Capítulo 4
El Cazador de Estrellas
Hall de la Fiscalía del Distrito del Condado de Los Ángeles
El atril estaba colocado frente a la fachada de la Oficina del Distrito, en el Downtown.
Banderas del condado y del estado ondeaban tras el podio.
El sol de la mañana caía con dureza sobre los periodistas agolpados en aquel lugar, con micrófonos extendidos como lanzas y cámaras retransmitiendo en directo para toda la nación.
A la derecha del atril, imponente con su sombrero de ala corta y la placa brillando en su pecho, estaba el Sheriff del Condado de Los Ángeles, con el rostro serio y los brazos cruzados. A la izquierda, con traje gris y mirada de acero, la fiscal Erin Cross.
El murmullo de la prensa se detuvo en cuanto ella se inclinó hacia el micrófono.
—Buenos días. Mi nombre es Erin Cross, Fiscal del Distrito, encargada de Homicidios y Crimen Organizado del Condado de Los Ángeles.
—Su voz salió con seguridad, sin temblor, cargada con una autoridad que no dejaba espacio a dudas—.
Estamos investigando los asesinatos de la actriz Sophie Duval y del actor Jacob Heller.
Dos crímenes distintos, dos escenas diferentes.
Un murmullo recorrió entre los periodistas. Erin clavó la mirada en ellos como si fueran un jurado popular. Pero no se detuvo.
—No vamos a especular. Lo que puedo confirmar es que trabajamos bajo varias hipótesis. Y si algún asesino en serie operase en nuestra ciudad, puedo asegurarles que no permitiremos que convierta Los Ángeles en su escenario.
Un periodista levantó la voz:
—¡Fiscal Cross! ¿Es cierto que han aparecido cartas con símbolos y números similares al caso del asesino del Zodiaco en los años sesenta?
Erin no se lo podía creer, ya se había filtrado lo de las cartas.
—Es cierto que hay cartas. Y también es cierto que no vamos a alimentar la desinformación con comparaciones fáciles. Los Ángeles no es San Francisco. Por favor, les pido prudencia.
El Sheriff dio un paso al frente y reforzó sus palabras con su voz grave.
—Nuestras unidades están trabajando día y noche. La ciudad está segura. Quien crea que puede aterrorizar a esta comunidad descubrirá muy pronto que no tendrá dónde esconderse.
Otra periodista gritó:
—¿Han identificado a algún sospechoso? ¿Se baraja la posibilidad de que se trate de alguien de la industria de Hollywood?
Erin respondió sin titubeos.
—Cada pista está siendo investigada. Nadie está por encima de la ley en este país, ni actores, ni productores… nadie. El que crea que puede matar estrellas y dejar una carta mal escrita, verá que la única tinta que quedará será la que escriba su sentencia. Muchas gracias.
Las cámaras dispararon ráfagas de flashes. Erin se retiró del micrófono sin aceptar más preguntas, dejando al Sheriff para el cierre.
Los titulares ya estaban escritos:
«El Cazador de Estrellas».
«Un nuevo asesino en serie en Los Ángeles».
Casa de Erin Cross en Pasadena
15 de septiembre de 2025
Mensaje de Daniel Moore a Lana Cross:
—Lana, te han cogido.
—¿Quieres quedar mañana y tomamos algo… Samantha?
—Es la excusa perfecta para verte. Felicidades, preciosa.
Fiscalía del Distrito de Los Ángeles
15 de septiembre de 2025
Erin Cross llevaba horas encerrada en su despacho.
El reloj marcaba las ocho de la tarde y la luz blanca del flexo iluminaba montones de carpetas apiladas sobre su escritorio.
Quinientos expedientes revisados en esas semanas.
Asesinatos de toda clase, robos frustrados, ajustes de cuentas, violencia doméstica, crímenes por cuatro dólares entre adictos…
Cada carpeta abierta y cerrada era un golpe a su paciencia.
Nada. No había nada.
Ni una carta. Ni un número. Ni un símbolo.
Lo único que tenían en común eran cadáveres y sangre, como si toda la ciudad fuera un catálogo de muerte ordinaria.
Erin se quitó las gafas de cerca, se frotó los ojos y dejó escapar un suspiro contenido.
—El asesino no improvisa. No copia. Es único. Y eso lo hace aún más peligroso —murmuró.
Se levantó, caminó hacia la ventana despacio y miró el perfil oscuro de Los Ángeles, extendiéndose como un monstruo dormido. A esas horas, incluso la ciudad parecía esperar el próximo golpe.
Jack Malone asomó el cuerpo ancho y cansado por la puerta, con su camisa arrugada y el mismo gesto chulesco de siempre.
—Ray está aparcando —dijo entrando en el despacho.
Se dejó caer en la silla frente al escritorio de Erin.
—Te traigo noticias nuevas.
Erin se dirigió a él lentamente.
—Habla.
—Hemos dado con El Flaco.
Jack abrió una carpeta y dejó unas fotografías sobre la mesa. Se trataba de un mexicano con sobrepeso, mirada huidiza y tatuajes por todo el cuerpo.
—Es Julio César Aguirre, un camello de poca monta de Skid Row… un viejo conocido —continuó—. Ray y yo le interrogamos. No sabe nada de las cartas, ni de Sophie Duval, ni de Jacob Heller… tiene coartada, Cross.
Erin miró las fotografías de aquel tipo.
—¿Y le crees? —preguntó Erin.
Jack se encogió de hombros.
