Capítulo 13
Natalia
Mi madre lleva tan solo cuarenta y ocho horas en Seattle y ya no reconozco mi casa, menos mal que apenas vivo en ella.
Esta mañana, cuando me fui a entrenar, la nevera estaba totalmente vacía.
Al regresar, había tarros con arroz, harina de mandioca que no tengo ni idea de dónde la ha sacado y algo rojo que huele a las comidas del domingo en São Paulo.
En el alféizar de la ventana ha colocado ocho vasos de yogur cortados por la mitad, de los que asoman unos brotes verdes que le ha regalado alguien.
Lleva dos días en una ciudad que no es la suya y ya ha plantado algo.
Mi padre no está en casa. Lleva desde ayer enamorado de un restaurante mexicano a tres calles de aquí, de una familia de Michoacán.
Desconozco cómo se entienden entre ellos, pero fue a por algo de comer y se hizo amigo de los dueños.
Mi padre tiene ese don; aterriza en cualquier parte y en un día encuentra un rincón donde le tratan como si llevase veinte años entrando por la puerta.
Yo, en cambio, llevo toda mi vida de ciudad en ciudad y todavía no he encontrado la mía. Supongo que hay cosas que no se heredan.
El cuadro del colibrí sigue apoyado contra la pared del salón, sin colgar, como en los seis pisos anteriores en seis ciudades diferentes.
Mi madre lo ha movido un poco, lo suficiente como para que le dé la luz de la ventana, pero no lo ha colgado.
Tampoco me ha preguntado por qué no estaba en la pared.
***
Al día siguiente les llevo al campo. No hay partido de verdad, solo las crías corriendo detrás de un balón un sábado por la mañana y los padres con sus cafés.
Es el momento ideal para que conozcan a Holland en un ambiente neutral.
Es justo lo que quería que vieran, aunque sea lo más importante de mi vida en estos momentos.
Mi padre dura cinco minutos en la grada, al sexto ya está en una esquina del campo, jugando al fútbol con Lina y media docena de niñas que descansan hoy, con la camisa por fuera y acalorado.
Tiene sesenta y un años y problemas de corazón y ahí está, dejándose ganar por una manada de crías hasta que se sienta en el césped con la mano en el pecho y se ríe.
Lina se deja caer a su lado, sin aliento, y le explica algo que no consigo escuchar desde aquí. Mi padre no entiende una palabra de inglés, pero asiente como si lo entendiese todo.
Mi madre está muy callada y cuando la miro, tiene los ojos humedecidos.
—Mãe.
—Estou bem —dice, y me aparta con la mano—. Mira tu hija allí abajo.
No la corrijo, Lina no es mi hija, pero no la corrijo.
Al terminar el partidillo, Holland nos trae un par de cafés. Lleva un tiempo aprendiendo portugués básico y mi madre está encantada de que intente hablar con ella.
—Tú la haces feliz —dice de pronto mi madre, muy despacio para que Holland la entienda.
—Lo intento —reconoce mientras me mira y me guiña un ojo.
***
Esa noche vienen a cenar Zoe y Tessa con Wesley, y también Iris, que se autoinvita cada vez que hay una celebración de algún tipo porque, según ella, las cenas del equipo son sagradas.
Como era de esperar, mi padre y ella no tardan mucho en conectar.
Tienen una conversación larguísima sobre el fútbol brasileño, sobre todo a través de señas, y luego Iris le cuenta una historia de la que estoy segura de que mi padre no ha entendido ni una palabra.
Aun así, con un buah por aquí y un buah por allá, se ríe como si estuviese con una amiga de toda la vida.
Luego le pide a mi madre la receta de su feijão y jura que la va a cocinar, lo cual es mentira, porque Iris no sabe preparar ni un huevo frito.
Wesley ha estado muy serio toda la noche y justo antes del postre, se baja de su silla y se acerca a Lina, le mete en el bolsillo del pantalón un dibujo y anuncia, con la boca llena:
—Lina ez mi helmana ahola.
Luego regresa a su silla como quien acaba de firmar un documento legal mientras a Zoe se le cae la baba con cada cosa que hace su hijo.
Más tarde, ayudo a mi madre a fregar mientras el resto charla en el salón. Las dos de espaldas a la puerta, ella lavando y yo secando, igual que hemos hecho mil veces en una cocina a nueve mil kilómetros de aquí.
—A Camille nunca la invitaste a cenar conmigo —dice de pronto, sin levantar la vista del plato que está lavando—. Y aquí tienes una familia de fútbol en menos de un año.
Cuando todos se van y Lina está ya durmiendo, salgo con Holland al porche a tomar una cerveza y me vienen a la mente las palabras de mi madre.
—Te debo la historia de Camille —digo muy bajito.
—No hace falta —me asegura.
Pero se lo cuento igual, porque necesito soltarlo. Lo hago a trozos. Que los tres años en Lyon fue lo más que me quedé en un solo lugar. Que Camille quería cosas normales, un piso que fuese nuestro, no de alquiler. Que dejase de firmar contratos de un año como quien no se compromete a nada.
—Mi madre pintó el cuadro del colibrí para cuando tuviese una casa definitiva —confieso—. Nunca lo llegué a colgar en ningún lugar.
Luego le cuento que llegó la oferta del Reino Unido y la acepté.
Le dije a Camille que lo habíamos hablado, aunque no habíamos hablado nada de verdad.
Se lo conté con el contrato ya firmado, y ella no montó ninguna escena.
No hubo gritos, ni una maleta en la puerta, ni nada de todo eso que sale en las películas.
—Me llevó ella misma al aeropuerto —admito—.
En la terminal me dijo “buena suerte en tu nuevo equipo”.
Nada más. Entonces me pareció que se lo había tomado muy bien.
Tardé años en entender que, cuando alguien te lleva al aeropuerto sin pelear, es porque hace tiempo que dejó de esperar que te quedes.
Pero no le cuento lo otro.
Que mi agente lleva toda la semana llamándome con dos ofertas muy buenas, sobre todo la de Francia. Que tengo que aprovechar los contratos grandes antes de que mis piernas digan basta. Que me aterra permanecer en un mismo lugar.
No le cuento nada de eso, al igual que tampoco se lo conté a Camille.
—Esto —suspiro, señalando el porche y luego la casa—. Esto es lo más cerca que he estado de quedarme.
Holland me abraza y besa mi sien. Sería un buen momento para confesar lo de las ofertas de Europa, pero me quedo callada.