, flashes y risas, pero ella apenas oía nada.
Cada paso la llevaba sobre otra estrella incrustada en el suelo, pero aquella tarde todas parecían distintas.
No parecían homenajes, sino lápidas brillantes, epitafios pulidos en mármol.
Su mirada estaba fija en las estrellas de Hollywood convertidas en mármol rosa y negro granulado con letras doradas.
—El Cazador de Estrellas… —pensó—. ¿Cuántas de estas ya reclaman su firma?
Marilyn Monroe, 1962. Sophie Duval y Jacob Heller, 2025. Números, frases, corazones… nada tenía ningún sentido.
Erin Cross se detuvo frente a la estrella de Marilyn Monroe en el 6800 de Hollywood Boulevard y dejó que las preguntas la atravesaran como un cuchillo afilado.
—Si Marilyn murió en el 62, ¿qué edad tendría hoy su asesino? —se preguntó a sí misma.
Calculó rápido.
—Sesenta y tres años desde aquel agosto. Si por entonces el asesino tenía, en el mejor de los casos, veinte años, hoy rondaría… los ochenta o noventa años.
Se quedó en silencio unos segundos.
—Demasiado viejo. Demasiado improbable... ¿O tal vez no? Tal vez no se trate del mismo hombre. Tal vez es un imitador, un depredador nuevo que ha recogido las migajas de un mito antiguo. O peor… podría ser el hijo del asesino original. Su legado. La muerte transmitida como herencia…
Sus pasos resonaban sobre el mármol, cada estrella que pisaba se convertía en una pregunta.
Al pasar frente al teatro donde se grababa Jimmy Kimmel Live, miró las estrellas a sus pies nuevamente, como si fueran tumbas alineadas en una avenida interminable.
Judy Garland, Elizabeth Taylor, Joan Crawford… todas brillaban bajo la suciedad y los chicles pisoteados de los turistas. La memoria del cine reducida a una baldosa.
—El Cazador de Estrellas elige a actores y actrices. Pero… ¿Solamente actores? ¿O había un patrón más profundo, uno que todavía no comprendo?
Más adelante, había una estrella destrozada, la de Donald Trump. El mármol estaba resquebrajado, boicoteado con una esvástica en spray negro que alguien había dibujado y con una caca de perro perfectamente colocada.
Britney Spears, Groucho Marx, Humphrey Bogart, Walt Disney, Arnold Schwarzenegger…
—Si las estrellas en el suelo se convierten en lápidas, entonces el Walk of Fame de Hollywood no es un paseo… podría ser un cementerio brillante. ¿La Academia podía estar detrás?
Erin Cross se detuvo en el cruce de North Beachwood Drive, la calle larga y recta que desembocaba en las colinas. Allí, al fondo, el cartel de HOLLYWOOD se erguía como una sentencia blanca sobre la montaña, enorme, impasible, iluminado por el sol de la tarde que caía tras la colina.
Era imposible no pensar en Marilyn Monroe al mirar aquellas letras.
—Marilyn Monroe… la mujer que todos bautizaron como “la novia de América”… mientras la dejaban sola en cada habitación...
Recordó una frase suya que creyó haber leído hace tiempo en algún libro citando a Marilyn: “No quiero que me comprendan. Quiero que me quieran”. Y aquella frase resonó en su cabeza.
Erin imaginó a Marilyn en su camerino, maquillándose frente a un espejo rodeado de bombillas, buscando en cada trazo un poco de cariño. Pensó en el peso que cargaba esa sonrisa, ser deseo y no ser persona, ser símbolo y no ser alma.
Bajó la mirada a sus propias manos, el pasado no podía ir más deprisa.
En ese instante, se sintió como si estuviera tocando la piel del fantasma de Marilyn y de tantas otras mujeres. Mujeres que no pedían ser comprendidas como genios, ni como víctimas, sino simplemente querían ser amadas sin condiciones.
Sintió un nudo en la garganta.
Se preguntó cuántas de las mujeres cuyos expedientes reposaban en su despacho habían muerto pidiendo lo mismo. Cuántas Sophie Duval, cuántas Marilyn Monroe más tenía que ver Hollywood antes de aprender que detrás de cada “estrella” había un corazón agotado.
Erin cerró los ojos y pensó que quizá ese era el verdadero crimen de Hollywood. Convertir a las mujeres en fantasmas brillantes y olvidarse de amarlas mientras aún estaban vivas.
Erin Cross no había nacido todavía en 1962, pero le encantaba el cine clásico.
En la Facultad de Derecho, todas eran fans de Marilyn, incluso ella.
¿Quién no era fan de aquella belleza? La madre de Erin le explicó que la noticia de la muerte de Marilyn cayó como una bomba en Los Ángeles y en gran parte del mundo.
Le decía que había visto guerras impactar menos en los corazones de la gente.
Recordó aquellas palabras de su madre en el salón “…ella y John Lennon fueron el resumen de las consecuencias de la fama y el éxito…”.
Marilyn Monroe fue encontrada muerta en su casa de Brentwood.
