Capítulo 8
Holland
Los sábados son, en teoría, un día fácil. No tengo que dar clases en el instituto, ni montar el entrenamiento para las niñas. En la práctica me despierto a las seis y media como cualquier otro día, solo que me quedo en la cama pensando en todo lo que puede salir mal en mi vida.
Lina está dormida como un tronco. Le he dejado la ropa de juego doblada en la silla con las espinilleras encima. Estoy intentando que empiece a hacerse responsable de su mochila, pero todavía necesita mucha ayuda.
A las nueve de la mañana, mientras estoy fregando la sartén del desayuno, alguien llama a la puerta. No al timbre, y eso me descoloca mucho más, son tres golpes secos sobre la madera. Demasiado formales.
Un mensajero me entrega un sobre blanco y me planta delante uno de esos aparatos en los que tienes que firmar con el dedo.
—¿En sábado?
El mensajero se encoge de hombros y cuando leo el remitente, se me cae el alma a los pies.
Harding pedimos unas pizzas, abrimos unas cervezas y te relajas. Yo no espero nada, de verdad. Es cosa de amigas —me asegura.
***
Tessa abre la puerta antes de que llame. Lina entra corriendo y Wesley ya tiene un montón de juguetes preparados. A los siete años, mi hija se adapta a todo, desde estar con las niñas de mi equipo que le sacan cuatro años, a jugar con Wes.
Cuando me quiero dar cuenta, están los dos sentados en el suelo, jugando a un juego de cartas cuyas reglas no parecen estar fijas porque Wesley se las inventa sobre la marcha, aunque mi hija protesta y se ríe a la vez.
—Se queda a dormir y mañana te la llevo yo a casa —dice Zoe mientras me pone un táper con comida en las manos antes de que pueda discutir—. Es sopa de almejas. La hizo Tessa. Caliéntala, que necesitas comer algo.
***
—Entonces, ¿te quedas? —pregunto cuando llegamos a casa.
—Me quedo —confirma Natalia con una sonrisa.
Caliento la sopa y comemos en la cocina, bajo la luz un poco amarillenta del techo.
Natalia friega los dos cuencos sin que se lo pida y los deja en el escurridor.
Hablamos poco. Le cuento lo justo de mi problema: el bufete, Grant, mi ex, lo que cuesta pelear contra gente que tiene dinero para que otros peleen por ellos.
Ella me escucha con paciencia. No intenta darme soluciones, pero cuando termino, me da un abrazo muy largo que me tranquiliza.
Le dejo un pijama y se acuesta a mi lado, en la parte de la cama en la que no ha dormido nadie durante cuatro años.
No hay ni un solo roce; nos damos media vuelta y dormimos espalda con espalda, pero tenerla en la cama, sentir su peso en el colchón, me excita mucho más de lo que me gustaría admitir.
***
El domingo me despierto tarde. Y también sola.
Por un segundo pienso lo peor, que se ha marchado sin ni siquiera despedirse. Pero luego me llega el olor a café recién hecho y de algo haciéndose a la plancha en la cocina. Cuando llego, Natalia ya está vestida.
—Te he preparado el desayuno —anuncia al verme—. Me daba pena despertarte, necesitas dormir. De todos modos, creo que es mejor que me marche antes de que Zoe traiga a Lina. Es de fiar, pero ya sabes cómo van estas cosas; si me ven en tu casa pensarán que hemos estado toda la noche… ya sabes.
Me abraza de nuevo, me da un beso en la mejilla, se cuelga la bolsa del hombro y se va.
Y yo me quedo de pie en la cocina, pensando que quizá he sido una idiota por cerrarle la puerta de mi corazón a esta mujer.