Sitio para tres (Seattle Emerals 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

Natalia

—Te quedas a cenar con nosotras —dice Lina, plantándose frente a mí con los brazos en jarra.

No lo pregunta, es casi una orden. Tiene siete años y la misma manía que su madre de soltar las cosas como si ya estuviesen decididas.

Desvío la mirada hacia Holland, esperando que ponga una excusa más o menos amable y creíble, de esas que no hagan daño a la niña, pero que le quiten la idea de la cabeza.

Pero Holland tan solo se cuelga la bolsa y se encoge de hombros.

—Hay sopa y sándwiches. Si te apañas con eso, por mí no hay problema —dice mientras se dirige hacia el coche.

Y así, sin más, la sigo hasta Crestview.

***

Su casa es pequeña y está ordenada de un modo casi obsesivo.

En la nevera hay dibujos sujetos con imanes, casi todos firmados con una L grande en color rosa.

En el pasillo, fotos. Holland de niña con unos guantes de portera que le quedan enormes.

Otras de Holland más mayor, con un brazalete en el bíceps y una copa en las manos, rodeada de otras chicas con la misma camiseta morada.

Ella con un hombre de barba canosa que tiene sus mismos ojos, los dos riéndose de algo.

Lina disfrazada de calabaza, con cara de estar muy enfadada con el universo.

Me quedo un segundo más de la cuenta delante de la foto del brazalete.

En el campo, hace tres semanas, un día que estaba muy enfadada con ella, decidí por mi cuenta y sin datos que Holland era una de esas personas que entrenan porque leyeron una vez un libro sobre fútbol.

Llegué a soltarlo en voz alta en un arrebato de rabia.

No recuerdo las palabras exactas, pero venía a decir que ella no había jugado a ningún nivel serio.

La chica de la copa me mira desde la foto desafiante, como diciendo que ahora debo tragarme mis palabras y disculparme.

—Fue en la universidad —explica desde la cocina—. Hace un millón de años.

No añade más, es de esas personas a las que no les gusta rellenar los silencios con palabras innecesarias, y eso está bien.

Lina me coge de dos dedos y tira de mí. Se me escapa una sonrisa porque es lo mismo que hace Wesley, ese asalto directo típico de los niños. Acabo sentada en el suelo, con la espalda pegada a su cama, mientras ella me pone delante una sucesión interminable de dibujos y fotos.

—Esta soy yo parando un penalti —explica orgullosa, señalando con el dedo índice—. Voy a ser portera, como mi madre, aunque ella dice que de momento tengo que aprender a jugar en todas las posiciones.

Treinta minutos me tiene sentada en el suelo, opinando sobre fútbol, sobre las cosas que ocurren en su colegio o incluso sobre la mejor raza de perros para convencer a su madre de que traiga uno a casa.

En la cocina escucho el ruido del agua y una cuchara contra el borde de una olla y por algún motivo, me viene a la mente que llevo años sin estar quieta en ningún lugar el tiempo suficiente como para disfrutar de la vida casera.

Y que echo esa vida de menos.

Cenamos una sopa que está buenísima y que la niña defiende como si la hubiese preparado ella. Más tarde, mientras tomamos un té, se queda medio dormida en mitad de un dibujo y Holland se la lleva a la cama.

—¿Te apetece tomar el té en el porche? —pregunta, señalando hacia fuera con la barbilla.

Fuera hace el típico frío húmedo de Seattle en esta época del año. Muy diferente al clima que tendría ahora mismo en São Paulo, pero mucho mejor que el año pasado en mi antigua ciudad.

Holland se sienta con las piernas cruzadas en una vieja silla, rodea su taza y hablamos.

De Brasil primero, porque supongo que es lo más fácil para abrir una conversación.

Del calor, de mi madre, que pinta cuadros.

De que en mi casa hay colibríes de verdad metiéndose entre las flores del patio y mi madre lleva media vida intentando pintarlos sin conseguir que parezcan reales.

Me subo la manga y le enseño el tatuaje del antebrazo.

—Beija-flor —digo—. El que no para quieto nunca.

Lo acaricia con la punta de los dedos, como si fuese un pájaro de verdad y temiese hacerle daño.

De ahí, no sé cómo, pasamos a Tacoma. A su familia de clase trabajadora, a la beca que consiguió para estudiar en la universidad gracias al fútbol, a su hermano.

—Daniel —suspira, y por primera vez en toda la noche habla mirando el jardín y no a mí—. Un accidente de moto cuando tenía diecinueve años. Yo tenía quince.

Lo cuenta con frases cortas y una enorme tristeza en sus ojos.

—El día de su funeral decidí que yo iba a ser la responsable —añade—. La que no se rompe. Y llevo veinte años cumpliendo con esa promesa. Supongo que por eso me cuesta confiar en que la gente se quede. Cuando alguien se va, una parte de mí da por hecho que es para siempre.

Digo muy bajito un “lo siento”.

—Yo me fui de mi casa a los quince —confieso—. A seis horas. Después una ciudad, y otra, y un país y otro. Llevo media vida subiéndome a un avión y adaptándome a nuevas compañeras. Se me da bien. Es lo único que se me da bien sin entrenar.

—¿Y alguna vez te has querido quedar en el mismo lugar?

La pregunta me deja sin palabras. Hubo una ciudad.

Una mujer que me pidió que comprase muebles de verdad, que dejase de firmar contratos cortos.

Y yo me las arreglé para que esa conversación nunca se convirtiese en realidad.

Ignoro el pensamiento, como siempre, cambiando de tema antes de que se note.

—Una vez casi —admito, encogiéndome de hombros—. Pero el casi no cuenta. Es parte del trabajo, supongo.

Es tarde cuando me levanto para irme. Holland me acompaña hasta la puerta por un pasillo estrecho donde hay una bombilla fundida.

Se para a medio camino, en la penumbra. Parece que va a decir algo, pero se queda callada y se lleva la mano al lóbulo de la oreja algo nerviosa. Y la beso.

Ni siquiera sé cómo ocurre porque yo nunca doy el primer beso.

Porque siempre pienso que dar el primer beso es un poco más de compromiso y el compromiso y yo no nos llevamos bien.

El caso es que coloco una mano en su cintura, me inclino hacia delante y beso sus labios.

Ella cierra los ojos, sujeta mi sudadera y suspira mi nombre cuando me aparto.

—Natalia.

Solo eso.

—Buenas noches, Holland —susurro.

Y me voy.

Me quedo un momento sentada en el coche. Con las manos en el volante, pero sin arrancar. Ella me observa desde el porche, quieta.

Hoy he sido yo quien ha besado primero.

Como diría mi abuela, mala señal.