Capítulo 12
Holland
El despacho de David Moreno está en un cuarto piso de Pioneer Square. Después de dejar a Lina en casa de Tessa, me lo encuentro mirando a través de una ventana que da a un callejón con fachadas de ladrillo, con una planta medio seca en la repisa que, al parecer, nadie se acuerda de regar.
—Cuarenta y dos cartas, es sorprendente —admite, colocándolas sobre la mesa y dándoles un golpecito con los dedos—.
Todas las familias del equipo de niñas a las que entrenas, menos una.
Dos profesoras de la escuela de Lina y el pediatra.
Revisiones médicas y vacunas al día. Todo con fecha y con firma. Esto es lo que un juez quiere ver.
—¿Y Megan?
—Megan tiene una casa preciosa en Richmond —reconoce, mientras se quita las gafas para frotarse el puente de la nariz—.
Tiene a Grant, que es socio de un gran despacho y gana una barbaridad de dinero.
En su escrito dice que también tiene una habitación pintada del color que ya ha elegido para una niña a la que lleva cuatro años sin ver.
Lo que no tiene es un solo ejemplo que demuestre que ha estado presente para su hija en algún momento.
Ni siquiera una felicitación de cumpleaños o un correo a una profesora.
Nada. Cuatro años de vacío. Pero hay algo nuevo —añade, y su tono de voz cambia—.
Han presentado una declaración suplementaria.
Desliza un folio por encima de la mesa y lo leo con calma.
Es lenguaje de abogado, frío, pero se entiende a la perfección lo que pretende conseguir.
Asegura que en el entorno de Lina ha entrado una “influencia volátil”.
Una deportista con una sanción disciplinaria por agresión, una carrera de traspasos constantes de un equipo a otro.
“Una presencia pública conflictiva”, son sus palabras exactas.
Según su abogado, eso introduce “inestabilidad” en un hogar que debería ofrecer todo lo contrario.
No escriben el nombre de Natalia, aunque tampoco hace falta, ni siquiera sé cómo mi ex se ha enterado.
—Que le den —mascullo entre dientes, y mi abogado levanta una ceja—. Perdón —me disculpo—. ¿Cómo se ha podido enterar de que estoy empezando una relación con Natalia Costa?
—No, está bien, tranquila. Es normal que te enfades, es justo lo que buscan que sientas.
Respondiendo a tu pregunta, estos despachos grandes no suelen hacer nada sin un detective privado que seguramente te ha estado vigilando durante los últimos dos meses.
Pero te aviso de una cosa: esto no es un disparate completo.
Sobre el papel, “un hogar estable con dos adultos con recursos” a un juez le suena bien.
En cambio, “jugadora sancionada por una agresión entrando y saliendo de la vida de una niña” suena un poquito a riesgo, aunque tú y yo sepamos que esa mujer le tira balones flojos a tu hija los domingos en el parque.
El truco es que el juez vea lo segundo antes que lo primero.
—¿Y cómo lo hacemos?
—Con pruebas. Natalia lleva en ese programa desde enero, dos tardes por semana, sin faltar un solo día.
Tengo las hojas de firmas. Y a varias madres dispuestas a declarar que ha conseguido que sus hijas vuelvan a casa hablando de fútbol en vez de llorando.
La palabra volátil pierde el significado cuando le pones delante varios meses acudiendo martes y jueves a la misma hora.
Y ahora ni siquiera está ya obligada a seguir colaborando con tu equipo. Lo hace porque quiere.
***
Esa noche, en casa, Lina está rara.
Lo noto en la cena, en cómo empuja los guisantes al borde del plato y contesta con monosílabos a cosas que normalmente les dedicaría un discurso de diez minutos.
Cuando le pregunto por el cole, se encoge de hombros.
Cuando le pregunto por Andrea, dice “bien” y se calla, y Lina casi nunca dice solo “bien”.
Lo dejo estar hasta que recogemos los platos. Está en esa edad en la que todavía le gusta ayudarme con las cosas de casa; le hace sentirse mayor, supongo que se acabará muy pronto. De momento, le doy un trapo para que seque los cubiertos y aprovechamos para hablar.
—Antes me leías tú el cuento por las noches —suelta de pronto, sin mirarme, frotando una y otra vez una cuchara que ya está seca.
—Y te lo sigo leyendo.
—No siempre. El martes me lo leyó Natalia.
Dejo con cuidado el plato que tengo en la mano.
—¿Y eso te molestó? —pregunto alzando las cejas.
