Sitio para tres (Seattle Emerals 4) Capítulo 10
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Capítulo 10

Holland

El formulario para el campamento de verano de Lina es una auténtica pesadilla. Pide firmas, una fotocopia de la tarjeta sanitaria y la fecha de la última revisión del pediatra.

Esa sí la recuerdo, fue el catorce de febrero.

Ese día le dijeron que había crecido cuatro centímetros desde la última revisión y se pasó un buen rato midiéndose contra el marco de la puerta.

Mientras relleno la casilla de alergias, suena el teléfono y, cuando veo quién llama, se me cae el alma a los pies.

Dejo que suene un par de tonos más, no para pensar lo que quiero decirle, sino para decidir si voy a contestar. Mi hija está en la ducha; desde aquí la escucho cantar algo que no conozco. Dentro de un rato me enfrentaré a un baño casi inundado de agua y toallas por el suelo.

—Hola, Holland —saluda.

Habla durante casi un minuto sin que yo diga nada, y enseguida me doy cuenta de que lo tiene todo ensayado. No lo veo en las palabras que elige, más bien en el orden de los argumentos, en cómo enlaza una idea con la siguiente sin dejar un hueco donde yo pueda meterme y protestar.

Me dice un montón de bobadas de que ha cometido errores y lo sabe, pero que ha tenido tiempo para reflexionar.

Me asegura que quiere ser la madre que Lina se merece, esta vez de verdad.

Y Grant la apoya, porque siempre quiso tener hijos, y tienen una casa con jardín y piscina y también un colegio muy bueno a diez minutos.

¿Dónde estaba ese deseo de ser buena madre hace cuatro años?

—Viviría en una familia tradicional y no le faltaría de nada.

Podría pasar un mes cada verano en tu casa, no hay problema —agrega, como haciéndome un favor—.

No te ofendas, pero me preocupa el entorno, he escuchado que ahora la entrena una jugadora brasileña muy conflictiva.

¿A quién se le ocurre poner a alguien así con niñas?

Dice Grant que el año pasado ya hicieron lo mismo con otra, una tal Iris Vance.

Al parecer lo hacen como servicios a la comunidad o algo así, pero a nadie le dio por pensar el mal ejemplo que les dan a esas niñas.

No sé si es lo que necesita una cría de siete años.

Como madre, tengo que preguntármelo —concluye, casi sin detenerse a respirar.

Escucharla hablar de Natalia de ese modo me revuelve el estómago.

—Lina está perfectamente —interrumpo, quizá mucho más seca de lo que pretendía—.

Mira, ahora tengo que colgar, estoy preparando la cena —miento—.

Si quieres hablar de visitas, custodia y toda esa mierda, habla con mi abogado.

Tuviste tu oportunidad y decidiste dejar a tu hija tirada; no sé a qué viene ahora todo eso de pretender ser buena madre.

Cuelgo antes de que me conteste y aprieto el móvil contra el pecho, con el formulario del campamento de verano a medio terminar, mientras dentro de casa mi hija canta una canción que no me sé.

***

David Moreno, mi nuevo abogado, me devuelve la llamada el miércoles por la mañana, entre dos clases, con el patio del instituto como ruido de fondo.

Me lo recomendó Tessa, que parece conocer a todo el mundo que merece la pena ser conocido.

Apunto lo que me dice en el dorso de un examen que estoy preparando porque es lo único que tengo a mano.

—La buena noticia es que su caso es flojo —me asegura—. Abandonó la casa familiar, no pidió visitas durante cuatro años, no hay un solo cambio en la niña que justifique modificar la custodia. Su actual marido es un abogado muy conocido, pero, para mí, este caso no se sostiene.

—¿Y la mala noticia? —insisto, aunque no sé si quiero escuchar la respuesta.

—La mala noticia es que, si se llega a un juicio, nunca se sabe cómo va a acabar la cosa. Te lo digo por experiencia —reconoce con un soplido.

—Pues vaya —murmuro—. ¿Qué hacemos, entonces?

—Llenamos tu historia con lo que sí tienes y ella no, que es la vida real de la niña.

No con casas con jardín y piscina, ni colegios privados; con una vida feliz —dice, mientras le escucho pasar páginas—.

Quiero cartas. Testimonios de las familias del programa que entrenas, de las profesoras de Lina, del pediatra, de cualquiera que la conozca y pueda contar algo bonito, con detalles que muestren qué clase de madre eres.

