Skid Row Capítulo 2 #2
10%

Capítulo 2 #2

A su lado, Ray contrastaba una imagen más vivaz.

Tenía veintinueve años, un bigote moderno, complexión atlética y una mente rápida.

Ray solía romper la tensión con sarcasmos y comentarios fuera de lugar en los momentos más inadecuados.

Sin embargo, en los pasillos lo conocían como un sabueso incansable.

Cuando se obsesionaba con un caso, no lo soltaba.

Ambos eran parte de Robbery-Homicide Division, la unidad que investiga los casos más complejos de la ciudad. Llevaban a cabo investigaciones de asesinatos de alto perfil, crimen organizado, secuestros y, por supuesto, colaboraban con la fiscalía.

La dinámica era clara: la Fiscalía del Distrito del Condado de Los Ángeles no tenía policías propios, pero trabajaba codo a codo con el LAPD y el Sheriff del Condado.

Allí, los detectives investigaban los crímenes, recogían pruebas, interrogaban a los testigos y armaban el caso.

Cuando se trataba de homicidios y crimen organizado, los fiscales dirigían la estrategia legal, decidían qué cargos imputar, qué pruebas eran útiles y cuándo se necesitaba una orden judicial.

Eso les daba un poder enorme, ya que la policía dependía de ellos para que el caso no se derrumbase en los tribunales.

En el caso de Erin Cross, su reputación hacía que los propios detectives se alinearan con ella como si fuese una comandante en la sombra.

Ella no estaba en la escena con un arma, pero su palabra podía marcar la diferencia entre un arresto sólido y un culpable libre.

—Me acabo de cruzar al juez Varela —dijo Ray—. Una prótesis más y estará listo para dar caza a Sarah Connor.

Erin Cross lo fulminó con la mirada. Ray tendía a soltar bromas fuera de lugar en el momento menos oportuno.

Jack Malone dejó un sobre de manila sobre la mesa de Erin.

—Tenemos algo grande, Cross —dijo con la voz ronca—. Y me temo que será de esos casos que no sueltan a uno en meses.

Ray se dejó caer en una de las sillas frente al escritorio de Erin.

—Prepárese, jefa —dijo—. La ciudad se acaba de manchar de rojo.

Erin entrecerró los ojos. Sabía que lo que estaba por escuchar no sería un simple homicidio.

Abrió el sobre y dejó caer varias fotografías sobre el escritorio.

Eran imágenes crudas. Un callejón en Skid Row iluminado por flashes policiales, marcadores de evidencia numerados, la silueta de una joven tirada en el suelo con la garganta seccionada y su pelo rubio mojado con una mezcla de lluvia, suciedad y sangre.

—La encontraron anoche —continuó Jack—. Fue un sin techo el que dio la alerta. Dijo que no vio nada, que estaba empujando su carrito cuando algo le hizo de tope en las ruedas. El hombre comentó que se la encontró ahí tirada y llena de sangre. Llamó al 911 desde una cabina.

Ray se reclinó hacia delante, señalando una de las fotos.

—La víctima se llamaba Sophie Duval —comenzó a explicar—, tenía veinticuatro años y era un proyecto de actriz.

Nada grande en su currículum, un par de cortos, una película que fracasó en taquilla y una serie que no vio nadie.

Llegó desde Atlantic City después de la pandemia para triunfar en Hollywood… como tantas otras.

—Pero estaba en Skid Row —intervino Erin, sin apartar la vista de la imagen —¿Qué demonios se le había perdido allí?

Jack le deslizó la bolsa de pruebas.

—En su bolso encontraron diez gramos de cocaína, un cogollo de marihuana, varios preservativos sin usar y… esto.

Jack colocó sobre la mesa de Erin Cross una hoja plastificada en una bolsa sellada con una carta en su interior.

Erin alzó la mirada.

—¿Amenaza? —preguntó ella.

—O mensaje personal —respondió Ray con un tono ambiguo—. Difícil saberlo.

—Otra cosa... —interrumpió Jack Malone—.

Revisamos su teléfono móvil. La última llamada fue a un tal Malik.

Se trata de un skater conocido en Santa Mónica.

Hace vídeos virales, trucos arriesgados y tiene una fama barata en redes.

Parece que eran más que amigos, o eso dicen las fotografías íntimas del móvil de la víctima.

Erin se recostó en la silla, poniendo la mano sobre su mentón.

—Una actriz fracasada, un skater viral, drogas, un mensaje que parece escrito por un lunático y un escenario como Skid Row —resumió ella en voz alta—. La mañana se presenta interesante.

El silencio en aquel despacho se volvió pesado. Erin sabía que aquel caso no solo mancharía expedientes. La ciudad entera lo iba a sentir.

Casa de Erin Cross en Pasadena

23 de agosto de 2025

Erin Cross llegó a su casa en Pasadena y aparcó el coche frente a su jardín, en la zona de Linda Vista. Era la hora de cenar y aquel lugar era tranquilo, silencioso a todas horas, siempre transmitía paz.

La calle se extendía en curva, con mansiones discretamente iluminadas, jardines cuidados y la oscuridad de las montañas de San Gabriel como un telón de fondo.

