Capítulo 3 #2
Un hombre moreno, con el cabello peinado hacia atrás y la mandíbula marcada.
Aquel hombre la miraba fijamente. Le llamaron la atención sus ojos azules, de un tono tan claro que parecían observarla incluso cuando parpadeaban.
Cuando ambos se encontraron en aquel juego de miradas, él le sonrió con cierta timidez.
Esa sonrisa le descolocó algo por dentro. Sintió el guion temblando en sus dedos.
La voz grave del director, el de la silla central, que llevaba gafas oscuras incluso detrás de la oscuridad de los focos, resonó en la habitación.
—Lana Cross, vamos a hacer la escena del profesor. Empieza cuando quieras.
Lana imaginó el aula que describía el guion. El profesor, el pupitre, la tensión en el pasillo y entonces, levantó la mirada.
—Samantha… cierra la puerta, por favor —decía el director interpretando desde su asiento mientras leía el guion.
Lana obedeció, imaginando la puerta a su espalda.
La sombra del hombre de los ojos azules seguía fija en ella desde la cuarta silla. Casi podía sentirla en su nuca.
El director continuó:
—No deberías estar aquí a estas horas.
Lana levantó ligeramente la barbilla, buscando la emoción correcta entre el miedo y la determinación.
—No sabía que estaba aquí. ¿Por qué me mira así, profesor?
La frase salió firme esta vez, con un matiz que ni ella esperaba.
Hubo un murmullo suave entre aquel jurado. El director pausó la lectura, ladeó la cabeza y le dijo algo al oído a la chica rubia.
—Es suficiente. Gracias Lana, te llamaremos —dijo aquella chica.
No lo dijo con brusquedad, ni con amabilidad. Solo parecía un punto y final. Ese “te llamaremos” sonó como un portazo.
Lana sintió cómo toda la tensión, toda la energía que había juntado para el casting, se derrumbaba silenciosamente dentro de ella. Asintió sin decir una palabra y caminó hacia la puerta evitando mirar a aquel hombre, aunque sabía, sentía… que él seguía observándola.
Fue directa al lavabo. Apoyó las manos en el borde del váter y dejó caer la cabeza. Tenía ganas de vomitar, pero estaba tan nerviosa que no pudo. Se le escapó un sollozo, luego otro, no quería llorar allí, pero no tuvo elección. Se cubrió la boca con la mano para ahogar el sonido.
Lana pasó diez minutos en el baño, sentada sobre la tapa, respirando cada vez más despacio. Se sentía ridícula, pero terminó limpiándose las lágrimas y comprobó en el espejo que sus ojos no estaban tan rojos como para delatarla al salir de allí.
Salió al exterior del edificio a toda prisa. Y allí estaba él.
El hombre de los ojos azules estaba apoyado contra su coche, con un pie apoyado en la rueda, fumando algo que desprendía un olor dulce e intenso. El humo de la marihuana ascendía en espirales y penetraba en las fosas nasales de Lana.
La miró de nuevo y sonrió.
Ella sintió el primer impacto en el pecho, un choque inevitable. Un flechazo confuso, involuntario, como si su corazón hubiera decidido adelantarle sin pedirle permiso.
—Mi nombre es Daniel Moore —dijo él sonriendo.
—Yo soy…
—Lana Cross, lo sé —interrumpió—. Te he escuchado en la sala y después también, cuando he pasado por la puerta del baño.
Ella se tensó. Daniel Moore levantó las manos, como diciendo: “no te asustes”.
—Perdona —añadió—. No era mi intención. Solo… escuché que llorabas.
Lana le apartó la mirada, avergonzada.
—No era nada —murmuró.
—No sabía —dijo bajando la voz— que te haría tanta ilusión salir en Summer Heights School.
Daniel inclinó la cabeza, estudiándola con una mezcla de interés y ternura.
—Yo soy el profesor —añadió con una sonrisa.
Ella lo miró, incrédula.
—¿De verdad? —preguntó bloqueada.
—No sé si crees en el instinto —dijo Daniel, acercándose un centímetro más—, pero hay miradas que cuentan una historia incluso antes de que empiece.
—¿Tú crees? —preguntó Lana sonrojándose.
—Nunca he visto a una chica como tú, Lana Cross —soltó él, con una calma que parecía estudiada e irresistible a la vez.
Las palabras le cayeron encima como una caricia inesperada. Lana sintió que aquel aparcamiento se hacía un poco más estrecho cada vez. Daniel levantó el porro que todavía humeaba entre sus dedos.
—¿Fumas?
—Sí, claro —mintió ella.
El humo le quemó la garganta con la primera calada. Tosió fuerte, doblándose un poco hacia delante mientras los ojos le lagrimeaban.
Daniel soltó una carcajada, pero no con burla.
—Tranquila… esta es de las fuertes. La compro en Skid Row. Toma. Para las noches largas —dijo entregándole una bolsita pequeña de marihuana.
—Gracias —contestó ella, colocándose bien el pelo tras la oreja.
—Lana —dijo antes de despedirse—. ¿Me darías tu teléfono o lo robo de la solicitud que enviaste para el casting?