—A un camello nunca se le cree del todo, pero no parece el tipo de persona que deja mensajes escritos en papel, eso es más propio de un psicópata.
Jack guardó silencio unos segundos, como si midiera el peso de lo que venía. Luego apoyó los codos sobre la mesa.
—Cross, hay algo más… —dijo Jack, bajando la voz.
Erin lo miró fijamente a los ojos, esperando la siguiente frase.
—Es sobre Ray. Ese niñato siempre está de cachondeo… no me gusta cómo está llevando el caso. No quiero trabajar con él.
—¿A qué te refieres? —preguntó Erin.
—No sé, Cross… con el Flaco, más que un interrogatorio parecía un monólogo. Preguntas fuera de lugar, risas, hasta le preguntó que si había vendido drogas en fiestas de famosos. Ni un puto gramo de seriedad.
Erin lo escuchaba sin pestañear.
—Pero lo que más me preocupa —continuó— fue lo que ocurrió en la casa de Jacob Heller.
—Jack bajó más la voz—. Ray fue directo a la habitación y encontró la carta en la mesita de noche.
Demasiado rápido. Como si supiera que la carta tenía que estar ahí.
Yo lo seguí… y menos mal… porque cuando la levantó, tenía esa mirada…
me dio la impresión de que quería guardarla en el bolsillo.
No sabría explicártelo, Cross. No tengo pruebas, solo instinto.
Pero te lo digo claro. Si no hubiera estado yo ahí, hoy no sé si tendríamos la carta 1183 en nuestras manos.
El silencio se espesó en el despacho. Erin sostuvo la mirada de Jack, pensativa.
—Lo siento, no me gusta sembrar dudas sin pruebas, Cross… pero tenía que decírtelo.
—Has hecho bien, Jack —contestó ella al fin—. No te preocupes, no le quitaré el ojo de encima.
La puerta se abrió de golpe y Ray entró a toda prisa, todavía con las llaves del coche en la mano. Llevaba la chaqueta mal cerrada y una sonrisa cansada, como si hubiera corrido desde el aparcamiento.
—Perdón. El tráfico aquí está imposible —dijo, sentándose junto a Jack.
—Ya me ha contado lo de ese camello de Skid Row —dijo Erin, dirigiéndose a Ray seria.
—También hemos investigado más sobre Jacob Heller —añadió Ray—.
El angelito tenía más mierda de la que pensábamos.
Al parecer, aquellas acusaciones de abusos sexuales a menores no eran solamente “presuntas”, no sabemos cómo no terminó entre rejas.
Tenía varias, unas veinte. Ninguna llegó a juicio… por arte de magia.
—¿Y eso cómo ha podido suceder? —preguntó Erin confusa.
—Contrató a los mejores psicólogos forenses de Los Ángeles. Todos coincidieron en lo mismo: los testimonios eran débiles, inducidos y poco fiables. El cabrón compró su inocencia, Cross —contestó Ray.
Jack gruñó, apretando la mandíbula.
—Un depredador que jamás pisó la cárcel —afirmó Jack.
Erin entrelazó los dedos sobre el escritorio, procesando la información. Su mirada era la de alguien que no solo veía los hechos, sino el patrón detrás de ellos.
—Sophie Duval… metida en tráfico de drogas, una actriz desesperada por un papel. —Erin volvió a girarse hacia la ventana—. Jacob Heller… un actor con nombre en Hollywood, acusado de abusar de menores, protegido por dinero y contactos…
Hizo una pausa y se giró nuevamente hacia los policías.
—No se trata de un asesino al azar. El que está detrás no mata porque sí. Está eligiendo a las víctimas de la industria, gente podrida, estrellas caídas. Cada carta, cada número… es su firma.
—¿Qué significa eso? —preguntó Jack.
—Que el Cazador de Estrellas es alguien que conoce Hollywood desde dentro. Alguien que lo odia. Y antes de que me preguntes… yo diría que no estamos buscando a un vagabundo ni a un fanático trastornado. Podríamos estar buscando a un productor, un actor o un director.
Ray levantó una ceja.
—Un productor asesino en serie… eso sí que sería la película del año.
—Esto no es una película, Ray —dijo Erin—. Y si tengo razón, la próxima víctima ya está elegida.
El despacho se quedó unos segundos en silencio, pero Erin lo rompió enseguida.
—Ray, márchate —ordenó—. Necesito pensar un momento a solas con Malone.
Ray frunció el ceño, como si fuera a protestar, pero la mirada de Cross fue suficiente para que se levantara. Cogió su chaqueta y salió del despacho arrastrando los pies.
Jack Malone permaneció quieto, serio y con las manos en los bolsillos. Erin no habló de inmediato. Abrió el cajón inferior de su escritorio y sacó un objeto envuelto en una tela oscura que desplegó sobre la mesa. Era un tablero de ajedrez de madera.
—Juguemos, Jack. Necesito esclarecer mis ideas.
Él sonrió, con la familiaridad de quien conocía ese ritual. No era la primera vez. Cada cierto tiempo, cuando la presión la devoraba, ella sacaba el tablero y echaban una partida de ajedrez. No era un juego, era un método particular para pensar.
Erin colocó las piezas.
—Blancas para ti —indicó Erin.
Jack movió su primer peón.
—Tenemos dos asesinos sobre la mesa, Cross. El Cazador de Estrellas y el Ángel de la Autopista. ¿Crees que están conectados?
Erin movió su caballo sin levantar la vista.