Sitio para tres (Seattle Emerals 4) Capítulo 14
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Capítulo 14

Holland

Mi hermana Annie me trae un traje gris en una bolsa de tintorería.

Dos horas hasta aquí y dos de vuelta. No se queda a la vista porque tiene dos críos y un marido que trabaja a turnos.

Pero condujo cuatro horas para traerme un traje que sabía que yo necesitaba.

Es la única familia que me queda tras la muerte de mi hermano y más tarde la de mis padres.

El traje me queda un poco ancho de hombros, pero me daba tanta rabia comprar uno para presentarme en un juzgado que lo fui posponiendo.

La vista es a las diez y media, así que he tenido que dejar a Lina en casa de Tessa a las nueve, con la mochila del cole y la promesa de que la recogería para cenar.

Nada más llegar, Wesley le ha abierto la puerta y la ha arrastrado dentro sin preguntar nada.

Supongo que es justo lo que la niña necesita.

No sabe nada de la lucha por la custodia, aunque estos días me nota un poco tensa.

Anoche, después de acostarla, me llamó mi abogado. Me dijo que si pintaba a Megan como una madre que no se ha preocupado nunca por su hija, que es justo lo que parece sobre el papel, el caso se ganaba solo.

Le dije que no. Lo pensé un buen rato sentada en el borde de la cama, y le dije que no.

Lina todavía la llama mamá Megan. La quiere a su modo, aunque lleve prácticamente cuatro años sin verla y apenas recuerde cuando vivía con nosotros. Para mi hija sigue siendo su madre y no voy a sentarme en una sala, a cuarenta minutos de donde Lina juega con Wesley, para pintarla como un monstruo.

Mi abogado suspiró al teléfono y me dijo que, si era mi decisión, estaba bien, pero me advirtió de que corríamos más riesgo.

En el juzgado, se presenta con las 42 cartas. Páginas y páginas de gente normal escribiendo a mano que conocen a Holland Callow y que les parece una buena madre.

Megan llega con Grant. Le reconozco de la foto que David encontró en la web de su despacho de abogados: Harding & Webb. Está más delgada y lleva el pelo distinto, y por un segundo, antes de acordarme de todo lo que ocurrió, casi me da por abrazarla.

Luego, al ver la cara que ponen tanto ella como su marido, se me pasa.

Hablan de estabilidad, de la seguridad que da crecer en un hogar de dos adultos con buenos recursos económicos. Cuentan maravillas de un colegio privado en Richmond, de una casa con piscina donde podrá llevar a sus nuevas amigas siempre que quiera.

Hablan de mí sin apenas nombrarme: madre soltera, entrenadora voluntaria, profesora de instituto con un sueldo modesto.

Añaden una pareja que cambia constantemente de equipo y con un perfil público de cierta volatilidad.

Lo dibujan todo tan perfecto que, durante un instante, hasta yo me lo creo. Joder. Casi suena bien dicho así.

Mi abogado responde con nuestra verdad aburrida.

Saca el calendario de los entrenamientos de Natalia con las niñas, las declaraciones de las madres del equipo, el informe del pediatra.

Y luego empieza a leer algunas cartas. No todas.

Seis o siete. Cosas pequeñas, sin dramas ni grandes hazañas.

Cosas que pasan en el día a día de cualquier familia normal.

La jueza escucha con las gafas en la punta de la nariz y va pasando hojas.

No hay un gran momento. Esa es la idea. Cuatro años de vida cotidiana frente a tan solo buenas palabras.

Y entonces la jueza deja las gafas sobre la mesa y mira a Megan, no al abogado.

—Señora Harding, una pregunta. ¿Por qué ahora?

Megan lo tiene preparado. Se le nota en cómo arranca, en la frase que sale redonda y bien ensayada.

—He madurado —dice—. Siempre quise formar parte de su vida, pero las circunstancias me lo impedían —añade.

Pero la jueza no le quita los ojos de encima y va perdiendo la seguridad en sí misma. Empieza una frase y la deja a medias. Dice algo de Grant y se para.

—No podía empezar de cero —dice por fin, y ya no le sale tan ensayado.

Se queda con la boca un poco abierta, como si la frase la hubiese traicionado al salir. No la termina de explicar. Solo se queda ahí, sin saber del todo si lo que acaba de decir es bueno o malo.

—Tomo el caso bajo deliberación —dice la jueza—. Presentaré mi decisión por escrito.

Y ya está. No es como en las películas. No hay veredicto.

Hay un mazo que ni siquiera suena y gente recogiendo carpetas, Grant le pone a Megan una mano en la espalda para sacarla de la sala.

Mi abogado me dice al oído que ahora toca esperar y que esperar es la peor parte, que ya me llamará. Yo solo asiento.

***

Llego a Crestview con Lina medio dormida en el asiento de atrás.

Natalia me espera en el salón y envía a mi hija a lavarse los dientes.

—Los de atrás también —insiste, y Lina protesta y se va.

A continuación, se acerca a mí, me pone las manos en la cintura y apoya la frente en mi sien. Se queda en silencio. No pregunta cómo ha ido o qué ha dicho la jueza. Solo me sostiene.

Una hora más tarde, con Lina ya dormida, prepara un té que a ninguna de las dos le apetece de verdad.

—Te quiero —suspiro, cogiendo su mano entre las mías—. Hoy ha sido uno de los peores días de mi vida y lo único que quería mientras conducía era volver a casa y que me estuvieses esperando.

—Yo también te quiero —responde, inclinándose para besarme.

Lloramos un poco, las dos, abrazadas, con dos tazas de té que nadie va a beber.