Capítulo 1
Una estrella en el suelo
La llovizna caía sobre Los Ángeles como si alguien quisiera lavar sus pecados poco a poco.
Avanzaba por la acera con los tacones mojados.
Nadie la reconocía ahora, ni siquiera los homeless que dormitaban en las aceras húmedas, cubiertos con cartones empapados.
Ella no recordaba la última vez que sonó el teléfono para ofrecerle un papel.
Caminaba bajo la luz amarillenta de los postes como si alguien hubiese derramado aceite sobre el asfalto.
Era pasada la medianoche en Skid Row. Entre los callejones se podían ver las sombras moviéndose con un sigilo inquietante, dibujando figuras envueltas en mantas mugrientas que murmuraban palabras incomprensibles.
Sophie Duval sostenía el teléfono contra su oreja y el brillo azul de la pantalla recortaba su rostro en la oscuridad.
El eco de su propia voz parecía demasiado alto, como si toda la calle pudiera escucharla.
Se apartó un mechón de cabello húmedo que se le pegaba a su frente y se giró nerviosa, comprobando que nadie la seguía.
Caminaba bajo el zumbido de una farola que se encendía y se apagaba, con el tintinear de una botella de cristal rodando por el borde de la acera.
—Estoy harta Malik… harta —dijo Sophie.
Apretando el móvil contra su mejilla mientras caminaba, intentando no mirar el callejón vacío de su derecha.
—Hace dos años desde La Hora de las Reinas y nada —continuó—. Ni una llamada seria. Solo castings con veinte chicas iguales que yo, todas sonriendo como si ya hubieran ganado un Oscar.
La risa de Malik se escuchaba a través del altavoz, acompañada del eco de ruedas sobre el cemento de algún coche que pasaba por allí.
—Sophie, tranquila. Esa peli fue buena ¿sabes? —dijo intentando tranquilizarla—. Yo la vi dos veces. Nadie olvida a una chica que se corta el pelo con unas tijeras de cocina delante de una cámara.
—Pues en Hollywood parece que sí. —Se encendió un cigarro con una mano, utilizando el móvil para salvaguardar la llama de la lluvia—. Aquí no importa si sabes llorar en un plano secuencia. Importa a quién le sonríes, o mejor dicho… con quién te acuestas.
Se escuchó a Malik resoplar por el auricular.
—Siempre lo mismo… —contestó—. Esos tipos quieren carne Sophie, no talento. Y tú... tú tienes demasiada carne para Hollywood.
Sophie soltó una carcajada.
—Veinticuatro años y me siento como si ya me hubiese caducado.
A veces pienso que debería haber seguido los consejos de mi padre, al menos ahora estaría trabajando con él en un banco de Atlantic City…
o podría hacer como tú, tirarme por las escaleras con un monopatín y esperar a que alguien grabe un buen vídeo que me haga viral.
—¡Eh! No te burles —respondió Malik—. Ese truco todavía me duele en la rodilla. Pero mira… al menos fue real. A la gente le encanta comprar un golpe de alguien contra el asfalto.
Ella dio una calada a su cigarro y miró hacia la entrada oscura del hotel Stay on Main, donde un letrero de neón parpadeaba la palabra VACANCY con un ruido eléctrico.
—Sophie, no vayas a dejar que esta mierda te rompa —animó Malik en un tono más bajo—. Tú todavía tienes fans.
—¿Fans? ¿Dónde? —preguntó ella con ironía—. Porque yo no veo ninguno por aquí.
—No, en serio. Hasta te envían cartas.
—¿Otra vez con lo de la carta? —soltó Sophie indignada.
—Pues claro. Que alguien se tome la molestia de escribirte a mano en 2025 ya dice algo.
Ella soltó un suspiro, como si quisiera quitarle importancia.
—Todavía me da yuyu pensarlo. ¿Qué significará ese número? 1182… un corazón mal dibujado… y esa frase… el suelo de Los Ángeles merece tener algo tuyo, estrella.
—Suena a piropo retorcido, pero es un piropo al fin y al cabo —dijo Malik.
Sophie negó con la cabeza, sin ser consciente de que estaba hablando por teléfono.
