Sitio para tres (Seattle Emerals 4) Capítulo 16
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Capítulo 16

Holland

La llamada de mi abogado me pilla en el aparcamiento del instituto.

Llevamos varias semanas esperando. La jueza dijo que resolvería por escrito y que tardaría lo que tuviese que tardar, así que cada día, casi cada hora, se convierte en una eternidad.

Me apoyo en el coche antes de contestar, con el corazón latiendo tan fuerte que temo que me vaya a dar algo.

—Holland. Tengo el auto de la jueza —saluda—. Te da a ti la custodia principal, intacta. Se amplían las visitas a Megan, supervisadas al principio, con un calendario, pero eso ya lo esperábamos. Margen de revisión a los dos años. Ganamos —añade y a mí se me corta la respiración.

Tardo un par de segundos en reaccionar, pero supongo que él está acostumbrado, porque no insiste ni pregunta si sigo ahí. Escucho el tráfico de la avenida, una sirena a lo lejos, a los chavales del último curso discutiendo sobre un examen junto a la puerta, y por fin reacciono.

—¿Custodia principal? —repito—. ¿Intacta de verdad?

—Intacta de verdad. Ganaste. La jueza valoró de manera muy positiva las cartas de los padres y las profesoras.

Al final, lo que se busca es una vida feliz para los menores, no una casa con jardín y piscina.

Cito textualmente: “Prevalece una vida de felicidad documentada frente a una intención”.

A veces lo aburrido funciona, Holland, ya te lo dije.

Me siento en el bordillo, más que nada porque todo mi cuerpo tiembla.

Mi abogado me explica los plazos y algo sobre un papel que tengo que firmar la semana que viene.

No retengo casi nada de lo que me dice, estoy demasiado nerviosa.

Lo único que se graba en mi cabeza es que no necesitamos apelar nada porque hemos ganado.

Lo demás, después de semanas sin poder dormir, es demasiado para procesarlo sentada en un bordillo.

La primera persona a la que llamo es a Natalia.

Ni siquiera lo pienso, marco el número antes de decidir a quién quiero llamar. Solo cuando escucho los tonos de llamada, me doy cuenta de que hace tan solo unos meses, la primera persona habría sido mi hermana.

—¡Hemos ganado! —chillo en cuanto descuelga—. Lina se queda con nosotras.

—Menos mal —suspira—. Estoy orgullosa de ti, Holland.

Hablamos un poco más, al fondo, escucho las voces de sus compañeras de equipo y el ruido de las duchas, así que supongo que la he pillado en el vestuario.

La segunda llamada es a Annie.

Mi hermana descuelga con la tele de fondo y un crío gritando. Por algún motivo, en su casa siempre hay un crío gritando.

—Dime que es bueno o no me lo cuentes —dice a modo de saludo.

—Es bueno. Lina se queda, me dan la custodia principal.

Annie hace un ruido raro, mitad risa mitad otra cosa, y le grita a alguien que se calle un momento, que está hablando con su hermana.

—Bien —resopla. Annie no es de discursos—. Ahora tengo que colgar antes de que tu sobrino pequeño prenda fuego a la casa. Luego hablamos con calma —se despide.

***

Esa tarde, en los campos auxiliares, entreno como hacía tiempo que no entrenaba, con una energía diferente.

Natalia corre a abrazarme en cuanto se baja del coche, me levanta del suelo y me besa la frente mientras un grupo de niñas se nos queda mirando.

Iris pasa por allí “de camino”, que es algo habitual en ella; se presenta en los sitios sin avisar de camino hacia otro lugar en el que también se presentará sin avisar.

—Buah, hoy pareces otra, jefa —me dice cuando se acerca a mí—. Eso es que te ha pasado algo bueno. No me lo cuentes, que no es asunto mío, pero me alegro.

—Sí, ha pasado algo bueno —admito.

Asiente, como si confirmase que había acertado. A continuación, mira hacia donde está Natalia, que enseña a tres crías a parar el balón con la planta y entorna los ojos.

—El club cuida a los suyos —masculla entre dientes, medio para sí misma—. Más de lo que parece. Yo sé un par de cosas de eso. —Y antes de que le pregunte qué quiere decir, se monta en la moto y me deja con la palabra en la boca—. Nada, cosas mías, jefa. Hala, dale recuerdos a la pequeña.

Se va sin esperar una respuesta, que también suele ser el modo en que Iris se va.

***

Lo que no me esperaba es la llamada de Megan a las nueve y media de la noche.

Lina ya está en pijama, peleándose con Natalia sobre si la Selección de Brasil puede ganar a la de Estados Unidos. Yo salgo al porche con el móvil porque el número que aparece en la pantalla me cambia la cara y no quiero que la niña vea eso.

—No voy a apelar —anuncia mi ex, sin apenas saludar. Tiene la voz cansada, sin el tono ensayado del primer día—. Prefiero que lo sepas por mí y no por los abogados.

—Vale, gracias.

—Pero tenemos que trabajar en un calendario de visitas.

Quiero verla —suelta al fin—. Como tú digas, no quiero discutir.

Solo… —se atasca, busca las palabras, pero no encuentra la frase limpia que quería soltar—.

No sé. Hay cosas que no… que ahora lo veo diferente.

Bueno, da igual, me gustaría verla, eso sí lo tengo claro.

Aprieto el móvil con fuerza y siento una opresión en el pecho.

Cuatro años son cuatro años y durante todo ese tiempo fui yo la que se hizo cargo mientras la madre que la llevó en el vientre construía una vida nueva en Virginia.

Pero, al fin y al cabo, Megan también es su madre y no solo está en su derecho, sino que supongo que a largo plazo puede ser bueno para Lina.

Cuando regreso, Lina está dormida en nuestra cama y Natalia se encoge de hombros.

—¿Todo bien? —pregunta por encima de la cabeza de la niña, bajito para no despertarla.

—Todo bien —confirmo.