La casa de Erin Cross dominaba la colina.

Era una construcción discreta, con líneas rectas y ventanales amplios que dejaban ver sombras en el interior.

No había nada ostentoso, solo orden y solidez.

Era la morada de alguien que no buscaba exhibirse, sino refugiarse.

Erin entró con paso firme. El interior reflejaba su carácter: suelo de parquet de madera gris, paredes claras, cuadros minimalistas, todo en su sitio y sin excesos.

Cruzó aquel comedor que contenía una pequeña biblioteca repleta de aburridos libros de justicia y leyes.

Mientras dejaba el maletín sobre la mesa, un ruido en la casa la sacó de sus propios pensamientos.

Provenía del piso superior, un tropel de palabras en voz alta, moduladas sin ton ni son. Y de repente escuchó un golpe seco.

Subió las escaleras con calma, reconociendo el origen del alboroto. La puerta entreabierta de la habitación de su hija dejaba escapar un haz de luz.

—¿Lana? ¿Estás bien? —preguntó Erin, asomándose por el marco de la puerta.

La joven se detuvo un segundo y luego sonrió.

Lana Cross, de diecinueve años, tenía la misma intensidad en los ojos que su madre, pero enmarcados en un rostro fresco, aún con la dulzura de la adolescencia.

Su cabello castaño claro caía sobre sus hombros en ondas desordenadas y tenía una belleza natural de la que pocas veces presumía.

Estaba frente al espejo, rodeada de hojas de guion tiradas por el suelo, como si aquel cuarto fuera un set de rodaje improvisado.

—¡Mamá! —exclamó—. Estaba ensayando.

Lana levantó su libreta con entusiasmo.

—Mañana es el casting para esa comedia de instituto de la que te hablé y me tiene que salir perfecto. Esta es mi oportunidad —dijo emocionada.

—¿De qué trataba el papel? —preguntó Erin.

—Tengo que hacer de adolescente. ¿Crees que aparento dieciséis años, mamá? —preguntó Lana, tocándose el cabello—. Necesito conseguir el papel como sea. La serie va sobre un instituto construido frente a una planta nuclear que provoca mutaciones en los estudiantes. ¿No es genial?

Erin la miró en silencio unos segundos y no contestó. La rigidez de su rostro contrastaba con el brillo de inocencia de la joven Lana.

—¿Quieres escuchar una parte? —preguntó Lana, incorporándose sin esperar respuesta.

Tomó aire y empezó a representar una escena. Una adolescente en plena discusión con su mejor amiga, con rápidos cambios de tono, un gesto exagerado y un remolino de energía juvenil. Cada frase la lanzaba con fuerza, con hambre de ser escuchada.

Erin la observaba de pie, apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados. Su expresión era hermética, pero por dentro sentía un choque entre dos mundos. Ella, una fiscal implacable forjada en años de juicios y sentencias, y su hija, soñando con luces de estudio y guiones de adolescentes.

Cuando Lana terminó la representación, miró a su madre expectante.

—¿Y? ¿Qué tal? —preguntó.

—Proyectas bien la voz… —murmuró Erin—, y crees en lo que dices, eso es lo más importante, Lana.

—¡Entonces tengo posibilidades!

Erin no respondió con entusiasmo. En su interior, una sombra en su pensamiento le recordaba a la joven que había visto ese día en las fotografías de Skid Row. Otra joven actriz, otra chica con sus sueños puestos en Hollywood y que ahora era un cadáver más.

Como cada noche, Erin y Lana se pusieron a cenar frente a frente, con el murmullo lejano del viento bajando de las colinas.

Hablaron poco durante la cena. Lana picoteaba distraída, con el guion todavía dando vueltas en su cabeza, mientras Erin se refugiaba en la rutina de masticar despacio, como si el silencio fuera su escudo.

Entre ambas, la ausencia de un apellido pesaba tanto como la comida misma.

Lana llevaba el apellido de su madre. Pero no siempre había sido así, y no por capricho, sino por supervivencia.

Durante años, Erin Cross, la fiscal más temida y la exjueza más respetada de Los Ángeles, había sido una mujer maltratada por su propio marido, un borracho que la convertía en un saco de boxeo cuando nadie miraba.

La paradoja era brutal. La mujer que jamás temblaba al encararse con mafiosos, que no concedía indulgencia a asesinos y era capaz de helar la sangre a cualquiera con tan solo mirarle a los ojos, había sido reducida en su propia casa a un silencio sangrante.

Fue Cecilia Novak, amiga de toda la vida y jueza del Tribunal Superior de Justicia de Los Ángeles, quien había cogido el caso en 2015 y se atrevió a imputar al marido de Erin Cross.

El padre de Lana fue condenado y enviado a la cárcel de Corcoran, un agujero remoto donde su vida se convirtió en vacío y rutina.

Allí cumplía condena y allí se apagaba poco a poco.

Erin solía pensar con un retorcido alivio, que lo más interesante que le habría pasado a ese pobre desgraciado en aquel lugar, habría sido escuchar los delirios y cánticos de Charles Manson desde el patio.