Capítulo 15
Natalia
Diogo me llama a las siete de la mañana. A esa hora, en Europa ya es media tarde, así que el hecho de que haya esperado a que yo estuviese despierta ya me dice que esto va en serio.
—Es formal —dice sin siquiera saludar—. Tengo la oferta por escrito del club francés. Tres años y un montón de dinero.
Me informa de la cifra del contrato y, a continuación, de las primas que recibiría por varios conceptos, como títulos ganados o número de goles.
Es más de lo que puedo recibir en Seattle incluso si me quedo cinco temporadas.
A los treinta y uno, insiste en que esto podría ser el último contrato grande que me van a poner delante, sobre todo uno que implique tres temporadas.
No tendría que preocuparme hasta los treinta y cuatro.
Luego vendrían los contratos de un año, los de “a ver cómo aguantan las rodillas”. Los dos lo sabemos.
—Tienes vuelos diarios a buen precio a São Paulo. Belo está a un salto desde allí.
—Diles que me lo pienso unos días.
—¿Cómo que te lo piensas, Natalia? —protesta.
Cuelgo antes de que siga insistiendo porque sé lo pesado que puede llegar a ser con esos temas. Cada vez que cambio de equipo, él se lleva una comisión, y con el ritmo de cambios que he llevado toda la vida, para mi agente soy una auténtica mina de oro.
La última vez que un club europeo grande me puso una cifra importante, dejé a Camille y me fui al Reino Unido sin pensarlo.
Ahora respondo que necesito unos días para tomar la decisión.
No sé si es un signo de madurez o de estupidez, porque lo de pensármelo es algo nuevo para mí y todavía no sé si me gusta.
***
Al día siguiente se lo cuento a Iris porque necesito contárselo a alguien y con Holland me da auténtico pánico.
—Buah, ¿irte, Brasileña? —Me mira como si le hubiese dicho que voy a dejar el fútbol para vender lavadoras—. ¿Irte dónde? Pero si ya estás en el mejor equipo del mundo. ¿Qué se te ha perdido a ti en Europa?
Para Iris no hay debate. Para ella y para muchas otras jugadoras americanas, jugar en las Seattle Emeralds es la cima; cualquier otra cosa es bajar peldaños.
Así que le explico que es el contrato más grande que voy a ver en mi vida, que es más dinero del que sacaré aquí, que significa estar a una noche de vuelo de mis padres.
Y que yo he vivido en tantas ciudades que irme a Francia no representa ningún problema.
—Estás mejor aquí —suelta sin dar ninguna explicación.
***
Hale viene a Seattle para cubrir el siguiente partido.
Me lo dicen el martes, seguramente para que me vaya preparando mentalmente por si me lo encuentro.
Al principio me cabreo, pero para el jueves decido hablar con Paula, la novia de Iris.
Se lo cuento todo. No tarda más de un día en reunirse conmigo en una cafetería de Ballard, de esas con demasiadas plantas.
No pide nada. Espera a que me siente y que la camarera se aleje.
—Hay una mujer —me dice, despacio y bajando la voz, midiendo cada palabra—.
Trabajaba en el departamento de prensa en tu antiguo club cuando ocurrió lo de Bianca.
La echaron a la temporada siguiente y no se lo tomó nada bien.
Culpa a Hale y está dispuesta a declarar.
He comprobado que es de fiar y que sabe de lo que habla —me dice, haciendo una larga pausa—.
A partir de ahí lo decides tú, yo no me meto.
A Hale lo encuentro a la salida de un restaurante de Belltown, esperando un taxi.
—Si publicas una palabra sobre Bianca, publicaré yo cosas sobre ti que destruirán tu carrera —le advierto, colocándome junto a él—. Tengo material que no te va a gustar.
Me mira de arriba abajo, sin prisa, como si estuviese calculando si es cierto o voy de farol.
—¿De verdad piensas que me voy a creer algo así? —pregunta con un gesto de desdén.