Se queda pensando, con la cuchara colgando. Los niños de siete años piensan las cosas importantes con todo el cuerpo; se le nota en los hombros.
—Es que antes eras solo mi madre —dice al fin—. Y ahora también eres la novia de Natalia. No sabía que tendría que compartirte.
Lo dice sin dramatismo, del mismo modo que diría que en el comedor del colegio han vuelto a poner brócoli a pesar de que a nadie le gusta menos a Daniela. Pero a mí me detiene el corazón.
—Ven aquí —suspiro, abriendo los brazos para abrazarla—.
Escúchame, que esto es importante. Querer a Natalia no me quita ni un trocito de quererte a ti.
El cariño no es una tarta que, cuanto más das a otra persona, menos queda.
Os quiero a las dos, ¿vale? Y tú eres mi hija, así que te querré siempre.
—¿Y el cuento?
—El cuento lo que tú elijas. Si quieres que te lo lea yo siempre, perfecto. ¿Lo quieres siempre conmigo, o algunas noches conmigo y alguna con Natalia?
Se lo piensa con la misma seriedad con la que cambia los cromos con sus amigas.
—Contigo entre semana. Natalia los viernes, que cuando se emociona con algún personaje, pronuncia raro las palabras. El sábado, que tenemos más tiempo, las dos.
—Las dos —repito—. Hecho.
Asiente, satisfecha, como quien acaba de cerrar un buen trato, y regresa a sus cubiertos.
***
Cuando Natalia llega a casa, le cuento lo que ha ocurrido mientras abro una botella de vino. Se lo digo con un poco de miedo, casi esperando que se ofenda, no quiero que piense que sobra, porque en el fondo, Lina la adora.
—Tiene razón —admite—. Me he plantado en vuestra vida sin avisar y nunca lo hemos hablado con ella. Simplemente he aparecido y me he empezado a quedar a dormir en tu cuarto. Es lógico que proteste. Vamos a redibujar el mapa, nada más. Las niñas reorganizan rápido si les explicas las reglas nuevas.
Estamos las tres en la cocina, aunque Lina ha pillado el concepto mucho mejor de lo que nosotras pensábamos. De pronto, le suena el teléfono. Natalia mira la pantalla y la expresión de su rostro cambia ligeramente.
—Es mi agente. Ahora vuelvo —anuncia, levantándose y alejándose de nosotras.
Sale al porche y cierra la puerta de cristal. La veo de espaldas, una mano en la nuca, caminando una y otra vez por el pequeño espacio. Desde aquí no se puede escuchar nada, pero no hace falta.
Es la tercera vez esta semana que sale a hablar con su agente y se separa de mí.
La primera no le di importancia. Tampoco la segunda.
Ahora, ese pequeño detalle se me queda dentro como una piedra en el zapato.
Me repito a mí misma que no es nada. Los agentes llaman, es su trabajo.
Pero tiene un historial. Cambia de equipo sin parar y las Emeralds todavía no le han ofrecido la renovación a pesar de los goles que está marcando.
Que Natalia hable de su futuro al otro lado de un cristal cerrado enciende todas las alarmas en mi cabeza.
Lina ha seguido mi mirada hasta el cristal y ahora deja su taza con cuidado sobre la mesa.
—Mamá —llama mi atención con ese tono de voz que pone cuando va a preguntar algo que le da un poco de miedo—. ¿Mamá Megan va a venir a buscarme?
Se me para todo. El corazón, la cabeza, prácticamente me quedo de piedra.
—¿Por qué dices eso? —pregunto, inclinándome para mirarla a los ojos mientras ella se encoge de hombros.
—Es solo que un niño de mi clase se fue del colegio y Andrea me dijo que cuando los papás se separan, a veces un niño se tiene que ir a vivir con el otro. Y yo a mamá Megan ya casi no la veo, pero a lo mejor ahora quiere que me vaya con ella, no sé. Yo prefiero estar aquí.
Me arrodillo otra vez y le cojo las dos manos, tratando de no llorar.
—Escúchame bien. Nadie te lleva a ningún sitio, ¿vale? Esta es tu casa. Tu cama está arriba, tus dibujos están en la nevera, tu cepillo en el baño. Tú te quedas aquí conmigo.
Lina asiente despacio, como si quisiese creerme más de lo que me cree de verdad o como si se hubiese quitado un peso de encima. A continuación, mira hacia el porche.
—Me gustaría que Natalia también se quede —añade.
—A mí también me gustaría —confieso muy bajito.