Capítulo 2
La fiscal implacable
Fiscalía del Distrito de Los Ángeles
Erin Cross empujó la puerta de su despacho con la misma firmeza con la que había dictado sentencias durante más de dos décadas.
Aquel despacho olía a lo que huelen todas las instituciones, a vacío. Era un despacho ordenado, simple, pero inflexible. Todo estaba en el mismo lugar de siempre sin posibilidad de cambio, como si el espacio mismo se plegara a su carácter.
A sus cincuenta y dos años, la fiscal proyectaba una presencia que imponía respeto sin la necesidad de levantar la voz.
Había sido jueza del Tribunal Superior de Justicia del Condado de Los Ángeles antes de dejar la toga por voluntad propia y ocupar su actual cargo en la Fiscalía.
Se encargaba del Departamento de Homicidios y Crimen Organizado.
Además, conocía la ley desde todos los ángulos y la controlaba como un bisturí, de forma fría, precisa e implacable.
Su vestimenta hablaba su mismo lenguaje.
Vestía un traje con chaqueta gris, una camisa blanca impecable y tacones bajos que no buscaban el glamour, sino la estabilidad.
En la muñeca solía llevar un reloj de acero que parecía medir no solo el tiempo, sino la disciplina que imponía sobre su vida.
No usaba joyas ni adornos innecesarios. Cada detalle en ella era totalmente deliberado.
Su cabello era castaño oscuro y le llegaba hasta los hombros, dejando al descubierto un rostro de facciones firmes y mirada penetrante, el tipo de ojos que podían atravesar mentiras en segundos.
Una arruga fina le cruzaba la frente, pero no por cansancio, sino por una concentración permanente.
Su carácter era rígido y disciplinado. Erin Cross creía en algo que pocos defendían con tanto fervor: que la justicia no era negociable. No importaban los apellidos, el dinero en el banco ni los contactos que alguien pudiera tener.
—La justicia debe ser ciega. La espada representa el castigo y no debe temblar, aunque la mano del que la sostenga deba quedarse sola —solía repetir.
Esa frase se había convertido en su brújula moral. Su reputación la precedía y aquella frase se la enseñó su mentor, el mejor juez que había conocido, Thomas Varela.
Erin Cross había dejado su puesto de jueza y se había convertido en una fiscal que no hacía concesiones. Ella no temía enfrentarse a magnates, mafiosos o celebridades. Por eso, cuando alguien se enteraba de que a Erin Cross le habían asignado un caso, entendía de inmediato que habría consecuencias.
Erin dejó su maletín sobre el escritorio y encendió la lámpara de la mesa. La ciudad acababa de despertar, pero para ella ya había comenzado otro combate.
Se acomodó en la silla y comenzó a ordenar unos expedientes que tenía encima de su mesa.
El golpe de un bastón contra el mármol anunció su llegada antes de que Erin pudiera encender la torre del ordenador. Apenas tuvo tiempo de levantar la vista cuando apareció la silueta de Thomas Varela.
Aquel juez tenía un porte imponente a pesar de los años y esa mirada afilada que parecía leer más allá de las palabras.
El juez Thomas Varela era un hombre que imponía respeto y presencia desde el umbral.
Era alto, delgado y tenía la espalda recta a pesar de sus sesenta y tres años.
Conservaba su elegancia distinguida que parecía inseparable de su persona.
Su cabello canoso caía hacia atrás con un orden casi militar, y la barba recortada al milímetro enmarcaba un rostro gentil, de facciones duras y mirada penetrante.
Siempre vestía un traje azul marino, acompañado de una corbata granate perfectamente anudada y unos zapatos John Lobb relucientes, como si cada día fuese una audiencia importante.
Para él, la disciplina no era una pose, sino un modo de vida.
Era riguroso con las normas, creía que la ley era un templo que debía respetarse palabra por palabra, y gesto por gesto.
En el estrado, Thomas Varela se había forjado una reputación incuestionable.
Más de tres décadas juzgando casos de asesinato, homicidios, crimen organizado y corrupción lo habían convertido en una figura casi mítica en Los Ángeles.
No había fiscal ni abogado que no conociera su nombre, y muchos de los que ocupaban cargos importantes en la ciudad, incluida Erin Cross, lo habían tenido como mentor.
—Thomas —dijo Erin, dejando escapar media sonrisa que rara vez mostraba a alguien más—. No esperaba visitas a estas horas.
El juez apoyó el bastón contra el marco y entró con calma.
Era el único hombre al que Erin Cross trataba sin su frialdad característica, quizá porque había sido él quien le enseñó todo lo que sabía.
Erin aprendió de él que la ley no solo se debía aplicar, se debía encarnar.
Había sido su mentor, su referente, el que le había abierto paso en el juzgado y el único que se había atrevido a contradecirla con afecto.
—Vengo a ver cómo va tu día —respondió él con una voz grave pero amable—. Y de paso visitar a Clara, que por lo que veo todavía no ha llegado. No la he visto en su despacho.