El mundo se despertó aquel 5 de agosto de 1962 con titulares que hablaban de sobredosis de barbitúricos, una botella vacía de alcohol en la mesita de noche, una criada que llamó a la policía…
hubo flashes de un millón de cámaras a medianoche, sirenas, periodistas en la puerta de aquella casa y fue cuando se popularizó aquello de “morir joven y dejar un bonito cadáver” por primera vez.
Hollywood era tan peligroso como bailar en el Moulin Rouge, brillante… pero con un final trágico.
Las fotografías de su cadáver recorrieron el planeta.
Una fotografía de ella tumbada desnuda boca abajo en la cama y otra en la camilla con una funda negra cubriendo todo su cuerpo.
Los medios lloraban a la rubia eterna a la vez que devoraban cada detalle como cuervos.
Más tarde, su vida privada fue convertida en un espectáculo póstumo.
No tardó en llegar la conspiración, la interminable madeja de rumores que creció durante décadas.
Erin había oído que la CIA había querido silenciarla, que el FBI borró pruebas, que los Kennedy la habían usado como un secreto incómodo e incluso, que los médicos falsificaron la autopsia.
La convirtieron en un mito envenenado por la duda.
La prensa nunca dejó de repetir su biografía como si fuera una letanía. Niña abandonada, infancia en orfanatos, abusos, un padre que jamás conoció, una madre encerrada en el manicomio que la dejó rota…
Norma Jeane era su verdadero nombre y antes de ser Marilyn Monroe ya cargaba con la tragedia en su espalda.
Después vino el estrellato. Las comedias, las fotografías icónicas y los vestidos hipnóticos.
Y en medio de todo aquello, aquel instante inmortal.
Su voz cantando “Happy Birthday, Mr. President” en el Madison Square Garden.
Suavemente, como un susurro erótico ante millones de espectadores.
Esa canción iba dirigida al presidente John F.
Kennedy, que sonreía entre el público con una mirada difícil de interpretar.
Ese momento quedó grabado como un símbolo de deseo, de glamour… y de pecado.
Erin pensaba en la nota. La que no era una canción.
La carta macabra con un corazón y aquel frío 726 con la frase: “Happy Ending, Miss President”.
El contraste era insoportable. Un mundo que la convirtió en objeto de deseo frente a un asesino que la convirtió en objeto de burla.
El mismo icono utilizado como carne de consumo y de sacrificio a la vez.
Poco después de su muerte, sus vestidos ya se estaban subastando y su lápida en el número veinticuatro de Westwood Village Memorial Park tuvo que ser reparada varias veces porque algunas personas intentaron abrirla en más de una ocasión.
—Marilyn… la novia de América. Te dieron a un país entero como esposo y aun así estabas sola a todas horas.
Comprenderte era fácil, eras una mujer rota en un sistema cruel.
Pero quererte… eso era lo que nadie supo hacer.
No te querían a ti, Norma. Querían a Marilyn.
Querían el vestido, la sonrisa, la rubia perfecta que podían recortar y pegar en sus fantasías.
¿Y Norma Jeane? Nadie la miraba. Nadie la sostuvo cuando el espejo del camerino apagaba las luces.
Respiró hondo, mirando aquellas letras en lo alto de la montaña. Las letras parecían cruces gigantes vigilando desde las colinas, blancas como huesos.
—Hollywood no construye estrellas, fabrica velas. Las enciende para iluminar el espectáculo y las deja arder hasta que no queda nada. Cuando se consumen, cuando ya no brillan, las apaga… y después, solo queda el humo.
Erin continuó su camino. La multitud de turistas fue adelgazando, los actores disfrazados desaparecieron poco a poco y de pronto, las estrellas del suelo se acabaron.
Levantó la mirada y ahora eran otras estrellas las que observaba. Las del cielo, titilando sobre la ciudad del billón de luces. Se había hecho de noche. El neón de los locales se mezclaba con el anochecer de aquella ciudad artificial que intentaba competir con el firmamento.
—¿Cómo destapar algo así? —se preguntaba Erin.
La idea era absurda y casi suicida. Decirle al mundo que detrás de estos asesinatos había un hilo que conducía hasta Marilyn Monroe sería el final de su carrera. ¿Quién iba a creerla?
Si lo mencionaba en público, la tratarían como a una loca, como a una charlatana, como a una fiscal quemada por los titulares.
Sería como investigar el caso Roswell, el 11 de septiembre o la propia muerte de Kennedy…
arenas movedizas de las que nadie regresaba con la reputación intacta.
Erin Cross no iba a darle vueltas públicamente a temas que olían a conspiración y Nuevo Orden Mundial.
Sabía que esas teorías eran como un agujero negro, cuanto más te acercas, más fuerte te succiona.
Y sin embargo, el eco de aquella carta confirmaba parte de la conspiración.
—Esto me viene demasiado grande… Kane tenía razón. Todos tenían razón.
Por primera vez en mucho tiempo, lo admitió para sí misma.
Estaba acostumbrada a juicios duros, a criminales que parecían intocables, a mafiosos con ejércitos de abogados... pero esto… esto era muy diferente.