Capítulo 3
Caso mediático
Urth Caffé en Beverly Hills
La cafetería Urth Caffé en Beverly Hills era el punto de encuentro favorito de los jueces. Normalmente estaba medio vacía a las tres de la tarde, era una hora perfecta en la que los abogados ya habían regresado a sus despachos y los estudiantes de derecho todavía no habían salido de clase.
Erin Cross sostenía una taza de café entre las manos, mientras a su lado se sentaban dos de sus pocas amigas de verdad.
Cecilia Novak tenía cincuenta y ocho años, era una mujer de complexión delgada, pelo corto teñido de un rubio ceniza y unas gafas que siempre parecían estar a punto de resbalarle por la nariz.
Era la jueza que tuvo el coraje de imputar al marido de Erin Cross en el pasado, y desde entonces su amistad se había vuelto casi en un pacto de sangre.
Cecilia hablaba poco, pero cuando lo hacía, sus palabras tenían el peso de un martillo en un juicio.
Marjorie Hensley, de cincuenta y seis años, era el polo opuesto.
Una mujer robusta, hiperactiva, con una melena gris recogida sin mucho cuidado y un aire vivaz que desentonaba con la serenidad de los estrados.
Era famosa entre colegas de profesión por sus comentarios mordaces en mitad de las audiencias más tensas, una irreverencia que muchos le perdonaban porque al final, siempre dictaba sentencias certeras.
—¿Os acordáis del caso Ortega v. Bugliosi? —preguntó Cecilia, removiendo lentamente el terrón de azúcar en su taza—. Aquel que juraba que las voces de la radio le obligaban a disparar.
Erin asintió.
—Por supuesto —contestó Marjorie—, el jurado estaba dividido. La mitad convencido de que estaba loco, la otra mitad de que era un psicópata de manual.
—Y tú, Erin, allí arriba, con esa cara de hielo —continuó Cecilia—.
El público no paraba de hablar en medio del juicio.
Todavía recuerdo cuando aquel abogado te dijo: «¡apágueme esas voces señoría!
» para que la gente se callara. Tú lo fulminaste con la mirada y le respondiste: «Su señoría no es un técnico de sonido».
Las tres rieron a la vez. Incluso Erin, que rara vez se permitía ese gesto, dejó escapar una risa corta mirando la taza de café.
—Lo que más me impresionó —añadió Cecilia— fue cómo aguantaste sin pestañear cuando enseñaron aquellas fotografías. La niña de siete años…
Marjorie se puso las manos en la boca horrorizada.
—Es parte de nuestro trabajo —respondió Erin—. No podía mirar hacia otro lado.
Marjorie levantó la mano como si pidiera el turno en clase.
—Sí, sí… pero yo siempre diré que lo mejor fue el tipo aquel que se presentó con su propio abogado.
—Hizo un silencio esperando que recordaran el momento—.
¡Un primo suyo que parecía que apenas había terminado secundaria!
¿Os acordáis? La fiscalía casi se cae al suelo de la risa y tú, Erin, con toda la seriedad del mundo dijiste: «el tribunal no admite representantes que aún no puedan comprar cerveza legalmente».
Las carcajadas resonaron en la mesa de nuevo. Erin volvió a sonreír, esta vez más abiertamente, haciendo que el peso de los expedientes y de los crímenes que tenía pendientes quedara a un lado.
—Erin… —dijo Cecilia con precaución—. El juzgado no es lo mismo sin ti. Te lo digo en serio. A veces echo de menos tu mirada de basilisco cuando un abogado empieza a improvisar.
Marjorie rió con un gesto exagerado.
—Desde luego, Cross. La sala es mucho más aburrida desde que no estás. Yo hago chistes, pero no son lo mismo, todos se ríen. De verdad, nadie calla a la gente con solo levantar una ceja como tú.
Erin escuchó en silencio mirando su taza.
—Dejé esa silla porque ya no era mi lugar —respondió Erin con calma—. Ya lo hemos hablado otras veces.
—Puede ser —respondió Cecilia—. Pero nos falta alguien que no se doblegue. Tú eras el peso de la sala, Erin. Sin ti, los juicios se sienten más… más… vacíos. Varela piensa que algún día esa Clara Hale ocupará tu lugar… pero no te llega ni a la suela de los zapatos.
Marjorie le dio un sorbo al café y bajó la voz.
—Y hablando de peso… ya nos hemos enterado de lo que te ha caído encima. La actriz muerta en Skid Row. El rumor corre como la pólvora por los pasillos del juzgado.
Erin sostuvo la mirada de ambas sin sorpresa.
—Sí, me lo asignaron. Me apasionan los casos sencillos —respondió con ironía.
—¿Y qué tenéis hasta ahora, Cross? —preguntó Marjorie.
—Encontramos una carta. Números, un corazón mal dibujado y una frase escrita que parece una amenaza. «El suelo de Los Ángeles merece tener algo tuyo, estrella» —recitó de memoria.
—¿Hará referencia a las estrellas del Paseo de la Fama? —preguntó Cecilia—. ¡Qué macabro! Detrás de todo eso siempre hay un fanático, un psicópata o un familiar directo.
—Otro asesino del Zodiaco —añadió Marjorie—. Solo faltaba eso.
Cecilia chasqueó la lengua.
—Pues espero que este no empiece a mandar cartas a los periódicos. Ya sabes cómo terminó aquello —le recordó Cecilia.
