Sitio para tres (Seattle Emerals 4) Capítulo 7
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Capítulo 7

Natalia

Para una futbolista, ver los partidos desde la grada es el mayor castigo. Cuatro partidos ya, observando a mis compañeras desde la distancia, vestida con ropa de calle sin poder ayudar a mi equipo. Cuatro partidos de sanción que se acaban hoy.

Y el primer rival que me toca al volver es mi antiguo equipo.

Alguien ha tenido un sentido del humor muy retorcido a la hora de hacer el calendario. O muy mala leche. No sé con cuál de las dos opciones quedarme.

Cuando salto al campo, saludo al segundo entrenador, a una de las utilleras, la que me abría el campo a las seis y media de la mañana los días que no podía dormir, y no me preguntó nunca por qué no dormía.

Saludo a mis antiguas compañeras, al menos a las que quedan.

Al que no saludo es al director técnico, el que dijo que era “insostenible para el club” y me cambió por una lateral zurda que apenas jugaba en mi equipo actual.

Era gente que se supone que sabía de fútbol. Gente que simplemente firmó papeles para que el problema saliese del club junto a mí y dejase de ser un problema suyo.

Bianca ya no está; lleva medio año en Belo Horizonte, durmiendo mal por culpa de un malnacido con el que espero no cruzarme hoy.

—Buah, Brasileña, qué cara traes hoy, ¿eh? Es cara de meter muchos goles, te lo digo yo. Hoy ganamos a tu antiguo equipo y tan amigas —dice Iris mientras me da un ligero codazo en las costillas al pasar junto a mí.

Cuando el partido empieza, se me olvida casi todo lo demás.

Casi, porque la rabia no se va, se convierte en una motivación extra. Pido el balón en la banda y encaro a la lateral que me han puesto enfrente; una jugadora nueva, recién salida de un equipo universitario, que no me ha hecho nada, pero que dejo sentada en el césped en el primer regate.

En el minuto treintaitantos, recibo cerca de la línea, levanto la cabeza y veo a Iris hacer el gesto de siempre para pedir el balón, le pongo la bola rasa al primer palo, por detrás de las defensas, al único sitio donde solo puede llegar ella con su velocidad, y lo empuja a la red sin despeinarse.

Uno a cero. Viene corriendo, me señala con las dos manos y me grita algo que no consigo identificar.

Mi gol llega en la segunda parte.

Zoe roba un balón en el centro del campo y salimos a la contra, me meto hacia dentro porque la central me espera por fuera y le hago creer que voy a centrar. Pero no centro, engancho con la zurda al palo largo, y la portera ni se estira.

No corro hacia la grada donde están nuestros aficionados, corro hacia el banquillo del equipo contrario. No es que lo tuviese decidido de antemano; me sale sin pensar, y beso el escudo de mi camiseta. El de mi nuevo equipo.

Mis compañeras me caen encima antes de que pueda darme la vuelta. Iris primero, después tres o cuatro más, un montón de cuerpos sudados en pleno marzo, brazos, rodillas y el pelo de alguien metiéndoseme en la boca.

***

Tras el partido llega el momento que más temía. Aparecen las cámaras, los periodistas y una chica de una tele local que me clava un micro en la cara antes de que salga del campo.

—Natalia, gran partido, gol y asistencia en tu vuelta a los terrenos de juego —dice sonriendo—. Después de los cuatro partidos de sanción y de lo que ocurrió el año pasado con tu incidente con el periodista… ¿qué le dirías a la gente que todavía duda de que merezcas estar en un equipo grande?

Y ahí está. La pregunta de siempre disfrazada con nuevas palabras.

Supongo que podría decir muchas cosas. Podría explicar que aquel periodista no estaba haciendo periodismo.

Podría contar lo que ocurrió de verdad y a quién le hicieron el mayor daño.

Pero no soy yo quien debe contarlo, nunca lo fui, y es lo único que tengo claro de todo este asunto, aunque me haya costado una sanción de cuatro partidos y un traspaso a otro club.

Así que hago lo que mejor se me da. Me quito el micro yo misma, se lo devuelvo a la chica con cuidado, porque ella no tiene la culpa de nada, y me voy sin responder. Prefiero quedar como una antipática que hablar de más.

