Capítulo 4 #2
—Los asesinos buscan símbolos, Jack. Dahmer no tenía nada que ver con Bundy. Corazones mal dibujados por un lado, alas por el otro. El segundo es mucho más impulsivo que el primero.
Jack avanzó un alfil.
—Tal vez tienes razón, pero ambos matan sin dejar huellas dactilares.
Erin movió otro peón.
—Sí. Pero uno coloca los cadáveres en exhibición y quiere que lo vean. El método del cazador es más discreto y quirúrgico.
Jack movió el caballo con astucia, defendiendo a un peón a punto de ser eliminado.
—¿Cómo estás tan segura? —preguntó él.
Erin movió su alfil.
—El Cazador de Estrellas es distinto… selecciona a los actores y actrices. Lo suyo no es espectáculo, es castigo. Son dos egos diferentes. Dos partidas distintas. No pueden ser la misma persona.
Jack movió su caballo y eliminó un peón de Erin.
—Pero las partidas se juegan en el mismo tablero, en Los Ángeles.
Las piezas avanzaban con un ritmo silencioso. Jack Malone, concentrado, encadenó un par de jugadas rápidas que barrieron dos peones más y un alfil de Erin. Ella lo observó en silencio, sin mover un músculo.
—Buena jugada —murmuró ella, tejiendo una sonrisa de sorpresa—. Me recuerdas a Bobby Fischer, Jack. Su paciencia, su defensa, su forma de esperar a que el otro se desgaste…
—¿Bobby Fischer? —repitió él orgulloso—. El gran maestro del ajedrez, me gusta…
Erin movió su torre con calma, obligando a Jack a retroceder.
—Jack… ¿Crees que Ray está implicado en esto?
Malone se tensó. Su mano quedó suspendida sobre el tablero, sin saber qué ficha mover.
—No lo sé… pero algo me dice que sí —respondió al fin—. No es tan inocente como aparenta, Cross. El Sheriff me lo colgó del cuello como quien coloca una bomba lapa. Y yo no soy el formador de nadie, mucho menos de un bocazas. Ese chaval necesita que alguien le pare los pies… o la lengua.
Erin levantó la vista, con esa ironía afilada que podía cortar como un hacha.
—Sería importante dejarlo fuera —continuó él—. Es urgente que lo apartes del caso, Cross. Y de paso me librarás de su pesada carga.
Jack movió su caballo y eliminó un alfil de Erin.
Ella lo observó en silencio, luego dejó el otro alfil sobre el tablero y se dirigió hacia él con una frialdad calculada.
—No puedo apartarlo ahora.
—¿Por qué no? —preguntó él.
—Si solo tienes un martillo, todos los problemas te parecerán un clavo, Jack.
Jack arqueó una ceja.
—Ese es justo es el gran error —continuó Erin—, precipitarse está siempre más cerca de caer que de avanzar.
—¿A qué te refieres? No te sigo —confesó Jack.
—Pensar que “importante” y “urgente” son sinónimos.
—¿Y cuál es la diferencia, si se puede saber?
—La capacidad de distinguir entre ambos conceptos es el gran problema de la gente, pero hacerlo reduce la ansiedad y garantiza la eficiencia. Por eso no puedo separar a Ray del caso… todavía.
Erin sonrió y continuó:
—No he llegado a esta fiscalía perdiendo el tiempo con cosas urgentes, Jack. Prefiero centrarme en las cosas importantes.
Jack giró la reina entre sus dedos.
—¿Y cuáles son las cosas importantes para ti, Cross?
—Las que contribuyen a nuestros objetivos a corto y largo plazo, las que no pueden omitirse y deberían ser siempre la prioridad.
—Se inclinó sobre el tablero—. Las cosas urgentes solo exigen velocidad…
y casi siempre son impuestas por terceros.
Muchas cosas urgentes pueden postergarse, delegarse… o incluso ignorarse.
Jack sonrió, moviendo un alfil con desdén.
—¿Y qué sugieres? ¿Que nos quedemos mirando el tablero sin mover ninguna ficha?
Erin movió una torre.
—Sugiero dejar de mirar la primera ficha que tenemos delante. Cada movimiento derriba más de lo que vemos. Si solo pensamos en la urgencia de la ficha que cae ahora, olvidamos al resto… y esas fichas no han desaparecido todavía.
—A veces, Cross… cuando la ciudad arde, no hay tiempo para filosofías de ajedrez. Solo tenemos el tiempo justo para apagar el fuego más cercano.
—Y por eso siempre volverás oliendo a humo —respondió ella moviendo el caballo.
—Eso suena muy bien en las conferencias de Harvard, pero aquí fuera, en Los Ángeles, lo urgente suele llevar pistola.
—Cuidado, Jack. A veces, obsesionarse tanto con un peón es la mejor forma de olvidar quién mueve a la reina. Si Ray está detrás de esto, no estará solo…
Él sonrió, sin contestar. Movió la reina con decisión y se recostó en la silla.
—Jaque mate —dijo Jack.
Casa de Erin Cross en Pasadena
15 de septiembre de 2025
La mesa estaba servida. Pollo asado, ensalada César y dos vasos de agua con hielo. Erin y Lana comían en silencio, los cubiertos chocando de vez en cuando contra la porcelana eran lo único que se escuchaba en el comedor.