No le doy el gusto de quedarme a discutir. Ya he dicho lo que venía a decir, y los dos sabemos que esto no se termina en una acera de Belltown, así que me doy la vuelta y me voy. Si quiere guerra, la va a tener. Y se me queda la sonrisa el resto de la noche.
***
Mis zapatillas de correr están en una caja transparente a la entrada de la casa de Holland, al lado de las botas de agua de Lina. Puede parecer una tontería, pero las miro cada vez que entro y pienso que es la primera vez en años que algo mío parece encajar en una casa.
Holland está fregando los platos de la cena cuando llego. Lina ya se ha dormido. Me apoyo en la encimera y la veo mover las manos en el agua, sin prisa, ordenando los cubiertos antes de secarlos, porque es incapaz de no ordenar nada.
—Últimamente estás algo distante —me dice sin darse la vuelta, mientras se seca las manos con un trapo de cocina.
—He recibido ofertas de dos clubes de Europa —admito, dejando escapar un largo suspiro—. No es nada de momento.
—¿Ofertas? —insiste.
—Sí, bueno, ya sabes cómo va esto. Siempre hay algún tipo de oferta. Hablan mucho y luego no hay nada —disimulo.
Lo deja ahí. Me cree, o decide creerme. Quizá simplemente no tiene ganas de saber más, porque a veces no quieres saber las cosas hasta que ya no tienen remedio. Guarda el trapo y me da un beso en la frente al pasar a mi lado hacia el salón.
Justo entonces vibra el móvil en mi bolsillo. Bianca.
—Estoy cansada de esperar —dice sin saludar, en cuanto me encierro en el baño—. Voy a hacer una rueda de prensa.
—Espera al fallo de la custodia, por favor —contesto, bajando la voz—. Dos semanas. Tres como mucho, solo te pido eso. Cuando Holland tenga lo de Lina cerrado, lo planeamos bien, buscamos el momento, lo hacemos sin que…
—No voy a esperar por una hija que no es mía —se queja.
—Escucha, lo tengo controlado —interrumpo—.
He hablado con Hale, cara a cara. Tengo a una mujer que llevaba la prensa en nuestro anterior club y está dispuesta a declarar que sabían lo de las fotos.
Déjame a mí, solo espera al fallo de la custodia, y entonces lo soltamos todo de golpe y no tiene por dónde escaparse.
—Para.
Lo dice tan bajo que casi no la escucho.
—¿Has ido a ver a Hale tú sola? ¿Tienes una testigo… y me llamas para pedirme que espere?
Se queda muy callada, y por cómo respira sé que he perdido su confianza.
—Lo hacía por ti —admito con un suspiro.
—Lo hacías sin mí —corrige. No grita. Ojalá me gritase, pero me lo suelta bajando el tono de voz—.
Es mi cara la de esas fotos, Natalia, es mi cuerpo desnudo y el de Julia, no el tuyo.
Y tú andas por Seattle jugando a ser detective y amenazando a periodistas como si fuese un problema que hay que arreglar antes de que yo misma me entere.
¿Sabes cuánto llevo esperando? Esperé por el club.
Esperé por tu temporada. Ahora me pides que espere por un acuerdo de custodia de tu novia. Esta vez no. Lo siento, pero no.
Y cuelga.
Me había convencido a mí misma de que la protegía. Que callaba por ella, que aguantaba por ella, que mi silencio era un escudo para alguien que todavía no sabía defenderse sola.
Aprieto la mandíbula y me siento en el borde de la bañera de Holland, con el móvil todavía en la mano, esperando una nueva llamada de Bianca que sé que no llegará.
Llaman flojito a la puerta.
—¿Todo bien ahí dentro? —pregunta Holland.
—Sí. Ahora mismo salgo.
Pero no lo hago. Me quedo un minuto más sentada en el borde de la bañera, en una casa que cada vez se parece más a un hogar. Escondiendo información a todas las personas que me importan.
Como diría mi abuela, lo que callas pesa el doble.
Y a mí ya empieza a pesarme demasiado.