Sitio para tres (Seattle Emerals 4) Capítulo 17
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Capítulo 17

Natalia

Al final, Bianca no da la rueda de prensa que me había anunciado por teléfono.

Ha escrito un texto largo, meditado, aunque un poco visceral, y lo ha colgado en una de esas páginas donde las jugadoras publican sus cosas, sin periodistas delante ni preguntas que la corten a la mitad o que traten de liarla.

Supongo que prefería sus palabras enteras, y lo entiendo, porque a Bianca le han intentado hacer daño ya demasiadas veces en esta vida.

Cuenta cómo alguien le robó unas fotos íntimas con su novia y las utilizó para amenazarla, cómo en aquel club todos lo sabían y nadie movió un dedo para ayudarla, y cómo yo la defendí de la única forma que se me ocurrió y acabé pagándolo caro.

Leo mi nombre en el artículo y se me forma un nudo en el estómago porque le pedí que no lo hiciera.

Se lo pedí más de una vez, que esperase.

Holland aparece descalza, con un vaso de agua, y por la cara que pongo, se da cuenta de que algo no va bien.

—Bianca ha publicado toda la historia —anuncio con un soplido.

Se apoya en la encimera, a mi lado, y lee parte del artículo por encima de mi hombro.

—Le dije que no lo hiciera —murmuro.

—Quizá necesitaba hacerlo por ella misma, para tomar el control de su vida —añade, acariciando mi espalda.

No respondo. Me quedo mirando la pantalla y pensando en todas las veces que le he dicho a Bianca que ya me encargaba yo.

En la testigo que busqué por mi cuenta. En Hale, al que fui a buscar yo sola a la salida de un restaurante.

Llevo meses convencida de que la estaba protegiendo, igual que en el club anterior, cuando decidí sin preguntar que cuidarla era cosa mía.

Pero Bianca ya no tiene veinte años y yo seguí tratándola como a una cría a la que hay que proteger para que no le hagan daño.

En realidad, la estaba dejando fuera de su propia historia, que es lo único que de verdad le pertenece.

***

Los dos días siguientes son malos, de esos que solo quieres que llegue la noche para que se terminen de una vez.

Hay quien pregunta por qué Bianca habla ahora y no hace meses, otros que insinúan que busca dinero o publicidad. Incluso hay quien defiende a Hale como si le fuese la vida en ello.

Es algo que me conozco de memoria, porque llevo toda la temporada siendo el ejemplo de cómo un vídeo de cuatro segundos puede contar una historia que no es la verdadera.

Pero al tercer día la cosa empieza a cambiar.

La mujer que llevaba la prensa en el otro equipo, la que Paula me dijo que era de fiar, confirma por escrito que en el club sabían lo de las fotos y no ayudaron a Bianca.

Aparecen otras dos mujeres con sus propias historias sobre Hale y le tachan no solo de mala persona sino de auténtico depredador.

Y, poco a poco, la balanza se va inclinando hacia el lado de Bianca.

No es algo limpio ni rápido, pero se inclina.

Mi abuela decía que la verdad es como el aceite, por mucha agua que le pongas encima, tarde o temprano acaba saliendo a flote.

Al final, Hale acaba despedido del medio para el que escribía y en el sector se le cierran todas las puertas. El comité de protección de jugadoras ha abierto una investigación, porque lo de las fotos robadas tiene un nombre muy feo en el código penal y suele llevar abogados detrás.

Ante las cámaras, confirmo que todo lo que cuenta Bianca Loureiro es verdad, que yo lo vi con mis propios ojos.

Aclaro que no pienso pedir perdón por el empujón, que puedo pedir perdón por muchas cosas en mi vida, pero no por esa.

Esa la volvería a hacer un millón de veces, sin importarme las consecuencias.

Explico que todo el material que tenía sobre Hale se lo he entregado ya al comité para que lo adjunten en las acciones legales.

Por último, anuncio que mi próximo contrato con la marca que me patrocina desde los dieciocho años, irá íntegro a la Fundación Bianca Loureiro, que ayuda a niñas sin recursos en la zona de Belo Horizonte.

Lo dejo así, sin responder a las preguntas, porque lo único que quiero es pasar página lo antes posible.

***

Hades me llama a su despacho al día siguiente. Hace igual de frío que la primera vez y ha colocado las gafas sobre la mesa, con las patillas mirando hacia mí.

—Ahora que por fin las cosas se han aclarado, es momento de que te cuente la verdad —dice en cuanto me siento frente a ella.

—¿La verdad sobre qué?

—Tu antigua entrenadora es buena amiga —suelta sin rodeos—. Sabía que me gustaba tu manera de jugar y me llamó en cuanto supo que te querían traspasar. Nosotros teníamos una jugadora que quería irse, así que la operación se hizo casi sola.

Tardo un momento en entender de qué me habla.

—Queríamos darte un sitio en el que te sintieses a gusto y no tuvieses que explicar de continuo lo del empujón.

Lo de la cláusula entrenando el equipo de niñas, no es ningún castigo, Natalia —añade—.

Es bueno para ti, los aficionados te ven ahora con mejores ojos, sobre todo teniendo en cuenta que Iris estuvo el año pasado en el mismo programa.

—Gracias, supongo —murmuro, encogiéndome de hombros.

Hades regresa a sus esquemas, como si la conversación ya le hubiese robado demasiado tiempo.

—No me lo agradezcas. Sigue metiendo goles —me recuerda cuando me levanto.

Salgo del despacho con una sensación rara, dando vueltas a cada palabra.

Llevo desde que llegué a este club cargando con esa cláusula como si fuese una condena, algo para lavar una imagen que yo misma había roto a empujones.

Estaba segura de que era un correctivo, una forma elegante de recordarme lo que había hecho.

Y resulta que era una mano tendida que no supe ver.

Y, de rebote, conocí a Holland.

Lo que me pesa ahora es que en un cajón de mi piso de Capitol Hill hay un contrato de tres años en otro país. Un club europeo que me ofrece una oportunidad difícil de rechazar, y todavía no se lo he dicho a Holland. Supongo que guardarme las cosas es lo que mejor se me ha dado siempre.