Capítulo 9
Natalia
El jueves, antes de bajar del coche para ayudar a Holland con el entrenamiento de las niñas, ya veo algo que no me gusta.
Hay alguien en los campos auxiliares que no encaja. Un hombre con un chaleco de muchos bolsillos y una cámara del tamaño de un bebé colgada al cuello. Me he pasado media vida aprendiendo que esa gente cerca de un campo de fútbol no suele ser buenas noticias.
Hay también una segunda persona, una chica joven con una tablet y el polo del club, que saluda a las madres de la grada como si las conociera de siempre.
A las niñas se les ilumina la cara en cuanto las apuntan con la cámara.
Se colocan ellas solas, se peinan con los dedos o se colocan bien la trenza antes de posar.
Con once y doce años no tienen ni idea de los problemas que puede traer una fotografía sacada de contexto.
En cuanto me ve, Holland viene hacia mí hecha una furia.
—¿Esto lo organizó tu agente? —pregunta, haciendo un gesto con la barbilla hacia el fotógrafo.
—No tengo ni idea de por qué están aquí —respondo con calma.
Hace una mueca y chasquea la lengua y casi puedo ver sus pensamientos en tiempo real. La futbolista profesional que necesita buena prensa para redimirse, un fotógrafo que aparece de la nada y saca fotos a cuarenta crías, una de ellas la suya.
—¿Esperas que me lo crea? —gruñe.
A continuación, gira sobre los talones y se encamina hacia la chica del polo.
—No quiero fotos mientras entrenamos —dice, alzando la voz más de lo que sería necesario, ante las protestas de las niñas—. Ya sé que muchas de las familias han firmado una autorización a principio de temporada, pero podéis ir a sacar fotos a otros equipos del club, no a este.
La chica del polo trata de discutir, pero Holland la corta de inmediato, así que solamente se encoge de hombros y le hace una seña al fotógrafo para que recoja y se marche.
Esa tarde, el entrenamiento nos sale regular.
Las niñas siguen mirando hacia el aparcamiento por si vuelve la cámara, están distraídas, hablan entre ellas y se preguntan por qué estaba allí ese fotógrafo.
Quieren saber si van a salir en el Instagram del club o en TikTok.
Holland no me dirige la palabra hasta que recogemos los conos y, aun así, solo lo justo.
***
Esa misma tarde, en cuanto llego a mi casa, escribo a la oficina de prensa del club. En cuatro líneas pregunto, sin que se note mucho que me hierve la sangre por dentro, quién autorizó la cobertura de prensa del entrenamiento del programa juvenil.
La respuesta llega en menos de veinte minutos, con un correo oficial de alguien del equipo de Drummond: iniciativa de la dirección general…
lamentamos no haber avisado a las entrenadoras, etcétera.
La misma mierda de siempre. Reenvío el correo a Holland sin una sola palabra mía encima. Que lo lea ella sola.
El móvil suena solo un minuto más tarde, espero una disculpa, así que ni siquiera miro la pantalla.
—Buah, Brasileña —dice Iris a toda velocidad—. Me ha dicho un pajarito, que soy yo, que la jefa y tú estáis otra vez en modo nevera. ¿Qué coño le has hecho?
—Yo no le he hecho nada. No sé cómo te has enterado, pero ahora no estoy con ganas de escuchar tonterías, Iris —me quejo.
—Ya, ya, eso dicen todas. Mira, te paso un número. No es un loquero, ¿eh? Es Jordan, la psicóloga del club. Una crack, te lo digo yo que llevo un año con ella y mírame, soy una persona madura y funcional. De lo más tranquila.
—Estoy bien, Iris. Y, solo para que lo sepas, eres todo lo contrario a tranquila, parece que te tomas un millón de cafés cada mañana.
—Ya. Bueno, yo te lo paso igual, ¿vale? Por si un día dejas de estar bien y así tienes el número a mano —insiste.
Y cuelga antes de que le diga que no.
***
Al día siguiente llaman a la puerta a las ocho.
Holland se presenta sin avisar y se queda parada a la entrada, mirando el salón como si buscase algo.
—Tienes una casa bonita —dice a modo de saludo y miente fatal.
—Es el piso que ha alquilado el club —me defiendo, encogiéndome de hombros—.
Está amueblado por catálogo y hay cajas tiradas por el salón que todavía no he abierto, y eso que llevo varios meses aquí.