—No conozco a ese asesino del Zodiaco —reconoció Erin.
Marjorie se inclinó sobre la mesa con un deje sombrío en la voz.
—La fiscal de la bahía de San Francisco se volvió loca con ese caso, Cross —comenzó Marjorie—. Rondaba en los años sesenta. Nunca lo atraparon. El tipo jugaba con ellos como juega un gato con un ratón.
Cecilia asentía desde su asiento mirando a Erin, que estaba atenta a las palabras de Marjorie.
—Y tú sabes mejor que nadie lo que eso significa… un asesino que escribe a un periódico es un asesino con un guion. Busca un escenario, y esta ciudad tiene demasiados focos para alguien así.
Erin se recostó en su silla, sin apartar la mirada de la taza ya fría.
—Que lo intente —dijo levantando la cabeza—. Yo no soy la fiscal de los sesenta, ni esto es la bahía de San Francisco.
Las horas pasaron como pasa una brisa de aire, la tarde caía sobre Beverly Hills, con las palmeras recortadas contra un cielo que se teñía en color naranja.
Erin Cross salió de la cafetería con la chaqueta colgada en el antebrazo y la mente aún vibrando. Se metió en su BMW Serie 5 de color negro con intención de volver a casa, pero un nombre en la pantalla de su teléfono la hizo suspirar antes de arrancar el motor. Michael Kane.
—Kane, dime que no estás detrás de Justin Bieber haciendo el ridículo otra vez —dijo Erin al descolgar, con ese tono de amistad envenenada que solo usaba con él.
—Ojalá, Cross. —Al otro lado, la voz de Kane tenía una mezcla de entusiasmo y gravedad que ella ya sabía reconocer como información jugosa—. He estado escarbando en el pasado de Sophie Duval, la actriz muerta de Skid Row.
Erin frunció el ceño y concentró su atención en sus palabras.
—Habla —ordenó.
—Resulta que la señorita estrella tenía más sombras que luces —dijo con convicción—.
He conseguido un registro sellado de Atlantic City.
Hace unos años la detuvieron con un grupo de chicos en un motel por tráfico de drogas.
No la procesaron porque su padre es un pez gordo de allí…
al final el caso se perdió entre tecnicismos.
Pero ahí está, escrito en papel, con su nombre y apellido.
Erin se quedó en silencio unos segundos, masticando esa información.
—¿Estás seguro de la fuente? —preguntó con cierta desconfianza.
—Tan seguro como de que ahora mismo un paparazzi sigue a Ben Affleck por un supermercado —respondió él—. Es auténtico, Cross. Sophie Duval no era solo una actriz, esa chica tenía cuentas pendientes. Quizá fuera un ajuste de cuentas.
—Sería la primera vez que en un ajuste de cuentas hay una carta con una amenaza y un corazón mal dibujado, ¿no crees, Kane?
Erin apretó el puño, mirando el tráfico pesado de Beverly Hills como si las piezas del rompecabezas se multiplicaran.
—Bien, mándamelo todo. Pero escucha… —Erin bajó la voz, cargándola de esa dureza que lo mantenía a raya—. No me importa cómo has conseguido esa información, pero si esto aparece en TMZ antes que en mi escritorio, seré yo la que te persiga a ti por los supermercados.
—Siempre tan dulce, Cross —soltó él en un suspiro—. Te lo envío ahora.
Erin colgó sin despedirse.
El reflejo de su rostro en el cristal del coche le devolvía la misma idea. Sophie Duval ya no era solo víctima, tal vez había sido jugadora y eso hacía el tablero mucho más peligroso.
Bounty LA, Talent Agency
31 de agosto de 2025
Lana Cross llevaba diez minutos sentada en una silla de plástico que se movía y hacía ruido cada vez que cambiaba de postura. No lograba quedarse quieta.
Sostenía un guion entre sus dedos, con las hojas impresas en un papel tan fino que parecía que se iban a romper con el sudor de sus manos.
Tenía que representar la escena 3: “Samantha entra al aula”.
Ni siquiera sabía quién era Samantha, solo había respondido a un anuncio que decía: “Casting, nueva producción, se buscan chicas jóvenes”. En ese anuncio hablaban de la serie vagamente, la historia de un instituto al lado de una central nuclear.
Mientras una lámpara parpadeaba sobre su cabeza, Lana intentó repasar su línea, la única que se le quedaba fija en la memoria.
—No vuelvas a mirarme así, profesor —repetía para sí misma.
La puerta, con una pegatina roja donde ponía ROOM 12 AUDITIONS, se abría de vez en cuando y salía alguna chica con un uniforme escolar.
Una mujer rubia, demasiado rubia para ser natural, apareció de golpe por el pasillo.
—¿Lana Cross? —preguntó sin sonreír mirando a un puñado de chicas que esperaban ahí fuera.
—Sí…—respondió ella—. Soy yo.
—Te toca.
Lana se levantó a toda prisa y se dirigió hacia la sala de audiciones.
Las luces la cegaron por un instante allí adentro. En el interior había cinco personas que ocupaban varias sillas tras un mostrador, como un jurado de Factor X. Tres de ellos tenían sus portátiles abiertos y una cámara le enfocaba en la cara.
—Colócate en tu marca —dijo la chica rubia señalando una X en el suelo.
Lana obedeció.
A la derecha, en la cuarta silla, estaba él.