—No tardará, Thomas. Está liada con lo del fraude del U.S. Bank Tower que la trae de cabeza. Parece que medio Silicon Valley tiene la tentación de jugar con la pequeña pupila del juez más astuto de la ciudad… —dijo ella con una sonrisa.
Clara Hale era una de las fiscales más jóvenes y brillantes de Los Ángeles y también aspirante a jueza de la Corte Superior. Sabía perfectamente que para ser jueza en Los Ángeles, primero necesitabas una reputación profesional sólida y debías rodearte de los mejores jueces de la ciudad.
—Clara tiene buen instinto, me recuerda demasiado a ti —dijo Thomas con una sonrisa cálida, observándola con curiosidad como si todavía intentara descifrar a su antigua discípula.
Erin lo miró fijamente.
—Yo no era vegana —bromeó Erin.
Thomas la miró de nuevo y su tono se volvió más serio.
—Todavía me sorprende que dejaras la toga, Erin —dijo él—. Tenías poder, respeto, estabilidad... ser jueza del Tribunal Superior no es un logro cualquiera.
Ella lo volvió a mirar con la misma firmeza, aunque esta vez no bromeó.
—No podía hacer otra cosa. Ya me conoces —contestó—. Además, como fiscal siento que peleo con las manos. Y si te soy sincera… prefiero mancharme los zapatos de sangre y verdad que sentarme en lo alto a mirar cómo todo se pudre abajo.
Thomas sonrió levemente. A pesar de su rigidez, transmitía una especie de respeto paternal que pocos podían ignorar.
—Siempre fuiste más guerrera que árbitro —dijo sonriendo—, y eso, Erin, es lo que hace falta ahora en esta ciudad. La justicia necesita espada, no solo balanza.
—No me arrepiento de este movimiento, Thomas —añadió Erin con rotundidad.
—¿Sabes cuánto te necesita la justicia? —insistió Thomas con voz grave y serena—. Después de tu último juicio, Dios sabe que intenté convencerte. Ni Malden ni el mismísimo Langford tienen ese ojo tuyo para la justicia… los dos son correctos, sí… pero lo tuyo es un don, Erin.
Erin cruzó las manos sobre el escritorio, incómoda por la conversación, pero mantuvo la mirada fija en él y dejó escapar un suspiro que contenía desde hacía rato.
—¿Cuántas veces vas a venir a decirme lo mismo? —preguntó—. Ya tomé la decisión, no hay marcha atrás, ya no soy jueza. Soy fiscal. Ahora seré yo la que lleve a los malos ante vosotros. Se acabó.
El juez negó con la cabeza despacio, como quien ya sabe una respuesta pero insiste en formular la pregunta.
—Bueno, sí… pero tú eras distinta —dijo despacio—. Cuando dictabas sentencia la sala entera sentía que la justicia no era un procedimiento, sino un hecho. Era un veredicto con peso real. Nadie más tiene eso.
Erin lo observó con un leve gesto de gratitud, aunque mantuvo su tono.
—La toga me quedaba bien, no te lo voy a negar.
Pero tú sabes perfectamente por qué me marché, Thomas.
—Hizo un breve silencio mientras apartaba unos archivos del escritorio—.
Desde ese estrado veía cómo todo se negociaba fuera.
Vidas, condenas, favores… quiero estar donde las piezas se mueven, no donde se juntan a la fuerza.
El juez Varela la contempló una última vez con una mezcla de orgullo y nostalgia.
—Me encanta cuando hablas así. Fuiste de mis mejores alumnas, sabes blandir la espada, pero también sabes entender cuándo pesa la balanza —dijo él, comparándola con la dama de la justicia.
Se escuchó un ruido en el pasillo.
—Mira, por ahí llega Clara —interrumpió Erin.
El ding del ascensor captó su atención. La puerta se abrió y apareció Clara Hale, con sus expedientes bajo el brazo izquierdo y un café caliente en la mano derecha.
Tenía treinta y siete años, era rubia con el cabello recogido en un moño práctico y con unas gafas de Prada que reforzaban su aire meticuloso.
Vestía una falda lápiz azul marino, una blusa color crema y una chaqueta ligera.
Clara transmitía eficiencia, como alguien que jamás llegaba tarde a una cita y siempre sabía en qué página de un expediente se había quedado.
Thomas desvió la mirada hacia el pasillo, agarró su bastón con firmeza y se dirigió a Erin con afecto.
—Piensa en lo que te acabo de decir, Erin. Te veo en un rato.
Ella asintió en silencio, viendo cómo Thomas Varela desaparecía junto a Clara y se quedó escuchando el eco de su bastón marcando el paso por el pasillo, como un reloj que se alejaba poco a poco.
Casi al instante, dos siluetas irrumpieron en la puerta de su despacho.
Eran Jack Malone y Ray, del Departamento de Policía de Los Ángeles —LAPD—.
Jack Malone tenía treinta y ocho años, era un hombre musculoso de mandíbula cuadrada, con el cabello oscuro y rapado por los lados.
Tenía la mirada cansada, pero detrás de esos ojos grises escondía un instinto afilado, un sexto sentido.
Había visto suficientes cadáveres en toda su carrera profesional como para leer escenas del crimen como otros leen un periódico.