Capítulo 3
Natalia
Holland Callow y yo no conseguimos ponernos de acuerdo en nada. Las niñas del equipo empiezan a mirarnos como lo harían con un partido de tenis: la cabeza a un lado cuando hablo yo, al otro cuando habla ella, y vuelta a empezar.
—No les estás enseñando a arriesgarse, solo a no perder el balón. Así no se juega al fútbol —protesto junto a ella durante uno de los ejercicios.
—A estas edades, simplemente no perder la pelota te da una gran ventaja —rebate ella.
—Eso es una gilipollez. Yo a los once ya hacía caños a chicos del doble de mi tamaño en canchas de tierra —gruño.
—Ya. Y mira cómo has acabado, en un programa de servicios a la comunidad. No busco que sean profesionales, sino que se lo pasen bien y hagan ejercicio.
Me trago el “vete a la mierda, gilipollas” solo porque hay menores delante y porque, en el fondo, no le falta razón del todo. Este grupo en concreto no busca ganar una liga; para eso tenemos grupos más avanzados. Aun así, ese comentario duele.
Y así llevamos casi dos semanas. El martes discutimos sobre si las niñas deben jugar siempre en la misma posición o ir rotando. El jueves, sobre si está bien o mal que celebren los goles en la cara de sus compañeras en el entrenamiento.
Yo aprendí a jugar en São Paulo, en canchas donde si no conseguías hacer algo que nadie más sabía hacer, no volvías a tocar el balón en toda la tarde.
Aprendí a destacar para sobrevivir; cuando te tiraban al suelo o te daban una patada en la espinilla, te levantabas más fuerte. Y así una y otra vez.
Holland tiene otros objetivos. Ni siquiera ha jugado al fútbol como profesional, no sé si lo ha hecho a un nivel más o menos decente.
No digo que esté equivocada, pero tampoco les está dando una oportunidad.
El problema es que ninguna de las dos cede un centímetro.
Y las niñas, en medio, están más pendientes de nuestras discusiones que de jugar al fútbol.
Es un desastre. Lo sé. Pero en estos momentos solo pienso en que se acaben cuanto antes las semanas de esta estúpida cláusula para no tener que ver más a esta mujer.
Aun así, tengo que reconocer que hace un buen trabajo con las niñas. Siempre llega la primera. Cuando aparezco, las porterías ya están montadas y los petos separados por colores, con una lógica que me fastidia reconocer que funciona.
Se sabe todos los nombres. Los cuarenta. Y no solo los nombres, para muchas de ellas es casi como una segunda madre, la mayoría la adora. A mí me respetan, pero a ella la quieren de verdad.
Siempre me costó dejar entrar a la gente; a veces me tachan de antisocial, pero es que mi vida ha sido un ir y venir entre equipos, ciudades y países. Llevo muchos años así y no va a cambiar. Seguramente, el año que viene estaré en otra ciudad jugando para otro club.
Hay una niña en concreto que corre como si tuviese los cordones de las botas atados entre sí.
En el fondo me da pena; en mi mundo, la que no aprende lo deja y ya está.
Holland se la lleva a una portería aparte al final de cada entrenamiento y le tira balones flojos durante diez minutos, hasta que la cría mete un gol y se ríe.
Diez minutos extra de su tiempo dedicados a una niña que nunca va a ser futbolista.
Y siempre me arranca una pequeña sonrisa.
—¡Holland! —escucho gritar a mi derecha—. Buah, ¿sigues aquí sufriendo con las renacuajas? Qué santa eres, jefa. A mí a la tercera tarde me daban ganas de venderlas a todas.
—Por favor, dime que no tengo que tenerte a ti también como ayudante, porque dimito —protesta, aunque creo que en el fondo se alegra de verla.
—No, jefa, no, que este año todavía no me han sancionado, solo vengo a ver qué tal te va con la brasileña. Bueno, y porque me aburría, pero si quieres que me quede, yo te ayudo, claro.
Holland pone los ojos en blanco, porque el entrenamiento ya no tiene sentido. Las crías han dejado de hacer sus ejercicios y corren para rodear a Iris, que saca de su bolsa un montón de fotos firmadas y se hace selfies con ellas, incluso con alguna madre.
—Una para cada una, que no quiero llantos. Tú ya tienes, ¿no? Da igual, toma otra. Y tú. Eh, no empujéis, que hay para todas, soy generosísima, es mi mayor defecto.
Cuando reparte la última foto y se terminan los selfies me mira, mira a Holland y vuelve a mirarme.
—Buah —dice.
Solo eso. Y se va, saludando con la mano sin ni siquiera girarse.
Más tarde, cuando las niñas se han ido y solo quedan los conos esparcidos por el campo, Holland viene hacia mí caminando lento, pero con decisión.
—Tenemos que hablar —suelta, cruzando los brazos sobre el pecho en posición un poco agresiva.
—Suena fatal cuando lo dices así.
Trato de quitar hierro a la situación, pero creo que no le hace ninguna gracia.
—Esto no puede seguir así. No podemos estar todo el tiempo discutiendo delante de ellas. Da igual quién tenga razón, lo que están viendo es a dos adultas que no se aguantan, y eso no se lo enseño yo a ninguna niña.
—Vale.
—No quiero que me digas vale por decir algo —protesta, alzando un poco la voz—.
Si no puedes trabajar conmigo, habla con Drummond y que te mande a otro equipo.
En realidad, podrías aportar mucho más a un grupo más avanzado, tenemos equipos muy competitivos que se beneficiarían de todo lo que sabes de fútbol.
Este equipo es diferente. Yo llevo seis años con crías como estas y no voy a cambiar cómo las trato porque llegue una estrella a la que le aburren mis entrenamientos.
Lo que ella no sabe es que no puedo cambiar.
Hades fue muy clara en su despacho: si esto fracasa, hay titulares, y yo ya he dado bastantes titulares para una vida entera.
Y tampoco sé muy bien por qué me asignaron a un grupo de niñas que solo quiere pasarlo bien cuando tenemos equipos de jugadoras jóvenes muy competitivas, pero no voy a pedir que me cambien.
Así que me quedo donde no me quieren, que con eso tengo bastante experiencia.
—No me aburren tus entrenamientos. Me aburre el miedo y tú les enseñas a no equivocarse. Yo quiero enseñarles a atreverse y a equivocarse, porque de ese modo aprenderán más y se lo pasarán mejor.
—Lo mismo decía Iris la temporada pasada —gruñe.
—Y yo diría que esas niñas adoran a Iris, creo que les dejó muy buen recuerdo, a juzgar por cómo abandonaron el campo para ir a sacarse fotos con ella.
Abre la boca un par de veces, como si tratase de decir algo, pero las palabras no acaban de salir de su garganta.
—Mira, admito que sabes mucho más de fútbol que yo, eso lo tengo muy claro, por algo eres una jugadora profesional, pero las niñas no vienen aquí a ver peleas.
Estoy dispuesta a aceptar tus sugerencias siempre que sea en privado.
Las discutimos, adapto lo que vea que pueda ser útil para ellas y en el entrenamiento escuchan una sola voz, la mía. Nada de discusiones.
—Está bien, una sola voz —admito mientras dejo escapar un largo soplido—. Aunque sea la tuya.