Capítulo 4
Holland
Cuento los conos dos veces antes de que llegue la primera niña por pura rutina.
Nunca supe por qué lo hago, mi hija Lina dice que soy un poco obsesiva.
Supongo que es porque es de las pocas cosas que puedo controlar en un entrenamiento con cuarenta crías de once y doce años, y porque controlar un poco es mejor que no controlar nada.
Natalia llega tarde, como cada martes, pero hoy se baja del coche ya con las botas puestas y el chándal del club. Incluso se ha quitado las gafas de sol. Hasta hoy, había llegado siempre como quien cumple una condena.
Acordamos una cosa y, contra todo pronóstico, la estamos cumpliendo.
Ella me da sus ideas antes de empezar, en voz baja, lejos de las niñas; luego, en el campo, hay una sola voz, y es la mía.
Funciona. Eso es lo verdaderamente importante.
Lo veo en las pequeñas cosas: las crías llegan al rondo y ya no se quedan plantadas esperando que alguien les diga dónde ponerse.
Se ríen; una de las nuevas, la alérgica a los cacahuetes, que llevaba tres sesiones sin abrir la boca, le pide a Natalia que le enseñe a hacer “lo de los pies”.
“Lo de los pies” es una bicicleta. Natalia la hace para las cuatro o cinco que se le han quedado delante.
Primero a una velocidad de vértigo que deja a las niñas con la boca abierta.
Luego despacio, partida en trozos, como si desmontase un reloj para enseñar las piezas.
La pierna izquierda primero, el balón rodando hacia fuera, el peso que cae sobre el otro lado. Otra vez y otra.
Por supuesto, ninguna de las niñas logra reproducirlo, pero yo me quedo igual de embobada que ellas mientras la observo.
Cuando recogemos, le propongo repartirnos el entrenamiento del jueves: ella con las nuevas, yo con las que llevan algo más de tiempo.
Discute un poco, siempre quiere mezclarlas, dice que en Brasil los niños crecen enfrentándose en las calles a otros más grandes y mejores y así aprenden más.
Al final cedo. Le doy la mano como si estuviésemos cerrando un acuerdo de negocios y, por algún motivo, creo que se alarga más de lo normal, pero no me importa en absoluto.
***
El jueves no tenemos un partido de verdad.
Es contra otro grupo de niñas del club, sin árbitro federado, sin clasificación, sin nada que apuntar en ninguna parte, solo para pasarlo bien y aprender.
Lo monto yo misma porque a las niñas les gusta ponerse la camiseta de juego y, sobre todo, porque jugar contra desconocidas es la única manera de que dejen de pasarle siempre a sus amigas.
Pero han venido muchos más padres que de costumbre.
No sé si es porque hace sol o porque una jugadora que sale en la tele está en la banda gritando como si esto fuese la final de la Copa del Mundo.
Anima a los dos equipos, corrige sin que se note que lo hace, le asegura a una niña que ha fallado tres regates seguidos que el cuarto va a salir bien.
Y otra vez me sorprendo a mí misma embobada mientras la miro. Tanto que me preocupa, porque no quiero quedarme embobada mirando a ninguna persona que se subirá a un avión y desaparecerá a final de esta misma temporada.
Al final del partido, recogemos los conos las dos solas.
Las niñas se han ido con sus padres y el grupo contrario ha desaparecido en un par de monovolúmenes.
Lina anda por ahí, sentada en una portería desmontada, contándole a su mejor amiga que una jugadora profesional la ha dejado salir unos minutos en un partido contra niñas mucho más grandes.
Natalia apila los petos por colores justo del mismo modo en que yo lo hago, lo que me dice que ella también me ha estado observando sin que yo me haya dado cuenta y, de pronto, me hace la pregunta que odio que me hagan.
—¿Y tu pareja?
La mayor parte de la gente no suele preguntar.
Los padres del equipo lo saben y no preguntan.
Es el tipo de información que se van pasando de madre en madre, todas se enteran y nadie tiene que preguntarme de manera directa.
Suelo tener tres o cuatro versiones preparadas, según quién esté delante y cuánto me importe, aunque casi siempre tiro de la más corta.
Hoy no lo hago y no sé por qué.
—Se fue cuando Lina tenía tres años —admito mientras dejo escapar un soplido de resignación—. Ahora vive en Virginia y se volvió a casar.
Megan.
Su nombre se me queda atascado en la garganta y ni siquiera lo pronuncio.
De algún modo se me ha metido en la cabeza que decirlo en voz alta le da más poder del que debería tener.
Se fue. Punto. Ser madre le sentaba como una prisión, según sus propias palabras, y eligió ser libre, enamorarse de otra persona y vivir su vida. Posiblemente fue lo mejor.
Natalia no hace ningún gesto de lástima y eso es lo primero que agradezco. No ladea la cabeza, tampoco baja la voz o me dice que lo siente mucho.
—Conozco bien esa situación —me asegura—. Tener a alguien que está, pero que en realidad no está.
No añade nada más. Termina de enrollar la red, la mete en la bolsa, y la cosa que sentí en el partido mientras la observaba sigue ahí, solo que más aguda.
En el aparcamiento está Iris. No tiene ningún motivo para estar en el aparcamiento de los campos auxiliares un jueves por la tarde, porque ni entrenan aquí ni vive cerca, pero ahí está, junto a su moto, con una taza de café.
—Holland, jefa. No, si yo solo pasaba por aquí y decidí venir a saludarte. Buah, qué frío hace para ser Seattle en marzo, ¿no? Bueno. Una cosa rápida.
Natalia pone los ojos en blanco, mete la bolsa de deporte en el coche del club que la está esperando y se despide con la mano. Iris espera a que arranque antes de empezar a hablar.
—Esta se queda, jefa, ya lo verás —dice sin dar otra explicación.
—Yo no estaría tan segura.
—Tengo buen ojo. La última que fichamos de fuera, no Mireya, ¿eh?
, la del año anterior. Llegó discutiendo con todo el mundo, hasta con el césped discutía.
Era una bronca diaria. Insoportable, te lo juro, y ya sabes que yo no exagero —agrega, haciendo una pausa casi dramática para dar un sorbo al café—.
Pues bicampeona. Y ahora no quiere irse de aquí ni con agua hirviendo.
Nada, eso. Que te lleves a casa a la jefa pequeña, que la tienes ahí tiritando de frío. Hala.
Y se va. Se monta en su moto y no espera a que responda.
Lina deja escapar una carcajada y se sube en el asiento de atrás, se pone el cinturón ella sola desde noviembre y le gusta que la vean hacerlo.
—A mí me cae bien. Y Natalia también —dice mientras salgo del aparcamiento.