Algunos periodistas me siguen en busca de comentarios que les den un titular o quizá de que vuelva a cometer un error y empuje a alguno de ellos. Por suerte, Iris me corta el paso en el túnel. No sé ni de dónde sale.

—Buah, Brasileña, ven aquí —dice, sujetándome por el codo y llevándome lejos de la prensa—.

¿Tú sabes lo que acabas de hacer? Le acabas de regalar a esa chica veinte segundos de oro.

Mañana no sale tu gol, ni el mío. Sale tu espalda largándose por el túnel de vestuarios sin responder a la prensa.

Te lo digo por experiencia, jefa, que yo me he largado de más cámaras de las que tú has visto en tu vida.

Irse delante de una cámara queda peor que decir alguna burrada. Decir burradas es casi normal.

—No pienso contestar a ninguna pregunta sobre lo que ocurrió el año pasado —gruño.

—No, no… ni falta que hace. Tú pones cara de boba, la misma que yo pongo, y les dices: “Estoy muy contenta por el equipo y vamos partido a partido, eso es lo que de verdad importa”.

Y ya está, es una frase mágica, te lo juro.

No dices nada y te vas tan tranquila, pero caminando, no corriendo.

Tienes que probarlo, hazme caso —insiste.

Me quedo mirándola. Lo dice casi como un chiste, con esa forma de hablar atropellada que tiene, pero es de las cosas más sensatas que le he escuchado.

***

El martes, en los campos auxiliares, mi gol es lo único que existe en el mundo para las niñas que entreno.

Cuando llego, están apiñadas mirándolo en un móvil una y otra vez en bucle. El golpeo con la zurda al palo largo, a cámara lenta, con un filtro que me saca estrellas del pie. Ni siquiera sabía que existía ese filtro.

—¡Ya está aquí, ya está aquí! —grita una de ellas y todas corren hacia mí para hacerse fotos.

Lina llega poco más tarde, una vez que quedan pocas niñas.

—Lo he visto cuarenta veces —anuncia, muy seria, como si estuviese dando la lección en el colegio—. Es lo mejor que he visto en mi vida. Mejor que los de Iris. Mejor que todo.

—Gracias, Lina.

No se me ocurre nada mejor que decir, así que solo digo eso.

Holland está al otro lado del campo, montando las porterías pequeñas como hace cada martes. Estas semanas hemos hablado lo justo. He hecho bien mi trabajo. Sobre todo, no he insistido. No persigo a quien no quiere que la persigan. Eso lo aprendí hace mucho tiempo y por las malas.

Levanto la vista y la pillo mirándome. No aparta los ojos, que es lo que yo habría hecho. Levanta un poco la barbilla y saluda. Un gesto pequeño, casi nada.

Prefiero concentrarme en otras cosas, porque si no, voy a intentar leer en ese gesto algo que seguramente no está ahí y eso siempre acaba mal.

***

Esa noche llamo a Bianca.

Está en la cama, a oscuras, con la cara iluminada solo por la pantalla, a su lado, Julia saluda con la mano.

—Vi tu gol —dice sonriendo—. ¿Estás bien?

—Estoy bien.

—¿Estás bien de verdad o es una verdad a medias de las tuyas?

A veces me habla como si fuese mi madre. Ha sido así desde el primer día, desde que llegó al vestuario con veinte recién cumplidos y yo, que ya había pasado por muchos equipos, decidí que a esa cría nadie le iba a hacer daño estando yo delante. Lo decidí muy convencida y mira qué bien salió.

—Es una verdad a medias de las mías —confieso con un soplido.

—¿Sabes una cosa? —dice de pronto, muy bajito—. Últimamente le estoy dando vueltas a todo lo que no dije.

Me quedo de piedra. En cada llamada, es ella la que está bien, la que ya pasó página, la que tiene a Julia, la que me manda a mí a descansar. Y esta noche, a oscuras, suelta esto.

—Bianca…

—No, no es nada. Es tarde y las dos tenemos que descansar. Buenas noches, Natalinha.

Vuelve a ser ella, la que cierra la puerta antes de que yo consiga meter el pie.

Cuelga antes de que pueda decir nada más.