Sitio para tres (Seattle Emerals 4) Capítulo 11
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Capítulo 11

Natalia

El balón entra por la escuadra y el estadio del equipo rival se queda callado, como si necesitase comprobar que ha ocurrido de verdad.

Es mi cuarto gol en los últimos tres partidos, pero ni siquiera me doy cuenta cuando corro a celebrarlo, me lo grita Iris mientras se me cuelga del cuello.

Salimos del campo empapadas y con esa risa tonta de cuando todo sale bien sin que sepas muy bien por qué.

Abro el móvil cuando llego al vestuario y tengo casi noventa mensajes. Casi todos son felicitaciones, pero uno de ellos llama de inmediato mi atención.

—Te han convocado para el próximo partido internacional. Llámame —escribe mi agente.

Lo tengo que leer varias veces con la camiseta todavía pegada a la espalda. Dos años sin que nadie de la selección mencionase mi nombre y, de pronto, una línea de texto entre el vapor de las duchas casi me hace llorar. No me lo esperaba.

Llamo desde el aparcamiento, en cuanto consigo estar sola.

—Ya era hora, ¿eh? —ironiza mi agente—. Te quieren para los dos partidos oficiales de junio.

Ah, y hay otra cosa —añade—. Han preguntado por ti dos equipos desde Europa.

De momento son llamadas de tanteo, pero ambos son clubes de primer nivel y las cifras del contrato serían muy interesantes.

Quieren saber si estarías abierta a escuchar la oferta.

Respiro hondo cuando me explica las condiciones económicas. Dinero de verdad y contrato por varios años, unas condiciones que rara vez le ofrecen a una jugadora como yo de treinta y un años. Estaría más cerca de…

Corto el pensamiento antes de que termine de formarse. Lyon queda relativamente cerca de uno de esos clubs, pero no quiero regresar por ese camino.

—No cierres nada, mantén ambas puertas abiertas, ¿de acuerdo? —le recuerdo, aunque no hace falta porque hemos pasado por esto ya muchas veces.

Al colgar, me quedo mirando las luces del aparcamiento como una boba.

No le voy a contar esto a Holland, al menos, no de momento, porque todavía no hay nada que contar.

Celebraremos la convocatoria con la Selección.

Las invitaré a cenar a ella y a Lina a su restaurante favorito.

De lo de jugar en Europa la próxima temporada, como diría mi abuela, ya veremos.

***

El mensaje llega tres días más tarde, a las once de la noche, mientras Holland duerme a mi lado y yo miro el techo.

No es un mensaje en sí, es solo un enlace que me envía Iris, sin texto, solo el enlace. Iris nunca manda un solo punto por escrito. Con todo lo que habla, no le gusta escribir.

El artículo viene firmado por Hale. “Lo que Natalia Costa Oliveira sigue sin decir”.

Lo leo entero, con el brillo de la pantalla iluminándome la cara.

No dice nada en concreto, es el talento oculto de ese hombre.

Insinúa cosas, siembra dudas, pero no se pilla nunca los dedos.

No menciona a Bianca de manera directa, pero cualquiera que siga la liga de fútbol sabe que se refiere a ella.

La jugadora joven, baja por motivos personales, traspasada a un equipo de su país.

Es muy fácil atar los cabos que Hale dejó sueltos a propósito.

Aprieto el teléfono hasta que me duele el pulgar. Estoy a punto de despertar a Holland, pero salgo al salón y marco el número de Bianca a pesar de que en Belo Horizonte es de madrugada.

Responde a la primera, lo que ya me dice mucho.

—¿Lo has visto? —pregunto.

—Llevo seis meses pensándolo.

—No, por favor, Bianca, no lo hagas.

—Quiero contarlo. Solo quiero que todo esto se acabe de una vez. Prefiero explicarlo con mis palabras antes de que lo haga otra persona a trozos y a su manera.

—Bianca, escúchame —interrumpo mientras me siento en el suelo del salón con la espalda contra el sofá—.

Espera. Espera un poco, ¿vale? Ahora mismo no.

Déjame pensar cómo podemos hacerlo porque existe la posibilidad de que no se acabe, sino que se haga más grande.

Es posible que mucha gente quiera ver lo que ocurrió.

Se queda callada. La conozco, y sé que ese silencio no es que me dé la razón, es solo que ha aprendido a no insistir.

—Vale —suspira—. Espero un poco, pero no puedo seguir así.

Cuelgo y me quedo un rato con la frente pegada a las rodillas. Pienso que la estoy protegiendo. Pienso que sé lo que hago, pero lo cierto es que no lo tengo nada claro.

Cuando regreso al dormitorio, la luz está encendida.

—¿Estás bien? —pregunta Holland.

Me siento en el borde de la cama, tomo una gran cantidad de aire y lo dejo escapar poco a poco.

—Te voy a contar una cosa —anuncio—. Y es larga.

Y se la cuento. Por primera vez, entera y en voz alta.

Le hablo de Bianca llegando al club con veinte recién cumplidos, todo piernas y miedo, pero con unas ganas de comerse el mundo que asustaban.

De alguien que le robó unas fotos del móvil, fotos privadas, de ella y de Julia.

De cómo aparecieron donde no debían. Le hablo del club, que lo supo y miró para otro lado, porque no querían meterse en problemas que distrajesen al resto del vestuario en la recta final de la liga.

Le cuento que fui a hablar con el periodista que las tenía cuando le vi en la zona mixta al final de un partido.

Que soltó una carcajada y que le pegué un empujón que le tiró contra una valla publicitaria.

—Esa es la parte que captaron las cámaras, ¿verdad? La agresión. Por eso te sancionaron y te traspasaron a Seattle —suspira.

Asiento lentamente con la cabeza y le sigo contando.

Bianca de baja por motivos personales sin que nadie del club preguntase por qué, porque eso era más fácil de explicar que una depresión.

La rescisión del contrato, la vuelta a Brasil con Julia y una chica de veintidós años que ahora apenas duerme por culpa de un malnacido.

Cuando termino me doy cuenta de que he hablado mirándome las manos todo el tiempo.

—Hiciste lo correcto —me asegura.

No añade nada más. No me dice que lo siente, tampoco ladea la cabeza con pena. Solo me abraza fuerte y me besa la sien una y otra vez.

Nos quedamos así durante cuarenta minutos, puede que más.

A continuación, va a la cocina y regresa con dos vasos de agua que nos bebemos sin hablar mucho.

Mi pierna acaba pegada a la suya por debajo de la manta.

El reloj de la mesilla pasa de la una, pero ninguna de las dos tiene sueño.

Así que hablamos de tonterías, de los nervios de la convocatoria, porque hace dos años que no me llaman, de la cara que puso Lina cuando le dije que iba a jugar por Brasil.

Y en algún momento, sin apenas darnos cuenta, estamos las dos desnudas en la cama, besándonos, acariciándonos, recorriéndonos los cuerpos.

—Dime lo que quieres que te haga —susurro contra su piel, porque hoy se lo merece todo.

Y me dice justo lo que quiere y dónde, y yo la obedezco. Toma el control y yo me dejo hacer. Me pide más y yo se lo doy.

Más tarde, con la luz apagada de nuevo y su respiración volviendo poco a poco a la normalidad, apoyo la cabeza en su hombro y se me escapa.

—Eu te amo —digo muy bajito.

Holland se mueve un poco.

—¿Qué has dicho?

—Nada. Duérmete.

Y me hago la dormida antes de que pueda preguntar otra vez.