Capítulo 19
Natalia
El equipo contrario nos mete el primero en el minuto veintidós. Un córner que peina su central y entra por el palo largo, y durante un instante, el estadio se queda instalado en ese silencio incómodo que solo se escucha cuando te meten un gol en casa.
Desde el banquillo, Hades grita algo que apenas llega hasta el centro del campo, aunque no hace falta entender cada palabra para saber que está muy cabreada.
No me gusta ir perdiendo. Nunca me ha gustado, ni siquiera de cría en las canchas de tierra de São Paulo, donde si fallabas un control no volvías a oler el balón en toda la tarde. Así que bajo a buscarlo yo misma.
El gol del empate lo meto en el cuarenta. Jade me la deja con un tacón precioso en la frontal, recorto hacia dentro y la cruzo al palo largo. No es un gol para enmarcar; entra con bastante suerte, pero entra al fin y al cabo y eso es lo único que cuenta.
El segundo lo hace Iris. Zoe roba el balón a su lateral, me la pasa, levanto la cabeza y ahí está ella, plantada justo en línea con las defensas, con esa cara de niña a la que están a punto de comprarle un helado.
Antes de recibir el pase, se toca la coleta, Hades odia ese gesto, pero casi siempre que lo hace es gol, supongo que es su modo de recordarse a sí misma que es muy buena.
Viene corriendo a por mí y me grita cosas que no termino de entender, algo de que me quiere con toda su alma, de que somos las mejores y de que se va a tatuar mi cara en el brazo.
Dos a uno. Fin del partido.
***
Este año, la final de los Playoff es en Seattle.
Vamos empatadas a uno cuando, sobre el minuto setenta, encaro a su lateral por la banda. Le enseño el balón, se lo tiro por un lado y le paso el cuerpo por el otro. Ella hace lo que hacen casi todas las defensas cuando ya no llegan: me cruza la pierna. Caigo. Y señalan el penalti sin pensárselo.
Cojo el balón antes de que me lo quite Iris. No es que esté hoy especialmente valiente, es más bien que si me detengo a pensarlo demasiado, fallo. Con los años he aprendido que en el fútbol y en la vida las cosas importantes hay que hacerlas antes de que te dé tiempo a tenerles miedo.
Lo coloco. La portera me estudia, da saltitos sobre la línea. Respiro, tomo carrerilla y la mando fuerte a la escuadra, donde no llega ni rezando.
—¡Vai! —grito mientras corro hacia la esquina con el puño cerrado.
El tercero lo preparo yo por la banda y lo termina Tina, que la empuja con la espinilla o con la rodilla, más bien con lo que puede, pero la mete y se arranca con el baile que lleva ensayando con Iris desde enero.
Un poco más tarde, ya en el descuento, cuando el equipo rival busca un gol a la desesperada, Castillo saca una mano imposible abajo y cierra el partido.
Pitido final. Campeonas otra vez, para mí la primera.
El césped se llena de gente y de fotógrafos. Encuentro a Mireya en mitad del caos y la abrazo, las dos empapadas de sudor. La prensa se inventó una rivalidad al principio de temporada, pero Hades nos colocó en bandas distintas y funcionó. Sus esquemas te vuelven loca al principio, pero funcionan.
Es la propia Hades la que se acerca a mí un poco más tarde. No sonríe ni me abraza, porque eso sería mucho para ella, pero me sujeta la nuca un segundo y aprieta.
—Gracias por traerme al equipo —susurro.
—Mejor me lo agradeces firmando la renovación de una vez —gruñe antes de irse a buscar a Iris.
La renovación que no he firmado porque todavía nadie en el club, salvo Iris, sabe que tengo una oferta mucho mejor en Francia.
Justo en ese momento, Lina viene corriendo con una camiseta mía que le queda enorme, esquivando a las jugadoras y los fotógrafos, y se me tira al cuello. La cojo en brazos sin pensarlo.
—Hemos ganado, ¿te lo puedes creer? Hemos ganado —repite contra mi cuello.
Detrás llega Holland, con una sonrisa de oreja a oreja y, antes de que pueda darme cuenta de lo que ocurre, me besa.
Cámaras por todos los lados, la televisión captando cada detalle de lo que ocurre en el césped… y Holland me besa mientras tengo a su hija en los brazos.
***
Al día siguiente, el beso está en todas partes.
