Capítulo 20
Holland
Las zapatillas de correr de Natalia siguen en la entrada, junto a las botas de Lina. Llevan ahí cinco días y ni ella ha venido a buscarlas ni yo he tenido el coraje para quitarlas de ahí.
Las dejó atadas, como las deja siempre, porque sale de ellas de dos pisotones sin desatar los cordones, lista para marcharse a cualquier sitio en cualquier momento. La primera vez que la vi hacerlo no le di importancia. Ahora, cada vez que paso por delante, me acuerdo de ese detalle.
Lina pregunta por ella cada mañana. Le digo que tiene muchas cosas que resolver estos días y aparto la cara para que no vea que mis ojos se humedecen. No es mentira del todo porque hace cuatro años me prometí a mí misma que a esta niña no le ocultaría nunca las cosas importantes.
Pero tampoco es toda la verdad.
La renovación ya estaba encima de la mesa y me dejó creer que no había nada.
La oferta de Francia fue aún peor, porque me la escondió.
Al igual que la otra oferta que recibió del Reino Unido y que descartó a los pocos días.
Tenía un pie fuera y yo sin saberlo, pensando que nuestra vida era perfecta.
Si me planto en su puerta y se lo echo en cara, tengo razón. Toda la razón del mundo.
Pero con toda la razón del mundo no se arregla nada.
Porque yo también tengo parte de culpa y ni siquiera fui consciente de ello.
Así que el viernes, cuando Lina se queda a jugar con Wesley en casa de Zoe y Tessa, cojo las llaves del coche y conduzco hasta Capitol Hill, esperando que no se haya ido ya.
***
El piso de Natalia sigue igual. Ahora tiene sentido porque está a punto de irse a Europa, pero lleva toda la temporada así. El cuadro del colibrí continúa en el suelo, supongo que se lo llevará al siguiente lugar y seguirá en el suelo. Quizá nadie lo cuelgue nunca de una pared.
Se sorprende al verme y durante un par de segundos ninguna de las dos sabe qué hacer con las manos.
—Antes de que digas nada, no he venido a pedirte que te quedes —me adelanto, sin ni siquiera decir hola—. Y tampoco vengo a montar ningún drama, puedes estar tranquila —añado.
No responde, solamente se hace a un lado para dejarme pasar.
—He venido a tres cosas. La primera es decirte que me dolió muchísimo que me mintieses o que me ocultases información, que para mí fue mentir. Ya tenías la renovación y la oferta y me dejaste pensar que no había nada. No pienso fingir que no me dolió —admito con un largo suspiro.
—Holland, yo…
—¡No, déjame terminar! —la corto—. La segunda fue más bien problema mío y creo que te molestó, aunque te lo callaste.
Te hice jurar que cualquier cosa que tocase a Lina lo decidíamos entre las dos y rompí mi propia regla besándote delante de las cámaras con ella en tus brazos.
Te pido disculpas porque ahora veo que me precipité, yo pensaba que lo nuestro iba totalmente en serio y está claro que tú no pensabas igual.
Hago una pausa y saco del bolso una carpeta de plástico azul con todos los formularios administrativos de Lina.
—Esto es lo peor. Quizá te parezca una tontería, pero a mí es lo que más me duele, porque reconozco mi culpa.
Es del colegio. Autorización para recogerla, contacto de emergencia si yo no estoy, ya sabes, ese tipo de cosas.
Me convencí a mí misma de que ya éramos una pareja estable y, en cambio, tu nombre no está en ninguno de esos papeles.
Ni siquiera como contacto de emergencia.
Natalia observa la carpeta sin decir nada, sin mirarme a los ojos.
—Solo me gustaría entender qué pasó. Solo eso. Por qué no me dijiste algo tan importante sabiendo que yo contaba con seguir viviendo juntas.
De nuevo, se queda callada y eso me enfurece. Mira la carpeta. Mira el cuadro contra la pared y, a continuación, gira sobre sus talones y se va a su dormitorio. Estoy a punto de pegarle un grito cuando regresa con unos folios grapados y un bolígrafo.
—Te oculté esa información porque llevo once años subiéndome a un avión al final de cada temporada y me he acostumbrado a no contárselo a nadie hasta que ya prácticamente tengo el billete en la mano. Me convencí a mí misma de que así dolía menos.
