Skid Row Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Lana no hablaba de su padre jamás. Ninguna de las dos pronunciaba su nombre, quizá era la forma de enviarlo al olvido, quizá por miedo o quizá por indiferencia. Todo lo que quedaba de él, estaba enterrado en recuerdos que ambas se negaban a revivir nombrándolo de nuevo.

Chateau Marmont en Sunset Boulevard

24 de agosto de 2025

Erin Cross esperaba a Michael Kane en el restaurante del Hotel Chateau Marmont, conocido por ser el lugar de moda de las estrellas.

Erin llevaba gafas de sol, buscando una cierta discreción. Ella solía decir que los jueces tenían contactos hasta en el infierno y Michael Kane era uno de esos que conocía a demasiados demonios.

Michael Kane tenía cuarenta y dos años y era un fotógrafo profesional al que contrataba la crónica rosa del país, pero en la sombra también trabajaba como investigador privado.

Había trabajado para TMZ persiguiendo celebridades y publicando sus ángulos más humillantes.

Sin embargo, en aquellos ratos libres había desarrollado otra pasión: seguir el rastro del crimen, buscar pruebas sin el peso de una placa y sin burocracia.

Él llegaba a lugares donde fiscales y jueces no podían acceder oficialmente.

Michael Kane apareció con su cámara colgando del cuello como si fuera otra parte de su cuerpo. Ella lo recibió con una mezcla de afecto y frialdad.

—Kane… —dijo inclinando la cabeza, sin levantarse—. Siempre llegas como si vinieras de una persecución.

Él sonrió, sacudiendo su cabello rizado.

—El que va lento muere primero, Cross. Además, siempre te ha gustado tener a un mercenario rápido a mano —respondió.

—No eres mi mercenario —corrigió ella—. Eres un fotógrafo con instinto… salvo cuando olvidas que la justicia no es un juego de primicias.

Michael Kane la miró con esa chispa rebelde que no se apagaba nunca en su cara.

—Lo sé, lo sé —dijo—. Para ti no hay titulares. Pero admítelo, sin mis investigaciones, la mitad de vuestros juicios nunca habrían tenido pruebas sólidas.

Erin lo sostuvo con la mirada.

—Y sin mi control sobre las personas a las que molestas, ya estarías muerto en un callejón por hurgar donde no debes —replicó Erin.

—Siempre tan dura conmigo, Cross.

—Ya he visto lo que le hiciste al CEO de Astronomer en el concierto de Coldplay —soltó ella con media sonrisa—. ¿Ahora también te dedicas a destapar infidelidades?

—Solo estaba en el lugar correcto con la cámara lista —contestó—. Que un pez gordo se caiga de bruces con su amante en el VIP de un concierto no es culpa mía.

—No te he llamado para hablar de eso —interrumpió ella con urgencia, bajando la voz—. Tengo un caso para ti. Es importante.

Erin abrió su maletín y sacó el sobre de manila. Dentro estaban las fotografías de la escena del crimen, Sophie Duval tirada en Skid Row sobre un charco de sangre y junto a las fotografías, la misteriosa carta que encontró la policía en su bolso.

Michael se quedó mirando los papeles e hizo un largo silencio.

—Mierda… —murmuró—. ¿Quién diablos escribió esto?

—Eso mismo quiero que descubras, Kane —respondió Erin—. El significado de esa carta.

Erin se inclinó más hacia él, clavando su mirada y bajando la voz.

—Necesito que vayas a donde la policía no llega —continuó—. Investiga en clubs, busca en callejones, en ForoCoches si te da la gana… y en todas esas cloacas de Hollywood donde los rumores corren antes que los informes.

Michael Kane arqueó una ceja, todavía mirando la carta.

—Este símbolo parece un corazón, pero está incompleto —dijo—. ¿Podría relacionarse con el amor roto? Tengo entendido que algunos artistas japoneses hacen corazones estilizados abiertos para representar la pureza, la inocencia… o algo en espera de completarse.

—Parece un corazón incompleto, sí… pero dudo mucho que esto lo escribiera un fan japonés.

—¿1182? ¿Qué podría significar? —preguntó Kane.

—Según Google, en el 1182 se produjo la masacre de Constantinopla —contestó Erin—.

También es el número de la intuición y la suerte en el trabajo en la astrología…

y según yo misma, no le encuentro ningún sentido, por eso estoy aquí perdiendo el tiempo contigo.

No sabemos qué significa, Kane. Tráeme patrones, símbolos, cualquier conexión que veas.

Michael Kane se recostó en la silla, volviendo a sonreír con esa insolencia que parecía imposible de apagar.

—Sabes que no soy tu poli… —dijo Kane, viendo la dificultad del caso.

—No Kane, eres algo peor… —respondió ella—. Eres mi cuchillo suelto en esta pelea y nunca sé a quién vas a cortar.

Michael soltó una carcajada, pero sus ojos se quedaron clavados en la carta.

—No te preocupes —dijo él—. Buscaré respuestas, pero no te prometo nada.

Sala de interrogatorios del LAPD

25 de agosto de 2025

La sala de interrogatorios era un cubo sin concesiones.

Paredes grises, fluorescentes fríos que zumbaban como un insecto atrapado, una mesa de metal en el centro y dos sillas enfrentadas.

Era un lugar diseñado para desnudar a las personas, para arrancarles las máscaras a fuerza de silencio y presión.

