Capítulo 6
Holland
Le devolví el beso y no consigo sacarlo de mi cabeza. Porque no es solo que ella me besara, que yo cerrase los ojos o que tardase más de la cuenta en reaccionar. Es que se lo devolví.
El error no fue dejar que pasara. El error fue que quise que pasara.
Le doy vueltas una y otra vez porque reconozco que soy un poco obsesiva. O quizá es que quiero encontrar un resquicio de duda, algo que me diga que podría salir bien, algo a lo que agarrarme para ser optimista.
Pero eso no existe. Natalia tiene un contrato y una cláusula y un agente que le organiza las temporadas. Ha estado en muchos lugares diferentes. Es una jugadora que no echa raíces.
Y el problema principal es que Lina empieza a encariñarse, y sé muy bien cómo puede terminar esto.
Ya no es por mí. Es por ella, tengo que evitar que sufra, porque sé de memoria esta historia; lo viví hace cuatro años, cuando alguien que dormía a mi lado decidió que la vida que habíamos construido le quedaba pequeña y se fue a Virginia a buscar otra.
Yo sufrí, mi hija sufrió a pesar de que era muy pequeña, pero aprendí la lección.
No pienso cometer dos veces el mismo error.
Así que decido hacer lo más sensato y lo más cobarde, que en este caso son la misma cosa.
Decido no hacer nada.
***
El martes, mientras van llegando las niñas, empiezo a colocar los conos y, cuando veo el coche de Natalia aparcado, me concentro de pronto en una mochila que no tiene nada de especial y que, por tanto, no necesita que nadie se concentre en ella.
Natalia se baja, saluda a las crías y se coloca en una banda. Yo la saludo con la cortesía fría que usaría con una madre que nunca viene a los entrenamientos.
Todas nuestras interacciones son más o menos así. Correctas, pero nada más. Ella se da cuenta, es buena en eso, supongo que es lo que tiene tener que adaptarse casi cada año a un nuevo equipo; ha aprendido a leer a la gente muy rápido. No dice nada, aunque lo nota.
El entrenamiento sale bien. Las niñas no se dan cuenta de nada, o eso creo, y Natalia hace su trabajo con una profesionalidad que me duele más que un tortazo.
Cuando termino de recoger, me arrepiento un poco, levanto la vista para decirle algo, aunque no sepa muy bien el qué, pero ya no está.
Se ha ido sin despedirse, y lo peor de todo es que lo tengo bien merecido.
—Natalia estaba triste hoy —suelta mi hija en el coche, sin dejar de mirar por la ventanilla.
—¿Tú crees? —disimulo, mientras pongo el intermitente para girar a la derecha—. Yo la he visto normal.
—Estaba triste. Se le notaba. ¿Habéis discutido?
Prefiero no responder y me odio a mí misma por ello. Cuando mi ex y yo éramos felices juntas, muchas veces hablábamos de que no le ocultaríamos las cosas a Lina, que hablaríamos con ella como una pequeña adulta para ayudarla a crecer. Ahora soy la primera que incumple esa regla.
El jueves por la tarde aparece Iris. Llega en su moto, sin avisar, con la excusa de que le pillaba de camino.
No sé por qué se empeña en decirme eso cada vez que viene, cuando las dos sabemos que no es verdad.
Se sienta en el banquillo a mi lado mientras yo finjo revisar la libreta de jugadas y Natalia enseña un ejercicio a las niñas.
—Buah, qué frío echáis la brasileña y tú, ¿eh? Ha sido entrar en este campo y casi me congelo —dice mientras se me queda mirando.
—No sé de qué estás hablando, pero si quieres hacer algo, podrías ayudar a Natalia a entrenar a esas crías.
—Holland —susurra mientras me señala con el dedo índice demasiado cerca de mi cara—. A mí no me engañas. Lo más fácil del mundo es echar a alguien antes de que se acerque a ti. Antes de conocer a Paula, yo era campeona olímpica de eso, jefa. Me daban medallas y todo, o deberían habérmelas dado.
No dice nada más, me señala de nuevo con el dedo índice mientras alza las cejas, le dice adiós a Natalia y a las niñas y se va en la moto, dejándome mucho peor de lo que estaba cuando llegó.
Al final del entrenamiento, cuando la mayor parte de las crías ya se han ido, Natalia se planta delante de mí con un balón bajo el brazo, como si fuese un talismán.
—No voy a perseguir a alguien que no quiere nada de nada —explica, bajando la voz. No suena a reproche, creo que la vida le ha enseñado a base de golpes—. Si crees que lo del beso en tu casa fue un error, dilo y ya está. Soy mayorcita, no voy a ponerme a llorar ni nada de eso.
Me ofrece una salida limpia. Es justo lo que necesito. Solo tengo que decir: “Exacto, fue un error, no debiste haberme besado, ni yo a ti. No puede volver a pasar. Punto”.
—No es que no quiera, Natalia —confieso, dejando escapar un largo soplido de resignación—. Es que no puedo.
Se queda muy quieta y alza las cejas, esperando que le dé más explicación. Y se la doy, porque ya me he cansado de no hablar claro.
—Mira, no tengo ni idea de cuáles son tus intenciones y en condiciones normales quizá ni siquiera me importaría.
Supongo que buscas simplemente pasar un buen rato y me tienes a mano, puede que hasta tengas a mano a alguna más.
Y, mierda, incluso si solo fuese eso, podría estar bien, lo reconozco.
El problema es que tengo una niña que se ha encariñado contigo y una vida que me costó cuatro años volver a montar pieza a pieza después de que se me cayese entera.
Y tú, dentro de unos meses, cuando se termine la temporada, tienes un avión.
No es que no quiera. Es que sé exactamente cuánto me va a doler y, sobre todo, el daño que puedo hacerle a mi hija por un calentón.
No me contesta enseguida. Se queda un instante pensativa, incluso mueve la mandíbula como si fuese a decir algo, aunque al final no lo dice. Asiente despacio y coge su bolsa.
—Vale —dice sin más—. Lo respeto.
Y se va. Esta vez la veo irse del todo, hasta el coche, hasta que sale del aparcamiento y ya no veo las luces traseras.
Ese “lo respeto” era justo lo que yo quería escuchar.
Algo limpio, algo que nos permita cortar esta locura antes de que empiece a crecer.
Es lo mejor para las dos. No duele. Al menos, no mucho.
Pero deja un vacío en mi interior del tamaño de un campo de fútbol.
No sé si hoy he protegido a Lina.
O si solo me he protegido a mí, y le he puesto el nombre de mi hija para que sonase a valentía.