Skid Row Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Malik se enderezó de golpe, con los ojos saliendo de sus órbitas y dio un golpe en la mesa con ambas manos.

—¡Eso es mentira! ¡Yo no he hecho nada de eso! ¡Nunca he estado en Nuevo México! ¡Nunca!

Erin cerró el archivo con un golpe.

—Lo sé —contestó Erin con una calma peligrosa.

Lo miró directamente a los ojos, clavando esas palabras como cuchillas en sus oídos y sonriendo de oreja a oreja, con una ironía cruel.

—Pero escúchame bien, chico —continuó—. Tengo el poder de hacer que estos antecedentes sean tuyos con un chasquear de dedos.

Así que, si no quieres que un señor de cuarenta y siete años escuche tus quejas en una celda, para luego hacerte lo mismo que le haces tú a tus “amigas”, empieza a contarme la verdad.

El silencio posterior se hizo insoportable para Malik. Volvió a tragar saliva, sus labios temblaban y su respiración se aceleró. Erin apoyó las palmas sobre la mesa, inclinándose más hacia el centro de la mesa.

—¡Ahora! —ordenó Erin.

—Mira… yo solo le pasé un contacto, ¿vale? —respondió temblando—. Le pillaba a un tipo en Skid Row… le llaman El Flaco. Se lo pasé hace unos meses, él siempre tiene material. Sophie siempre buscaba cocaína antes del fin de semana. Así que le di su número y me desentendí.

Erin lo observó sin pestañear, estaba fría como el mármol.

—¿Y?

—Ella estaba desesperada, ¿entiendes? —continuó Malik—. Quería papeles, ser protagonista en películas… y se acostaba con productores que luego ni la llamaban. La dejaban tirada. Me lo contaba entre raya y raya. Siempre estaba lloriqueando por lo mismo.

A Malik le sudaban las manos.

—Unos días antes me dijo que le había llegado una carta rara a su buzón. Pensamos que era un fan, pero se asustó. Yo también lo pensé, pero ella era una cagada. No entendía cómo habían conseguido su dirección.

Erin recogió la carta y cerró la carpeta. Su rostro era una máscara de hierro. Se levantó lentamente como una jueza abandonando el estrado y caminó hacia la puerta de salida sin dejarle decir una palabra más.

Malik, hundido en la silla, murmuró algo apenas audible.

—Bitch.

Erin giró la cabeza al instante.

—Sí, señor Johnson… soy una perra —dijo—. Pero tú solo eres un cachorro que se mea encima cada vez que me escucha ladrar. —Hizo una pausa breve—. Ándese con ojo, señor Johnson… le estaré vigilando… y debe saber que esta perra muerde a la mínima.

El silencio fue demoledor. Malik se encogió en la silla, incapaz de sostenerle la mirada.

Erin salió con paso firme, dejando tras de sí el eco de su frase.

Se reunió con Jack Malone y Ray en la sala tras el cristal.

—Este idiota no sabe nada. Buscad a ese camello, El Flaco —ordenó Erin.

Fiscalía del Distrito de Los Ángeles

27 de agosto de 2025

La puerta del despacho de Erin se abrió sin previo aviso.

Nathaniel Crowe, juez del Tribunal Superior de Justicia, apareció tras la puerta como una sombra. Llevaba un traje oscuro que le apretaba un poco más de lo que la tela resistía y el sudor perlaba su frente pese al aire acondicionado.

—¡Erin Cross! ¡La fiscal implacable! —tronó su voz, grave pero jovial.

Erin puso cara de sorpresa, se levantó enseguida y fue a recibirlo. Ambos se abrazaron con fuerza, como viejos colegas que habían compartido más batallas de las que cualquiera de los dos podía contar.

—Nathaniel, qué alegría verte. ¿Cómo tú por aquí? —preguntó Erin.

Él la miró de pies a cabeza.

—Tienes el mismo porte, pero de fiscal pareces más dura. Estás estupenda, Cross. Yo en cambio, sigo aumentando mi autoridad —dijo dándose unas palmadas en la barriga—, pero todo se va directo a la cintura.

—Pensé que los jueces se alimentaban de sentencias, no de donuts del 7-Eleven —bromeó Erin.

—¡Eh! —exclamó alzando un dedo de forma teatral—. Los donuts mantienen la balanza de la justicia en equilibrio. Si adelgazo demasiado seguro que me destituyen.

Ambos rieron, rompiendo por un instante la tensión que llevaba días pesando sobre Erin.

—Menuda semana de reencuentros —dijo él—. Ayer me topé con Peter, Peter Halliday, el de la facultad. ¿Lo recuerdas? Estaba irreconocible.

—¿Ha conseguido su Oscar ya? —preguntó Erin.

—No, Erin —contestó, negando con la cabeza—. Me temo que Peter se echó a perder. Me lo encontré en la puerta del juzgado pidiendo limosna, me dijo que ahora vivía en las calles de Skid Row.

Hubo un silencio pesado entre ambos. Pero Erin volvió a su silla y le hizo un gesto para que se sentara.

—Me alegra verte, Nathaniel —dijo ella, cambiando de tema.

Crowe se dejó caer en la silla frente a su escritorio, acomodando el cuerpo con dificultad.