En una de las sillas estaba Malik Johnson, de veinticuatro años. Tenía puesta una sudadera con capucha, pantalones anchos y la ansiedad colgándole de los hombros. No dejaba de morderse el labio y se le notaba cada vez más inquieto en la silla.

Frente a él estaba Erin Cross, con un traje gris impecable, la espalda recta y la mirada fija como un bisturí a punto de alcanzar un nervio. No llevaba toga, pero la autoridad se le notaba en cada gesto. Había algo en su silencio que valía más que cien gritos juntos.

Sobre la mesa tenía un expediente abierto, la carta plastificada en una bolsa de pruebas y varias fotografías de la escena del crimen.

Al otro lado del cristal unidireccional de la cámara Gesell, los detectives Jack Malone y Ray observaban de brazos cruzados sin ser vistos.

Jack mascaba chicle con expresión chulesca, mientras miraba fijamente a Malik.

Ray estaba más inquieto, tomando notas rápidas en una libreta.

No apartaba la vista del rostro de Erin, como si supiera que estaba a punto de desarmar a aquel chico pieza por pieza.

—Iré al grano —empezó Erin—. Puedo ser tu mejor amiga o la persona que te destroce la vida, así que no nos andaremos con rodeos. ¿Quién mató a Sophie Duval? —preguntó.

—No lo sé —respondió Malik resoplando—. Ya se lo he dicho a esos polis. No sé quién mató a Sophie. No fui yo.

—¿De qué la conocías?

El chico se removió en la silla, evitando su mirada.

—Éramos amigos, solo eso… amigos, nada más.

—Amigos… ya… —repitió ella.

Erin comenzó a buscar entre las fotografías de la carpeta.

Malik tragó saliva.

Dejó caer sobre la mesa una imagen impresa, extraída del móvil de Sophie Duval. Fotografías íntimas del joven, demasiado íntimas.

—Fotos de tus genitales en su teléfono —dijo Erin con un tono que invadió la sala—. Me cuesta creer que ese sea el concepto de amistad entre los jóvenes ahora. ¿Qué pasa? ¿Tienes que mandar tu currículum de cintura para abajo porque no te llega con el monopatín?

Ray, al otro lado del cristal, soltó una carcajada, pero Jack lo calló con una mirada.

Malik apartaba la mirada de aquellas fotografías con los puños apretados.

—Vale, vale… sí, estuvimos juntos alguna vez —confesó—. Tuvimos sexo, ¿contenta?

Erin no pestañeó. Lo miraba cruzada de brazos, con la espalda apoyada en el respaldo de la silla.

—Al fin un poco de verdad —respondió ella.

Le mostró otra fotografía de la escena del crimen y fotografías de la bolsa de cocaína.

—Sabemos que fue a Skid Row a buscar cocaína. ¿Para quién era, Malik? ¿Era para ti? —preguntó Erin.

Él negó rápido, nervioso, como si quisiera salir de ahí con un movimiento de cabeza.

—No era para mí —titubeó—. Ella se metía solita en esos líos. Yo… yo solo escuchaba sus quejas. Siempre la misma historia, los castings, los productores que no le hacían caso, la mierda de Hollywood…

Erin lo cortó con un látigo en la voz.

—No, señor Johnson —interrumpió ella negando con la cabeza—.

Tú no “escuchabas”, tú esperabas tu turno para acostarte con ella, como hacías con todas las demás.

—Hizo una pausa—. Te he estado investigando.

Anna, Patricia, Megan… tu historial es interminable…

Sophie Duval te hablaba de sus frustraciones y tú traducías cada palabra en la oportunidad de meterte en su cama.

Malik se quedó blanco, pero no respondió.

—Háblame de esta carta, señor Johnson. —Golpeó la mesa con la carta—. ¿La escribiste tú?

El chico abrió los ojos de par en par, sacudiendo la cabeza con torpeza.

—No, no y no… —respondió temblando—. Yo no he escrito esa mierda, esto se lo enviaron tres días antes de la última llamada. De hecho, ni siquiera la había visto físicamente.

—¿No la habías visto nunca? —Erin se inclinó hacia él con los ojos afilados como un cuchillo—. Entonces explícame por qué Sophie recibía esta “mierda” como tú la llamas, mientras tú seguías pegado a ella.

—¡No he sido yo! —gritó Malik agobiado.

Erin lo fulminó con una sonrisa fría, acomodándose en la silla.

—Eres rápido con el teléfono, Johnson… pero lento para mentir. No vas a salir de esta con un no sé. Eso no te funcionará conmigo —dijo Erin amenazante.

Malik bajó la mirada y se frotó las manos, intentando recomponerse. Erin lo dejó sudar unos segundos más, el silencio pesaba como una losa en aquella sala.

Pero de repente Erin se giró hacia el cristal y chasqueó los dedos.

—Corten la grabación —ordenó.

Jack y Ray se miraron sorprendidos tras la cámara Gesell, pero obedecieron. La lucecita roja de la cámara que había en la esquina superior de la sala se apagó y el ambiente se volvió más tenso.

Erin abrió otra carpeta delante de Malik. Pasó unas hojas y empezó a leer en voz alta, como si recitara un veredicto:

—Malik Johnson Stewart, veinticuatro años. Vive con su abuela y su tío paterno en el 410 de Pacific Coast Hwy, Santa Mónica. Antecedentes penales: abuso sexual, robo con violencia, pertenencia a bandas en Nuevo México…