Mientras habla, hago nota mental de las familias del equipo de fútbol que entreno, cuarenta niñas, algunas hermanas, de las profesoras y el pediatra. Quizá de Tessa.

—Y hay un segundo motivo para esas cartas —añade el abogado, y por el tono de voz noto que ha sonreído—.

Tu programa juvenil está pasando por un momento delicado de imagen.

Esas mismas cartas le sirven al club para demostrar que el piloto funciona.

Dos pájaros de un tiro y Drummond estaría muy contenta con eso.

No tengo que recordarte que es una persona que puede manejar muchos hilos.

No entiendo a qué se refiere hasta el entrenamiento del jueves.

Cuando llego al campo media hora antes, como siempre, ya hay un grupo de madres en la grada. Y hoy no miran el móvil, hoy me miran a mí.

El padre de Naia se acerca con paso decidido.

—Holland, ¿tienes un minuto? —Lo de tener un minuto, en boca de este hombre, nunca es un minuto, pero asiento igual—.

Verás, algunos padres estamos un poco inquietos.

Pensamos que no es lo mejor para las niñas tener aquí a alguien con una sanción encima.

Hablamos de una agresión a un periodista, algo que indica que esa jugadora puede ser muy conflictiva, incluso agresiva, ya me entiendes.

Detrás de él asienten dos madres. Y sé, sin que nadie me lo diga, que esto no se queda en la grada, que de aquí sube al coordinador y del coordinador a la dirección, y que en algún despacho con aire acondicionado, a Alex Drummond no le va a hacer ninguna gracia.

—Bernard, ¿tú has visto a tu hija en las últimas semanas? —pregunto, alzando las cejas mientras él abre los ojos de par en par sin entender nada.

—¿Cómo?

—Naia ni siquiera abría la boca cuando llegó.

Ahora se ríe con las demás, ha hecho un grupo de amigas, hasta le pidió a Natalia que le enseñase a hacer una bicicleta.

Sí, a esa jugadora que dices que es conflictiva.

A Natalia la ha puesto aquí la dirección del club en un programa piloto porque piensan que puede ayudar a las niñas, pero si fuese por mí, se quedaría ayudando para siempre.

Bernard abre la boca, a continuación, la cierra, dice que era solamente una sugerencia y vuelve a subir a las gradas acompañado de las otras dos madres.

Natalia lo ha escuchado todo desde la banda, con un balón parado bajo la bota y mientras las niñas calientan, se planta a mi lado.

—Oye. Si esto te complica las cosas, puedo hablar con Drummond y pedir que me cambien a otro grupo. O salir del programa. No pasa nada, no quiero causar problemas, de verdad —me asegura.

—No, quiero que te quedes —respondo sin dudar.

—Holland…

—No se trata solo de enseñarles a las niñas a jugar al fútbol, también de prepararlas para la vida, y quiero que aprendan que alguien que para ellas es importante no huye cuando las cosas se ponen feas.

Quiero que sepan que lucharán por ellas.

Mi hija ya ha pasado por eso con mi ex y no estoy dispuesta a que ocurra de nuevo. Tú te quedas.

Esa noche cena en mi casa, y por primera vez no hablamos de que se vaya antes de que Lina se despierte al día siguiente. No me importa que mi hija vea que hemos pasado la noche juntas.

Mientras cenamos, Lina nos cuenta con pelos y señales una pelea en el patio del colegio en la que no ha participado, y cuando por fin se duerme, nos quedamos en la cocina bebiendo un vaso de vino.

Le cuento lo de Megan, que me ha llamado por teléfono y que quiere la custodia principal de la niña, aunque mi abogado piensa que no tienen muchas posibilidades de conseguirlo.

—Lo que más me duele es que ha decidido ella sola que quiere a Lina otra vez, en su casa, en su jardín y su jodida piscina. Sin contar con nadie. Pretende decidir la vida de mi hija sin contar conmigo.

Natalia solamente escucha.

—Mira, no sé si lo nuestro llegará a algo, pero lo que tiene que quedar claro es que cualquier cosa que afecte a Lina no se decide en solitario. Ni tú, ni yo, ni nadie. Se decide entre las dos, aunque sea una tontería, aunque sea algo hipotético. Necesito que eso esté claro desde el principio.

—Hecho —dice sin pensárselo, asintiendo varias veces con la cabeza y estirando la mano hacia mí.