Capítulo 3 #3
Erin Cross daba vueltas a un bolígrafo, sin apartar la vista del televisor, cuando la puerta del despacho se abrió despacio.
Clara Hale asomó primero la cabeza y luego el cuerpo entero, con un gesto preocupado. Traía consigo la misma carpeta con la que siempre se paseaba de un lado al otro.
—Me acabo de enterar —dijo con un tono bajo y respetuoso—. Está en todos los canales.
Erin no se movió.
—Lo estoy viendo en directo —contestó Erin sin mirarla a la cara.
Clara avanzó un paso más, enderezando sus gafas.
—Solamente quería decirte algo, Cross. Si necesitas cualquier cosa, solo tienes que decírmelo. No tienes que cargar con esto sola.
Erin giró la cabeza hacia ella, con una mirada dura y un gesto de gratitud frío.
—Lo tendré en cuenta —respondió.
Clara asintió, como si entendiera que de Erin nunca saldría un “gracias” en voz alta y retrocedió, cerrando la puerta.
El televisor mostraba ahora la imagen del cuerpo de Jacob Heller siendo trasladado en una bolsa negra. Erin apagó el televisor de golpe, pero el silencio que quedó fue aún más pesado.
El teléfono fijo del despacho sonó con ese timbre grave que siempre parecía más urgente que el resto de cosas.
—Erin.
La voz al otro lado no necesitaba presentación. Thomas Varela sonaba con tanta determinación como en sus mejores días en el tribunal, aunque arrastraba una preocupación que pocas veces dejaba ver.
—Lo sé, Thomas —se adelantó Erin—. Justo ahora acabo de apagar la televisión.
—Me acaba de llamar el juez Pomeroy para contármelo. No puedes apagar todas las pantallas del país.
Erin cerró los ojos un instante, respirando hondo.
—Ya lo sé, Thomas, ya lo sé… pronto sabrán que soy la fiscal que lleva el caso y se presentarán aquí.
—Yo también sé algo, que no me harás caso —replicó—, pero tengo que decírtelo de todas formas. Pásale este caso a otro fiscal. Estos casos desgastan, no deberías ponerte en el punto de mira.
Erin se levantó y miró por la ventana.
Desde su despacho se veía el Downtown de Los Ángeles, con los edificios brillando al sol como cuchillas de cristal.
—Thomas, sabes que no puedo hacerlo, no me enseñaste a rendirme.
—Precisamente por eso me preocupo —contestó—. No eres inmune, Erin. Y este caso tiene pinta de convertirse en un espectáculo mediático. El Sheriff querrá que salgas a hablar con los medios, que seas la que dé la cara frente a la prensa.
—Entonces, hablaré —respondió con decisión.
—No tienes por qué, Erin. —El juez bajó un poco el tono—. Hay demasiados tiburones esperando a que des un paso en falso.
Hubo un silencio breve y pesado que Erin rompió con la misma voz cortante que solía usar en sala.
—Lo que me desgasta, Thomas, no es la prensa. Es dejar que un asesino crea que puede mandar cartas y dictar el ritmo de esta ciudad.
Al otro lado de la línea, el juez suspiró, resignado.
—Entonces haz lo que mejor sabes hacer —dijo Thomas rindiéndose—. Pero recuerda… la espada también se cansa de cortar.
Erin pasó varias horas con el despacho en penumbra cuando la puerta se abrió sin previo aviso. Jack Malone entró primero, con un traje arrugado y el cansancio colgándole de los hombros, seguido de Ray, que traía una sonrisa torcida y una carpeta bajo el brazo.
Ray dejó el sobre de pruebas sobre la mesa de Erin.
—Tenemos otra —dijo Ray.
Erin abrió el sobre con calma, desplegando la bolsa transparente que había en su interior. Se trataba de otra carta, con el número 1183 escrito igual que la primera y con el mismo símbolo del corazón inacabado.
Ray se apoyó en el respaldo de la silla y dijo:
—Bueno, por lo menos es poético. Igual deberíamos llamar a un crítico literario en lugar de al forense.
Jack lo fulminó con la mirada y se volvió hacia Erin.
—El patrón es claro —continuó Jack Malone—. Sophie Duval fue la primera. Jacob Heller, el segundo. Dos cartas, 1182 y 1183.
Ray levantó una ceja, mientras jugueteaba con un bolígrafo del escritorio de Erin.
—¿Qué hacemos ahora, Cross? ¿Esperamos a que llegue la carta 1184 para confirmarlo? Porque a este paso nos va a escribir un libro de proverbios.
Erin se levantó y se cruzó de brazos mirando por la ventana.
—Esto no es un juego de números, Ray. Cada cifra es una vida y yo no pienso esperar al siguiente. —Hizo una pausa—. Pero… ¿1182? ¿1183? Eso significaría que alguien habría matado a 1183 personas…
—Eso es imposible —contestó Jack Malone.
—Bueno… Hitler… —replicó Ray levantando el dedo, pero no continuó porque ya tenía los ojos de Erin encima mirándolo con furia.
—Lo está consiguiendo, cada canal de televisión está montando su propio circo —añadió Jack Malone con un tono serio.
—Quiero encima de mi mesa todos los expedientes de los últimos quinientos homicidios de Los Ángeles. Habla con Clerk y dile que lo ordena Cross —dijo Erin dirigiéndose a Jack Malone—. Ray, tú consígueme el perfil psicológico y los antecedentes de Jacob Heller.
Ninguno de los dos se movió.
—¡Ahora! ¡Ya! ¡Vamos! —ordenó Erin.
Erin se quedó sola en su despacho. Sostenía la carta con el corazón dibujado, brillando bajo el plástico.
—Si este cabrón quiere escribir una historia de sangre, me aseguraré de que el último capítulo lo firme conmigo —murmuró.