No habían vuelto a tener una conversación desde la última vez. Ninguna mencionó nada más sobre aquello, pero el recuerdo aún flotaba como humo invisible entre ambas. El silencio había cubierto la herida, pero no la había curado del todo.
Lana fue la primera en romper el silencio.
—Al final me han cogido en la serie —le dijo con la voz entrecortada, como si dudara de la reacción de su madre—. Summer Heights School, empieza a rodarse en octubre.
Erin levantó la mirada de su plato. Su rostro permaneció inexpresivo, pero sus ojos brillaron con una chispa que Lana reconoció como interés.
—¿La de la central nuclear? Recuerdo que dijiste que te habían rechazado…
—Sí. Eso pensaba, pero al final les gustó mi audición —sonrió forzada, como si temiera que la sonrisa se le rompiera.
—Bien, es un comienzo.
El silencio volvió a asentarse entre ellas, pesado, hasta que Lana respiró hondo y lo volvió a romper.
—Mamá… hay algo más que debo contarte. He conocido a alguien.
Erin dejó el tenedor encima del plato y el sonido retumbó por toda la casa.
—¿Quién? —preguntó.
—Se llama Daniel Moore.
—¿A qué se dedica?
—Es un actor de la serie.
—¿Qué edad tiene?
Erin activó el modo interrogatorio que le salía por defecto en esas situaciones.
—Tiene treinta y seis… —contestó Lana bajando la voz.
El silencio se transformó en una tormenta. Erin se inclinó hacia delante, con la mirada más dura.
—¡¿Treinta y seis?! —gritó escandalizada con la boca llena.
Cogió aire para no estallar en mil pedazos. Pero no pudo contenerse.
—Tú tienes diecinueve, casi la mitad. Eso no es un novio, Lana. Es un hombre que se aprovecha de ti.
—¡No es así! —protestó Lana, clavando las uñas en el mantel—. Él cree en mí, me escucha y me apoya. Gracias a él me han dado el papel. No es como crees mamá, él es distinto.
Erin golpeó la mesa con la palma abierta.
—¡Es un actor de casi cuarenta años que ve a una chica hambrienta de fama y decide meterse en su cama! ¿Eso te parece distinto?
—No entiendes nada. Nunca entiendes nada.
Lana cogió su plato casi intacto y se marchó a su habitación.
—¡Estoy harta de la jueza Cross! —gritó subiendo las escaleras.
—¡Lana! No me dejes con la palabra en la… ¡Vuelve aquí ahora mismo!
Lana cerró la puerta de su habitación con un golpe rotundo y el eco resonó por todas partes.
Erin se quedó sola en la mesa, con los nudillos blancos de tanto apretar los puños.
—Daniel Moore… —murmuró.
Aquel nombre resonaba en su mente con un eco peligroso.
Ovation Hollywood, Centro Comercial en Hollywood Blvd.
16 de septiembre de 2025
El ascensor se abrió y ambos salieron al exterior. Las luces del Ovation Hollywood iluminaban la noche como un escenario que nunca se apagaba. Carteles, pantallas, turistas…
Daniel caminaba al lado de Lana, tranquilo y seguro de sí mismo.
—¿Te va bien cenar aquí? —preguntó él, señalando aquel complejo de restaurantes—. Prometo que no morderé, te dejaré pronto en casa.
Se sentaron en la terraza de un restaurante con vistas a Hollywood Boulevard. Las mesas estaban iluminadas con velas bajas y una brisa cálida movía las servilletas. Lana se acomodó frente a él sin comprender cómo había llegado allí después de aquel casting desastroso.
—¿Sabes una cosa? —empezó Daniel—. La industria es muy bonita por fuera, pero está hambrienta por dentro.
Ella inclinó la cabeza.
—¿Hambrienta?
—Sí. —Daniel Moore esbozó una sonrisa—. La industria devora a los que corren muy rápido. Y a los que tienen talento… más rápido todavía.
—Tú eres actor. ¿Quién mejor que tú para ser mi maestro?
—No basta con ser bueno, hay que ser constante… inteligente…
Sus palabras se colaron en ella como una verdad que nunca había escuchado formulada así. No conocía a mucha gente de la industria.
—Yo no tengo ni idea de cómo moverme por aquí —confesó Lana un poco avergonzada.
—Y aun así conseguiste un papel.
Lana bajó la mirada.
—Sin ti no lo hubiera conseguido nunca.
—No sé de qué me hablas… —respondió él con un tono bromista.
—Me siento afortunada de que… alguien como tú me esté guiando —admitió ella, casi en un susurro.
Daniel inclinó un poco la cabeza, con esa elegancia que parecía natural en él.
—No es suerte… —dijo sonriendo—. Solamente estuviste en el lugar correcto en el momento indicado… y yo también.
Daniel sostuvo la mirada de Lana un segundo más de lo habitual. Había algo en sus ojos. No parecía admiración, ni sorpresa. Lana lo interpretó como curiosidad, como si quisiera descubrirla poco a poco.
La música del local parecía bajar el volumen a propósito. O quizá fuera su corazón acelerándose que la ensordecía.
Daniel acercó su silla a la de ella y apoyó los dedos cerca de los suyos, sin tocarla todavía.
—Lana… hay personas que pasan delante de nosotros como si fueran sombras. Pero la primera vez que te vi… —Su voz se volvió suave, íntima— no podía dejar de mirarte.