Capítulo 18
Holland
Por algún motivo que desconozco, esa mañana me fijo en las zapatillas de correr de Natalia en la caja transparente de la entrada, junto a las botas de Lina. Llevan ahí meses, pero verlas junto a las botas de mi hija me saca una sonrisa.
Han sido siete días raros, supongo que en el buen sentido.
La jueza falló a mi favor, Megan no va a apelar, el calendario de visitas está firmado y aceptado.
Y el asunto de Natalia y el periodista llega a su fin.
En general, todo el mundo les da la razón a Natalia y a Bianca, aunque siempre hay gente especial para todo y alguno no se lo cree.
Estoy perdida en mis pensamientos cuando alguien aporrea la puerta con demasiada energía.
—Holland, jefa, una cosa rápida y me piro —dice Iris, ya dentro de la casa y sin preguntar si puede pasar—.
Es que pasaba por aquí y le he traído a Lina unos cromos de la liga.
Ya sabes que a mí me los regalan y, mira, mi careto sale en uno de esos especiales de platino.
Colección limitada, jefa, supongo que porque salgo bien en las fotos, no sé —añade, encogiéndose de hombros.
De pronto, mira lentamente el salón, la mesa puesta para tres, las botas y zapatillas de deporte ordenadas a la entrada en cajas transparentes y a continuación, me mira a mí con una sonrisa que no me gusta del todo.
—Buah. Qué tranquilidad de hogar. Da hasta repelús —dice, poniendo los ojos en blanco—.
Paula sería feliz en un sitio tan ordenado.
Disfrútalo, jefa. La calma de marzo dura lo que dura, que luego vienen los playoffs y nos volvemos todas idiotas con la tensión, yo te aviso, ¿eh?
—agrega, acercándose a la mesa para coger una aceituna del bol—. La brasileña, ¿bien, no?
—Bien.
—Ya. —Mastica, me señala con el hueso—. Vale, pero tú vigílala igual.
Y se va sin esperar a que le pregunte qué quiere decir con eso.
Odio que haga ese tipo de cosas. Iris suelta esas frases y se larga antes de que te dé tiempo a pedirle explicaciones.
Muchas veces no quiere decir nada, se desvía a menudo del tema principal sin venir a cuento, pero otras, te deja mal cuerpo.
Natalia llega diez minutos más tarde con el pelo aún mojado de la ducha tras el entrenamiento.
—¿Acabo de cruzarme con Iris? —pregunta extrañada.
—Ha traído unos cromos de la liga para Lina —le explico.
Cenamos tarde, las tres, escuchando una larga disertación de mi hija sobre por qué un perro salchicha sería mejor mascota que un gato porque Natalia y ella intentan convencerme para adoptar un perro.
En mitad del segundo plato suena el móvil de Natalia. Mira la pantalla, hace una mueca y se levanta.
—Es Diogo, mi agente, cosas de la renovación, ya sabes —explica y se va al porche a hablar, cerrando la puerta tras ella.
Vuelve a los cinco minutos, se sienta y retoma el debate del perro como si nada.
Trato de no darle importancia. Las llamadas de un agente son normales para una jugadora profesional y debería acostumbrarme a ello.
Pero solo tiene un año de contrato y no acaban de ofrecerle la renovación a pesar de su buen rendimiento en el campo.
Más tarde, en nuestro dormitorio, con la puerta cerrada y la luz apagada, nos vamos quitando la ropa sin prisas.
Últimamente es muy diferente. Ya no nos preguntamos si esto va a durar una o dos noches. Hay una semana de cosas resueltas que celebrar en una cama que ya es de las dos.
Le beso en el hombro, en la clavícula, en el tatuaje del colibrí del antebrazo.
Una vez me dijo que esa ave definía bien su personalidad porque volaba de flor en flor sin detenerse nunca, igual que ella con los equipos de fútbol.
Le pregunté si eso seguiría siendo así y solo me sonrió antes de besarme.
Ella me acaricia la barbilla con la punta de los dedos, recorriendo la cicatriz que lleva ahí desde que tenía nueve años, la de la bici.
Luego me besa tras el lóbulo de la oreja, porque le encanta que se me ponga la piel de gallina cuando lo hace.
Sus labios descienden por mi cuello, mordisquean la clavícula con suavidad, sabe que me vuelve loca sentir la caricia de sus dientes en mi piel, y siguen bajando, sin prisa, hasta detenerse alrededor de mi pezón.
Jadeo, arqueo la espalda contra el colchón y hundo los dedos en su pelo.
Cuando estamos completamente desnudas, la oscuridad del cuarto tan solo nos permite ver contornos, pero eso intensifica cada caricia. Siento su peso sobre mi cuerpo, el calor de su vientre en el mío, el tatuaje del colibrí que antes besé, ahora rozándome la piel con cada respiración entrecortada.
Me ahogo en sensaciones que ya resultan familiares mientras coloca las manos en mis nalgas para atraerme hacia su cuerpo.
Nuestros pechos se rozan al tiempo que ella dobla una pierna para que me frote con su muslo, creando una fricción deliciosa que me hace gemir contra su cuello.
