Epílogo
Natalia
El sonido del aire acondicionado es siempre el mismo.
Lo reconozco antes de abrir los ojos. São Paulo, Lyon, Mánchester, Nueva York. El mismo zumbido bajo en la misma habitación de hotel del año pasado.
Holland duerme bocabajo a mi lado, con un brazo colgando fuera de la cama. En la habitación de al lado, comunicada con la nuestra por una puerta, duerme Lina. Incluso mis padres se han apuntado a la pretemporada de Florida como si hubiesen fichado por el club.
Hace un año, a estas alturas, llevaba tres días en el equipo y no me sabía la mitad de los nombres.
Ahora me los sé todos porque se han convertido en mi familia.
Sé que Tina ronca con la boca abierta en el avión, que Jade sale a correr antes del amanecer, que a Zoe le gustan las magdalenas con chocolate y que Iris… es Iris.
Cojo el móvil de la mesilla al sentirlo vibrar y apenas me lo puedo creer.
Bianca también ha sido convocada con la selección de Brasil; el próximo mes jugaremos juntas de nuevo.
“Dormí ocho horas seguidas, ¿te lo puedes creer? Ocho”.
Dice en el mensaje. El año pasado, en este mismo hotel, era yo la que la llamaba cada noche para preguntarle si estaba bien y ahora duerme del tirón.
***
La cena del equipo es en la misma terraza de siempre, con las mesas largas y las vistas a la piscina.
Alexandra Drummond se levanta con su copa y su discurso de cuatro minutos cronometrados: proyecto, legado, exigencia. Títulos. Las mismas palabras del año pasado. Pero al final suelta una frase que nadie esperaba.
—Hemos cerrado el fichaje de una jugadora inglesa de la que se va a hablar mucho.
No dice nada más, a pesar de los intentos de varias de mis compañeras.
Cuando Drummond se sienta, Iris se pone de pie sin que nadie se lo pida, copa en alto.
—Una cosita rápida —avisa—. Quiero brindar por las dos jugadoras que me han dado más pases de gol esta temporada.
Risas en la mesa. Desde el otro extremo, Mireya me apunta con la copa.
—Buah, que la prensa se pasó todo el año vendiendo que estas dos se odiaban a muerte —sigue Iris—. Y resulta que son súper amigas, los mejores fichajes que ha hecho este equipo desde que llegué yo, que ya es decir, ¿eh?, porque yo soy buenísima y muy humilde. Así que por la brasileña y por Mireya.
—Por muchos años más juntas —dice Mireya, levantándose un palmo de la silla—. O eso espero. Bueno, yo este año me tomo un descanso —añade, acariciándose la barriga que ya empieza a notarse un poco.
En la cabecera, Hades sonríe y eso ya es mucho. Está más tranquila estos días, apenas le grita a nadie en los entrenamientos. Iris dice que es por la boda. En primavera, en Aura Valley, con todo el equipo invitado, se casa.
Los críos cenan en la otra punta de la mesa. En algún momento escucho a una de las camareras preguntarle a Wesley si Lina es como una hermana para él.
Ha cumplido ya cinco años y habla casi bien del todo.
Dice “balón”, “gracias”, incluso dice “Mireya” sin comerse medio nombre.
A mí me sigue llamando Nata, igual que el primer día que le conocí, cuando intentó darme un plátano aplastado.
A Iris la llama Idis y a Hades, Hadez. Esos tres nombres no cambian.
—No es como una helmana —le contesta a la camarera, muy serio—. Es mi helmana.
Y se queda tan tranquilo. Lina, a su lado, hace como que pone los ojos en blanco, pero le echa el brazo por encima sin mirarlo. Yo tengo que desviar un instante la mirada a la piscina para que no se me salten las lágrimas.
Más tarde, cuando Tina pone reguetón en un altavoz y media plantilla baila descalza al borde del agua, Iris se sienta otra vez a mi lado con dos cervezas, y me pasa una.
—Oye —dice, bajando la voz—. La inglesa esa que han fichado va a llegar a Seattle sola del todo, perdida, porque no ha hecho ni la pretemporada.
Sería buena cosa que le hiciésemos una fiesta de bienvenida, ya sabes —añade, deteniéndose para beber un gran sorbo—.
También le he dicho a Drummond que Jordan debería tener alguna sesión con ella, porque es su primer contrato fuera de su país.
Y, sin más, se levanta y se pone a bailar con Paula y Tina.
***
Me quedo fuera cuando casi todas se han ido a dormir.
Desde la terraza se ve la piscina vacía, azul y quieta, y el mar negro más allá.
Iris está liando a Tina para irse de fiesta a escondidas y mañana lo van a lamentar en el entrenamiento.
Hades camina de la mano junto a Mireya en dirección a la playa, para dar un paseo a la luz de la luna.
Más allá, mi padre ha encontrado al único camarero brasileño del hotel y llevan media hora discutiendo sobre una final de la Copa del Mundo que se perdió hace años.
Holland viene con una sudadera, porque a pesar de estar en Florida, esta noche hace un poco de frío.
—¿En qué piensas? —dice cuando se sienta a mi lado.
—En que el año pasado, a esta hora, estaba sola. Y lo peor es que me parecía normal.
No me contesta con palabras, solamente coge mi mano entre las suyas y la aprieta. A continuación, gira la cabeza, sonríe y me limpia con el pulgar algo que resbala por mi mejilla y que me cuesta reconocer que es una lágrima.
Llevo once años subiéndome a aviones para no quedarme en ningún lugar fijo.
Y resulta que lo que buscaba no tiene nada que ver con los mapas, ni siquiera con contratos más grandes.
Era una mujer que me trae una sudadera antes de que le diga que tengo frío.
Una niña que me adoptó sin pedir permiso y que un día, casi dormida, me llamó mami.
Un niño que el primer día decidió que le caía bien y me cambió el nombre por Nata.
Iris y Tina escapándose a escondidas para ir de fiesta.
Hades y Mireya caminando de la mano por la playa.
Once años buscando dónde detenerme y ahora he encontrado una familia.