—Pues prepárate, porque tengo unas cuantas cosas que contarte y esta vez… sin toga de por medio.

Erin lo observaba. Crowe tenía un brillo raro en los ojos. No sabía aún si la visita traería alivio o más peso sobre sus hombros, pero era reconfortante para ella ver a alguien que aún le arrancaba una sonrisa en medio de tanta oscuridad.

—Erin, necesito pedirte un favor personal —soltó Crowe, bajando la voz.

Ella lo miraba con atención. No era muy común escuchar esa palabra en boca de un juez con la trayectoria de Crowe.

—Claro, cuéntame. ¿Qué ocurre?

Él entrelazó los dedos sobre su barriga como si buscara la forma más sencilla de explicarlo.

—Dime una cosa —comenzó él—. ¿Una fiscal como tú tiene tiempo de ver la televisión? ¿Sabes qué se cuece por las carreteras de Los Ángeles?

—Si te soy sincera, la veo poco —respondió—. Lo necesario para saber lo que dicen de mí esos periodistas de la Fox.

Nathaniel sonrió un instante, pero no tardó en ponerse serio de nuevo.

—¿Te suena el Ángel de la Autopista? —preguntó.

Erin negó con la cabeza.

—Así lo llaman en los medios —continuó Crowe—. No sé por qué demonios nosotros siempre adoptamos los nombres que pone la prensa… pero aquí lo tienes.

Crowe sacó un sobre ancho de su maletín. Lo abrió despacio y deslizó varias fotografías sobre el escritorio de Erin.

En la primera fotografía se podía ver a un hombre muerto, colocado sobre el techo de un coche parado en la salida de la 110, con los brazos extendidos. Detrás de él, en el mismo techo del coche, estaban pintadas unas largas alas blancas con un spray. Eran grotescas, parecía un mural.

—Lo encontraron hace dos semanas —añadió—. Una ejecución limpia… un disparo en la sien. Lo colocaron encima del coche después… en exhibición.

Erin frunció el ceño, pasando las fotografías una a una desde diferentes perspectivas.

Crowe abrió otra carpeta y le mostró más imágenes.

—Y esto fue el mes pasado, en la salida de la autopista 405 Norte, cerca de Torrance. Misma firma. Unas alas blancas, misma disposición… otro hombre ejecutado.

Erin apoyó los dedos en las fotografías. Había visto escenas macabras antes, pero el detalle de las alas la incomodó de un modo distinto.

Nathaniel Crowe la miró fijamente, con una mezcla de súplica y confianza.

—Necesito que te encargues tú, Erin —dijo al fin—. El Sheriff no avanza. Si alguien puede atrapar a este maldito Ángel de la Autopista, esa eres tú.

Erin apartó las fotografías y se recostó en la silla. Sus ojos estaban cansados.

—Nathaniel, estoy detrás de algo grande ahora mismo —contestó ella, suspirando—. Ha aparecido una actriz degollada en Skid Row, no puedo desviar mi atención ahora.

El juez Crowe se inclinó hacia delante y su barriga rozó con el borde del escritorio.

—Erin, escucha —dijo, haciendo un gesto con la mano—. Este caso es de esos que se atragantan en la ciudad. Pasan meses sin avances, los titulares lo hacen famoso, degradan a la justicia y mientras tanto el asesino gana poder.

—Lo sé, Nathaniel. Puedo hablar con el Sheriff para ver si…

—John Wayne Gacy, treinta y tres chicos en su sótano —interrumpió el juez Crowe—.

¿Y qué pasó después? Terminó vendiendo cuadros por un millón de dólares desde la prisión.

Una celebridad macabra. Y no es el único.

¿Quieres lo mismo aquí? ¿Un Ángel de la Autopista firmando autógrafos tras los barrotes?

Erin apretó la mandíbula.

Crowe señaló las fotografías otra vez, con el dedo apuntando a las alas hechas con spray blanco.

—Hay que cortarle la cobertura mediática ahora —dijo con un tono de voz más autoritario—. Tienes que cortarle las alas, Cross. Si no acabamos con su guion, este será de esos monstruos que se convertirán en leyenda. Y tú eres la única que sabe cómo hacerlo.

Erin guardó silencio, pero algo en su mirada se quebró. Era una mezcla de rabia y responsabilidad.

Crowe lo notó y sonrió satisfecho.

—No te estoy pidiendo que lo hagas por mí, Erin —añadió, bajando el tono de nuevo—. Hazlo por la ciudad. Porque cuando un asesino empieza a gustarse en los titulares, la siguiente víctima ya está condenada.

—Está bien —dijo Erin finalmente—. Me encargaré de tu Ángel.

Crowe volvió a sonreír satisfecho.

—Sabía que no me fallarías.

Erin recogió las fotografías, las apiló con cuidado y las metió en una carpeta de las suyas. Su gesto fue el de alguien que acababa de sumar otro ladrillo a su mochila, sabiendo que su espalda ya amenazaba con partirse.

—Si este Ángel de la Autopista quiere titulares, los tendrá —dijo ella con un tono amenazante—. Me encargaré de arrancarle las alas, Crowe. Haré que aprenda a arrastrarse.