Es como si todo hubiese desaparecido. El mundo que nos rodea se desvanece y solo quedamos nosotras dos, desnudas en la intimidad de nuestro dormitorio.
Apaga una sonrisa contra mis labios al escucharme gemir, acariciando mis pechos, endureciendo mis pezones entre sus dedos. Me dejo llevar entre jadeos, echando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, con el deseo acumulándose en mi sexo.
Nuestra respiración entrecortada rompe el silencio de la noche y cada una de sus caricias deja un reguero de deseo en mi piel.
Cuelo una mano entre sus piernas, froto los dedos en pequeños círculos mientras ella busca hacer lo mismo conmigo, provocando escalofríos de placer que recorren todo mi cuerpo.
—Quiero sentirte más —susurro.
La atraigo hacia mí, girando su cuerpo sobre el mío hasta que mi boca encuentra su sexo al mismo tiempo que sus dedos se hunden en el mío.
Es un 69 desordenado, íntimo y familiar, el sabor de su excitación llenándome mientras mi lengua dibuja círculos sobre su clítoris.
Ella gime contra mi muslo al tiempo que yo cabalgo sobre sus dedos, buscando más presión.
El colchón se mueve suavemente con nuestro vaivén. El placer se acumula en mi vientre como una ola a punto de romper y noto que ella también está cerca: su respiración se vuelve errática, sus uñas se clavan en mi piel.
—Más rápido —suplico contra su clítoris.
Arqueo la espalda al sentir sus dedos curvándose ligeramente en mi interior mientras muerde con delicadeza mis nalgas. Pronto, sus piernas tiemblan y su abdomen se tensa. Grita mi nombre, con sus dedos todavía dentro de mí mientras me empuja a un precipicio de placer que me deja sin aliento.
—¡Dame tus dedos! —ordeno antes de meterlos en la boca para chuparlos.
Nos quedamos un buen tiempo sin movernos, su cuerpo desnudo sobre el mío, perdida en el sabor de sus labios y en el aroma de su piel. Araña con suavidad mi costado mientras me besa y, cada vez que pronuncia mi nombre, me hace temblar.
Después nos quedamos enredadas, desnudas, su pierna entre las mías, su respiración ralentizándose contra la piel de mi cuello. Y mientras le acaricio la espalda, pienso en lo bien que se siente poder estar así una noche cualquiera de un martes cualquiera, sin reloj.
***
Nos despierta el llanto de Lina a las tres y media.
Lo conozco bien, ese llanto medio dormido de una pesadilla. Voy a consolarla, pero Natalia llega antes.
Me quedo en el umbral, sin entrar, solamente observando una escena que consigue que se me escapen lágrimas de ternura.
Natalia se sienta al borde de la cama y le canta una canción de cuna en portugués.
Es una melodía preciosa y mi hija se va calmando poco a poco, hipa un par de veces y se queda dormida de nuevo, agarrada al oso de peluche que le compramos el mes pasado.
—Buenas noches, mami —escuchamos de pronto y no sé quién se queda más sorprendida, si Natalia o yo.
Volvemos a la cama en silencio y nos tumbamos frente a frente, apoyadas sobre el antebrazo.
—Acaba de llamarme mami —susurra extrañada.
—¿Y estás bien con eso?
Tarda en responder. En la oscuridad distingo el movimiento de la garganta al tragar saliva.
—No es algo que esperase escuchar todavía, o quizá nunca —admite con un suspiro.
No suena a alegría, suena más bien a una mujer a la que le acaban de poner un peso entre las manos que no está segura de querer y eso me preocupa.
Busco su mano y la aprieto. No le digo lo que estoy pensando y tampoco la presiono.
Natalia me devuelve el apretón, pero se queda mucho tiempo despierta. Lo sé porque yo tampoco puedo dormir.
***
A la mañana siguiente, prepara café y tostadas con aceite de oliva antes de que yo baje. Tiene conmigo esos pequeños gestos que me encantan porque dicen más que mil palabras. Y, aun así, mientras desayunamos, la noto un poco distante.
No sabría explicar por qué. Contesta cuando le hablo, se ríe del dibujo que Lina ha hecho del futuro perro salchicha que adoptaremos, recoge los platos.
Pero es como si una parte de ella estuviese manteniendo una conversación en la que yo no participo.
Mira el móvil un par de veces y lo coloca boca abajo sin contestar.
Cuando le pregunto si pasa algo, me dice “nada, ya sabes, mi agente”. Quizá es solo que ayer dormimos poco.
La acompaño hasta la puerta antes de que se vaya a entrenar y siento algo extraño. Es la sensación de que alguien a quien quiero no está del todo aquí conmigo. La última vez que sentí eso, la mujer que lo provocó se marchó a Virginia.
Sacudo la cabeza y trato de apartar esos pensamientos. Natalia no es Megan. Me ha preparado mi desayuno favorito esta mañana y ha calmado a mi hija de madrugada con una nana en portugués. No tengo ningún motivo para dudar de que todo está bien entre nosotras.