Casa de Erin Cross en Pasadena
31 de agosto de 2025
Cuando Erin abrió la puerta de su casa, lo primero que sintió no fue la calma habitual de su refugio, sino un sollozo apagado. La luz del pasillo se filtraba desde el comedor y allí encontró a Lana, encogida en el sofá, con el guion arrugado entre sus manos y el rímel corrido.
—¿Qué te ocurre, Lana? ¿Estás bien? —preguntó Erin preocupada.
—Nada… lo de siempre. —Lana se limpió las lágrimas con la manga—. No me quieren en ningún sitio. No sirvo. Otro “ya te llamaremos”...
Erin frunció el ceño y caminó hacia su hija, pero el olor llegó antes de poder acercarse a ella.
Un aroma dulzón y pegajoso que no pertenecía a la casa le invadió de repente.
Erin se inclinó, metió la mano en el bolso de Lana sin permiso y encontró un paquetito de plástico que sobresalía en su monedero.
Lo sacó y lo sostuvo delante de Lana como si fuera dinamita.
—¿Marihuana? ¿En mi casa? —preguntó Erin sin esperar respuesta.
Lana intentó hablar y se reincorporó, pero el tono de su madre la aplastó antes de poder articular una palabra.
—¿Así piensas abrirte paso en esta ciudad? ¿Apestando a porro? ¿Crees que vas a conseguir algo así en la vida, Lana?
La joven bajó la mirada para no mirarla a los ojos.
—Mírame —ordenó Erin—. ¿Sabes a quién me recuerdas ahora mismo?
Lana tragó saliva, temblando.
—A tu padre.
El silencio cayó como una roca en su cabeza.
—Él también se ahogaba en humo y alcohol cuando la vida no le salía como quería. ¿Quieres terminar como él? —preguntó.
Lana negó con la cabeza, llorando.
—Entonces no me obligues a verte convertida en su reflejo. Porque yo no pienso perdonarlo dos veces.
Erin se dirigió al baño, lanzó al interior del váter la marihuana y tiró de la cisterna, mientras Lana se quedó hundida en lágrimas sin moverse del sofá.
Fiscalía del Distrito de Los Ángeles
3 de septiembre de 2025
El reloj del despacho marcaba las nueve de la mañana cuando el teléfono de Erin sonó. Ella levantó el auricular sin apartar la vista del expediente de Sophie Duval.
—Cross.
Al otro lado, la voz de Ray se escuchaba con demasiado ruido de fondo.
—Dime, Ray, no te escucho bien. ¿Dónde estás? —preguntó Erin.
—Enciende la televisión.
Ella frunció el ceño. Agarró el mando y pulsó el botón de encendido de la pequeña televisión que había en su despacho.
En la pantalla apareció el caos. Cámaras, reporteros y un cordón policial rodeando un chalet en Hollywood Hills. Los rótulos rojos en la parte inferior devolvieron a Erin el mensaje que Ray quería transmitirle:
«Última hora: Jacob Heller ha sido hallado muerto en su casa».
Erin se enderezó en su silla.
—¿Qué demonios ha pasado? —preguntó Erin.
Ray respiró hondo al otro lado del auricular.
—Jacob Heller. ¿No sabes quién es? —preguntó Ray extrañado—. El de la serie de superhéroes que cancelaron en la tercera temporada. Estuvo acusado por presuntos abusos a menores. Lo encontraron esta mañana en la piscina de su casa, boca abajo.
—¿Y? —soltó ella—. Ray, no me encargo de cada muerte de esta maldita ciudad. La próxima vez no te saltes al forense cuando quieras contarme un cotilleo. Llámame cuando muera Oprah Winfrey, Richard Gere o alguien que me importe —le recriminó.
—No, Cross. Escucha —insistió Ray—. Estamos en la escena del crimen. Este tío recibió la misma carta que la actriz de Skid Row, estaba en su mesita de noche. Así que hay un patrón…
Erin apretó la mandíbula, cerró los ojos y respiró hondo.
—Lo que tenemos es un problema de los grandes… —contestó ella.
—Todos los medios están en la puerta —añadió Ray—. Los Angeles Times, TMZ, la Fox News, la BBC… ya hablan de un nuevo asesino en serie en Hollywood. Y están mencionando a Sophie Duval en todas sus emisiones.
En la televisión, un reportero gritaba frente a la cámara:
«Fuentes cercanas apuntan a que podría tratarse de un asesino en serie que ya se cobró la vida de la joven actriz Sophie Duval la semana pasada en Skid Row. Ahora, con la muerte del actor Jacob Heller, Hollywood tiembla de nuevo ante un…».
Erin volvió a su conversación con Ray.
—Ray, cuando terminéis os quiero ver en la fiscalía, a los dos. Y traedme esa carta —ordenó Erin.
—Estás en directo, Cross. Tu nombre saldrá en cualquier momento.
Erin colgó y quitó el sonido de la televisión de golpe.
Aún en silencio, las imágenes lo decían todo. Helicópteros sobrevolando Hollywood Hills, periodistas creando un muro humano en la entrada de la casa de aquel actor, micrófonos apuntando hacia un portón cerrado.
El rótulo seguía fijo:
«Jacob Heller asesinado»