—No. Eso no es admiración —replicó—. Admiración es que me hagan un ingreso por PayPal. Seguro que la carta es de un viejo pajillero que se pone a ver series de adolescentes mientras come Cheetos en calzoncillos. Nada más.
Malik soltó otra carcajada.
—Mira el lado bueno, no estás tan olvidada.
—Preferiría estar olvidada a sentir que alguien me vigila cada vez que salgo a la calle —murmuró Sophie.
—Oye Sophie… —la voz de Malik sonó más seria—. ¿Por dónde andas ahora?
—En la Tercera con Crocker Street —respondió, mirando de reojo los callejones infestados de cartones y basura—. Skid Row en todo su esplendor. ¡Qué asco!
—¿Qué coño haces ahí a estas horas? —preguntó.
—He venido a pillar —respondió—. Lo de siempre. La coca es la única que nunca me da plantón. —Hizo una pausa para encenderse otro cigarro—. Con suerte este fin de semana montaré otra fiesta blanca con algún productor desesperado, a ver si así consigo colarme en Dune o en The Umbrella Academy.
—Sophie… déjalo ya…
—¡¿Qué?! No me juzgues. Tú te drogas más que yo —soltó Sophie—. Ya sabes cómo funciona todo. Para ser prota tienes que estar dispuesta a calentarle la cama al primero con el que puedas firmar un contrato.
—Vales para más que todo eso, no es justo que digas esas cosas, Sophie —respondió Malik.
—Sí, sí… lo que tú digas. ¿Pero sabes qué es lo único democrático en este puto negocio? —preguntó Sophie—. La cocaína. No le importa tu raza ni a quién te tires, esa siempre te abre puertas. A veces pienso que deberían ponerla en las reuniones de guion, como el café.
—Sophie… —murmuró.
—Vamos, Malik, no seas tan dramático, igual consigo el papel de Frozen. La nieve ya la tengo.
Sophie se reía mientras avanzaba a paso apresurado, mirando para todos los lados.
—Oye —dijo Malik después de un silencio—. Cuando llegues a casa mándame un mensaje, ¿vale? Así me quedo tranquilo.
—Sí, pesadilla —respondió ella con una media sonrisa que nadie podía ver.
—Y… si quieres, el domingo nos vemos. Ya sabes, para echarnos unas risas… y quizá algo más. —Su voz se volvió un susurro juguetón—. Pero guárdame un poco de nieve… Frozen.
Sophie soltó otra carcajada.
—Ya veremos, Malik. —contestó—. Te diré algo.
—Eso espero.
—Mua. Ciao, ciao —se despidió ella.
Colgó y guardó el teléfono en el bolso.
Continuó caminando y el silencio en Skid Row cayó como un telón.
Sonó un crujido detrás de ella. Un roce de algo que parecía una bota contra la grava. Sophie se giró rápidamente, pero el callejón estaba vacío.
Volvió a mirar al frente, dio un paso adelante y entonces lo sintió. Un aliento caliente en la nuca.
No tuvo tiempo para gritar.
Un brazo fuerte la rodeó por la cintura y la cogió del pelo, inmovilizándola.
Algo frío y metálico se deslizó contra su garganta.
Sophie abrió los ojos de par en par. Su corazón desbocado golpeaba su pecho como un tambor de guerra.
Intentó llevarse las manos al cuello, pero ya era tarde.
La hoja del cuchillo le cortó la garganta con precisión y le abrió la piel como si fuera de seda.
El aire se le escapó en un gemido ahogado. La sangre caliente cayendo a borbotones le manchó el vestido, resbalando a chorros sobre sus dedos. Sophie trató de respirar, intentó pedir ayuda, pero lo único que emergía de su boca era un gorgoteo de sangre espesa y roja.
Sus rodillas temblaron y su mundo se inclinó de golpe hasta caer al suelo.
El cemento mojado la absorbía, reclamando su vida gota a gota. La última imagen que alcanzó a ver fue el suelo de Los Ángeles, recibiéndola como lo que ese desconocido había prometido en aquella carta y cumpliéndose con una exactitud cruel.
Su sangre se extendía sobre el asfalto de aquella calle. Esa noche había otra estrella en el suelo.