Es una de las imágenes de la celebración. Holland inclinándose hacia mí con la niña en brazos, sus labios en los míos. Lo comparten, lo comentan, opina gente que ni siquiera sabe quiénes somos. A todos les parecemos una pareja perfecta.
Estoy en la cocina de su casa en Crestview cuando Holland se acerca a mí con pequeños pasos.
—Ahora te tienen que renovar el contrato seguro —susurra a mi oído, rodeando mi cintura desde atrás.
—Bueno… sobre eso…
—¿Ocurre algo?
Me cuesta mirarla a los ojos y decírselo, porque la renovación ha llegado hace dos semanas, pero la oferta de Francia es mucho mejor y podría ser el último contrato grande que voy a firmar en mi vida.
—Natalia, ¿ocurre algo? —insiste, bajando el tono de voz.
—Hay una oferta —admito por fin.
—¿No vas a esperar a la renovación?
Holland se sienta despacio en la silla, como si le faltase el aire.
—Ya la tengo —confieso—. Pero esto son tres años de contrato y mucho más dinero. A mi edad, puede ser ya mi último gran contrato.
—Así que te han ofrecido renovar y no me has dicho nada.
—No quería preocuparte hasta estar segura y...
—Ya, no querías preocuparme —resopla, masajeándose las sienes.
Y aquí está otra vez la misma escena que hace años en Lyon, con otra mujer que también dejó de mirarme cuando comprendió que ya tenía un pie fuera de su vida.
—¿Y cuándo me lo pensabas decir? ¿Cuando ya tuvieses el billete comprado? Joder, no me lo puedo creer, Natalia. Pensaba que teníamos algo serio, pensé que… mierda, déjalo. Lina se va a llevar un disgusto enorme.
No le respondo, porque la respuesta sincera es que soy una imbécil. Ya me equivoqué con Camille y ahora estoy haciendo lo mismo con Holland. Y Lina… prefiero no pensarlo.
—Creo que me voy a casa —digo sin más.
—Pensaba que esta era tu casa —susurra, desviando la mirada para que no la vea llorar.
Cojo las llaves del cuenco de la entrada y me marcho con un simple “adiós”. Las zapatillas de correr siguen ahí, en la caja transparente de la entrada, al lado de las botas de la niña.
***
Iris aparece a las nueve, sin avisar, con un pack de seis cervezas. Ni siquiera sé por qué supuso que estaría aquí, porque llevo semanas sin venir.
—Buah, ¡qué sitio tan deprimente, Brasileña! —dice, mirando alrededor—. Pareces una rehén. ¿Vives aquí de verdad o te escondes de alguien?
—Vivo aquí.
—Nah, vives en casa de Holland, lo que quiero que me cuentes es por qué no estás allí y, sobre todo, por qué parece que te han arrancado una parte del alma, porque tienes una pinta que das pena, colega.
Y se lo cuento. Ella ya sabía lo de la oferta del equipo francés. Lo que no sabía es que no se lo había contado todavía a Holland. Tampoco el disgusto que le acabo de dar… o el que se llevará Lina cuando se entere de que me voy.
Cuando acabo, levanta las cejas y se queda callada un rato, dándole vueltas a la lata de cerveza entre las manos.
—¡Qué mal! —masculla entre dientes—. Yo estuve un montón de tiempo huyendo de Paula —dice a continuación—. Un montón de tiempo, con la excusa de que era complicado y toda esa mierda. Me repetía a mí misma que ella tenía su vida y yo la mía, así que para qué íbamos a complicar las cosas.
De pronto se queda en silencio. Espero el consejo, la frase de manual. Al menos un “aunque un día me di cuenta de que…”.
Pero no llega nada. Iris le da un trago a la cerveza y se queda mirando la pared vacía de mi salón.
—¿Y? —pregunto.
—¿Y qué?
—¿Para qué me cuentas eso si no me vas a explicar nada? Vaya mierda de consejo.
—Es que no es un consejo, Brasileña. Es lo que es. Bueno, me voy, que la abuela de Paula nos va a enseñar a preparar tamales por videollamada. Solo recuerda una cosa, ya estás en el mejor club del mundo. En otros sitios te podrán pagar más dinero, pero aquí tienes una familia. Eso importa, ¿sabes?
Y se va sin más. Me deja sola, con mi casa medio vacía y el cuadro del colibrí apoyado en la pared. Todavía sin colgarse.