—Natalia, entiendo que eres una futbolista profesional y que en Francia te ofrecen un contrato con mucho más dinero que aquí, pero podías haber confiado en mí. Es tu carrera profesional y jamás me habría metido en ella.
En ese instante, se gira un poco hacia la pared y se queda mirando el colibrí apoyado en el suelo, hablándole a él y no a mí.
—Hace unas semanas tu hija me llamó mami. Estaba medio dormida, sin enterarse bien de lo que decía. Yo me quedé quieta, esperando las ganas de echar a correr, pero esas ganas no vinieron, y eso me asustó mucho más.
De pronto, coge el bolígrafo y coloca los dedos abiertos sobre el papel.
—Al final, supongo que Iris tiene razón.
Está medio loca, pero tengo que darle la razón en esto.
En Francia me pagan más dinero y puede ser mi último gran contrato, pero aquí tengo una familia.
Y eso es lo que de verdad importa —confiesa, estampando su firma—.
Ya está, la renovación está firmada. Bueno, ahora tendré que hacer como que la firmo de nuevo en el despacho de Drummond frente a las cámaras, pero ya está —repite.
No sé qué decir. Me quedo mirando el tatuaje del colibrí del antebrazo, el que va de flor en flor sin quedarse quieto en ningún lugar.
—Mi abuela diría que es malísima señal —dice de pronto, y se le escapa media sonrisa—. Quedarse en un sitio por una persona.
—¿Y tú qué dices?
—Que quizá sea mala señal, pero que merece la pena.
***
Una semana más tarde, el club anuncia la renovación a bombo y platillo, con fotos en el despacho de Alex Drummond y muchas sonrisas. Lina lo celebró pidiendo pizza dos noches seguidas.
Ese sábado viene Megan. Decidimos que la primera visita sería aquí para no cambiar de golpe los hábitos de la niña. Se lleva a nuestra hija al zoo mientras yo me paso cuatro horas fingiendo que ordeno el garaje.
La trae de vuelta a las seis, con un peluche de nutria y la cara pegajosa de algodón de azúcar. Lina entra corriendo a enseñarme la nutria y a explicarme con todo lujo de detalles que ha visto un oso dormido. Megan se queda en el coche.
La veo desde la ventana de la cocina. No arranca. Tiene las manos apretadas sobre el volante y la cabeza un poco baja. Aunque está a quince metros y detrás de un cristal, sé que está llorando, porque estuve casada con ella el suficiente tiempo como para reconocer esa postura.
Salgo, abro la puerta y me siento en el asiento del copiloto sin pedir permiso, como cuando el coche era de las dos.
—No te voy a decir que te perdono —admito, bajando el tono de voz—.
A lo mejor algún día pueda hacerlo. Pero sí te pido que seas la madre que Lina necesita.
No vuelvas a dejarla tirada, por favor. Si dices que vienes a recogerla, ven.
Si dices que vas a llamar, llama. Y si un día decides otra vez que esto te queda grande, te vas con tiempo, no de golpe, y se lo explicas tú. No yo.
Le tiembla la barbilla, pero asiente. Cuando entro en casa, Lina me espera con la nutria en alto mientras le cuenta a Natalia una versión larguísima de la siesta del oso.
***
Natalia trae el cuadro del colibrí una tarde de finales de junio, envuelto en una manta.
—Me gustaría colgarlo en una pared de esta casa —dice de pronto y yo me quedo sin respiración porque sé que para ella eso es el mayor gesto de compromiso que existe.
—¿Entonces Natalia se queda para siempre? —pregunta Lina cuando le decimos que puede elegir dónde colgar el cuadro—. ¿Para siempre para siempre? ¿No solo una temporada más?
—Para siempre para siempre —repite Natalia.
Al final, mi hija decide colgarlo en su propia habitación y cuando Natalia estira el brazo para enderezarlo, el colibrí tatuado en el antebrazo se queda al lado del colibrí del cuadro, los dos quietos por fin.
Lina dice algo que nos hace reír y yo paso el brazo por la cintura de Natalia sin darme cuenta, de manera natural.
Llevo cuatro años con esta casa hecha para dos.
Y resulta que hay sitio para tres.