Lo único personal es un cuadro que mi madre pintó hace años y ni siquiera lo he colgado, lo tengo apoyado contra la pared —digo, señalando con el dedo.
—Yo no he dicho que sea un hogar, solo digo que el piso es bonito. Bueno, no vengo a quedarme mucho tiempo —anuncia, todavía de pie en la puerta de entrada—. Solo quería decirte que me equivoqué ayer con lo del fotógrafo y pedirte disculpas.
—Vale.
—No me digas vale, Natalia. Lo siento de verdad. Lo de los abogados de mi ex me dejó hecha una mierda y en cuanto vi la cámara, di por hecho lo peor de ti… y llevaba un tiempo dando por hecho lo mejor. ¿Puedo pasar?
Me hago a un lado y se sienta en el borde del sofá gris del salón.
—Mi hija me tiene loca —confiesa de pronto—. Se pasa las tardes en el garaje intentando hacer bicicletas con el balón como le enseñaste. La pierna izquierda primero, el balón rodando hacia fuera, despacio, por trozos. No le sale, pero no para. Quiere ser como tú.
—No soy una buena modelo para una niña, mejor que sea como Zoe o como alguna otra —gruño.
—Eres mucho mejor modelo para una niña de lo que piensas.
Solo tienes que creértelo —murmura, mirándose las manos nerviosa—.
Mira, he estado pensando mucho en esto y ni siquiera sé qué es lo que quieres.
Puede que me esté precipitando, pero me gustaría tener una conversación seria contigo sobre nosotras dos en algún momento.
Bueno, el caso es que… no sé cómo decírtelo sin que suene raro.
El caso es que, tanto si lo que pretendes conmigo es algo temporal como algo más serio, necesito que Lina no sufra si sale mal.
Me quedo en silencio porque ni siquiera sé lo que quiero. Bueno, en el fondo sí lo sé, pero me aterra. Lo que me sorprende es que ella misma haya abierto la puerta a algo temporal.
—No he tenido una relación seria desde Lyon —confieso—. Y de eso hace ya tres años.
—¿Lyon?
—Lyon. Camille.
El nombre me sale más fácil de lo que esperaba, y aun así cambio de tema antes de que pregunte nada más.
—Te lo cuento con calma cuando tengamos una noche con tiempo para hablar. Hoy no.
Holland no insiste. Me pone una mano en la rodilla y la aprieta ligeramente. Un gesto sencillo, pero que me dice sin palabras que está ahí si la necesito.
Y, sin pensar, cierro los ojos, meneo la cabeza y la beso, porque por algún motivo, con esta mujer siempre soy yo la que da ese paso, y eso me sorprende de nuevo.
Esta vez no me separo, y ella tampoco. Nos levantamos del sofá sin dejar de besarnos y llegamos a mi dormitorio tropezando con mis propias cajas. Holland se queda muy quieta mientras le quito la ropa con cuidado.
—¿Cuánto tiempo tienes antes de ir a recoger a Lina? —susurro a su oído, observando cómo se le pone la piel de gallina.
—No tengo prisa —responde.
La tumbo en la cama desnuda, me desprendo yo también de la ropa y me tumbo junto a ella. Estoy acostumbrada a noches robadas en mitad de una temporada, a mujeres anónimas en hoteles de paso. Esta vez quiero algo muy diferente.
Recorro su cuerpo despacio, deslizando la punta de los dedos por su piel como si intentase memorizarla.
El lunar en la clavícula, cómo se le corta la respiración cuando deslizo la lengua por su cuello, la forma en que aprieta las sábanas al besar sus pezones.
Bajo por el vientre y la escucho decir mi nombre igual que aquella noche en el pasillo de su casa, pero ahora nadie se aparta.
Ahora me empuja la cabeza con suavidad hacia donde ella quiere tener mi boca.
Termina con los dedos enraizados en mi pelo, perdida en unos largos gemidos que me vuelven loca, arqueando la espalda contra mis labios para tener mayor contacto.
Más tarde, nos quedamos un buen rato enredadas, su cabeza en mi hombro, el pelo contra mi cuello. Por la ventana entra la luz naranja de una farola.
—Quiero intentarlo —admito con un largo suspiro—. No un polvo de vez en cuando, algo real. No te prometo nada, no soy buena con las relaciones, pero me gustaría intentarlo si tú quieres.
—No necesito promesas. Me basta con que quieras intentarlo —responde, clavándome la mirada y sonriendo antes de besarme entre los pechos.